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Jamesonacoplada2Habiendo pasado desde la infancia hasta la juventud sirviendo como esclavos en la hacienda de un despótico terrateniente, Anju persuade a su hermano Zoshio para que huya con ocasión de acompañar a una anciana a la que se ha concedido poder morir en el bosque, fuera de las vallas que acotan el territorio de poderoso y terrible Sansho. Él accede, ella sabe que es la única posibilidad de que uno de ellos encuentre a su madre, de la que fueran separados siendo niños, tras la destitución de su padre como gobernador de la provincia por estar en contra de la esclavitud. Pero también sabe que con su decisión ha firmado su sentencia de muerte, dado que los esbirros de Sansho tienen orden de marcar con un hierro ardiente tanto a los que intentan huir como a quienes los ayuden.

 

Ella acepta ese sacrificio y, en unas imágenes imborrables, busca la muerte en un río para evitar la tortura: la vemos entrar en el agua mientras, paralelamente, contemplamos a la madre viendo el mar desde un alto a donde le han acompañado varias prostitutas – ella ha terminado siendo una también-, puesto que cuando intentó escapar fue capturada y le cortaron los tendones de los pies como castigo. Cuando volvemos al río sólo se nos concede ver unas ondas concéntricas que aluden a ese suicidio de forma metafórica.

 

El hijo no sólo logra escapar sino que, además, obtiene el cargo de gobernador y, siguiendo los dictados que su padre le inculcó cuando era un niño y al que nunca volvió a ver, prohibe la esclavitud y libera a sus antiguos compañeros de infortunio. Pero también descubrirá la muerte de su hermana, tras lo cual busca a su madre, y al final, en una playa, la encuentra: vieja, sin poder andar y ciega. Ella pregunta por su hija y brotan de sus ojos sus últimas lágrimas al saber su suerte.  Y la cámara se aleja pudorosamente de esa especie de “maternidad” al revés, dejando a los personajes con su dolor y al espectador con el alma encogida por semejante tragedia (El intendente Sansho, Kenji Mizoguchi, 1954).

David_Vinas
Siempre lo tuvimos presente, tanto a él como a su familia de entonces, así como a sus vecinos, los Alonso, con cuyos hijos jugábamos. Era en El Escorial, en donde ellos, como nuestros padres, habían elegido vivir durante los años del exilio.

De la casa de David me acuerdo de las patas y de las ruedas de la mesa en donde estaba su máquina de escribir y de un zócalo que estaba suelto en el que los niños escondíamos unos pocos billetes.

No tengo más recuerdos de su persona durante aquellos años, yo era un niño, y no lo he vuelto a ver hasta agosto de este año. Lo que evoco con claridad es que nos visitábamos frecuentemente y de que había un ambiente familiar, con mucha gente y que los niños jugábamos.

Luego recuerdo otros episodios, David se fue a México, y desde allí le animó a mi padre para que viajara en busca de un futuro mejor que el que España le ofrecía. A poco de llegar y como  comenzó a trabajar regularmente pensó en la posibilidad de trasladar a toda la familia, pero la crisis mexicana desbarató los planes. Volvió con una gran cantidad de regalos y con anécdotas muy curiosas vividas junto a David, excéntricas y llamativas para nosotros como niños.

Luego mantuvimos su presencia por lo que nos dejaron de su casa, sus libros subrayados y con recortes intercalados, los diccionarios para las traducciones, los manuscritos y apuntes para libros suyos, así como algún que otro objeto –como la talla de un indio de madera oscura que me espeluznaba y aquella mesa de la máquina de escribir-.

Yo me acercaba a esos libros y apuntes con reverencia, los tenía localizados y cuidaba, pero no me daba por leerlos –me parecían demasiado densos y difíciles-.

 

 

 

Voy a realizar una comparación de las concepciones que sobre el sujeto tienen autores actuales como Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, tomando como referencia su libro conjunto Hegemonía y estrategia socialista, con las concepciones que del mismo tienen Louis Althusser y Georg Wilhelm Friedrich Hegel. De éste último analizando el concepto de “reconocimiento” que ofrece en la dialéctica del amo y del esclavo para, tras analizar su utilización, compararlo con el concepto de “interpelación” de Althusser.

RT3_001 Acuarelas: Anabel Martinez Weiss

 

Lo oportuno de éste ejercicio lo encuentro en que por una parte Althusser era un profundo conocedor de la obra de Hegel, como  muestra que su tesis de licenciatura versase sobre el pensamiento hegeliano[1], aunque dicho conocimiento no deba presuponer una identificación con su pensamiento, más aún conociendo que Althusser buscó resaltar de la obra de Marx más los elementos de ruptura con Hegel que los de continuidad. Esta postura era bien distinta a la que seguían otros pensadores adscritos a la línea del PCF, en la que se buscaba establecer una línea de continuidad entre el humanismo y el comunismo. Esta última postura significaba ponerse en la línea de la ilustración y rescatar para su tradición al propio Hegel, más allá de su idealismo.

 

Tras justificar la importancia de la obra de Hegel para Althusser quiero realizar un análisis de sus concepciones del sujeto comparando sus conceptos de “reconocimiento” (Hegel) y de “interpelación” (Althusser) para luego pasar a ver si son funcionales en la obra mencionada de Laclau y Mouffe, adelantando que en dicha obra el concepto de “interpelación” para explicar la formación o construcción de los sujetos sociales es explícita así como el reconocimiento de la herencia althusseriana. Lo que habría que ver es si se puede encontrar relaciones con la teoría hegeliana y su concepto de “reconocimiento” o por lo contrario nos encontraríamos ante teorías contrapuestas y por lo tanto nos encontraríamos ante una concepción de los sujetos sociales no idealista.

 

Todo ello para analizar distintas visiones sobre la construcción/constitución de los sujetos, en éste caso “sociales” (incluyendo a los propios individuos concibiéndolos también a estos como sujetos sociales “construidos”), para luego pasar a su acción, esto es a su acción como sujetos de la historia.

 

Alberto Musso

"Es que a veces la forma mas iluminadora de comprender la historia es desde la historia individual"

Guillermo Sacomano, Página 12, Suplemento del 12/11/2010

 

Nació en el año cuarenta, en la República Argentina. Dos generaciones de europeos, uno de Italia y otra de España, le dieron su “santo y seña para poder hablar con las esrellas”.

La sonrisa, de la Italia del Norte. La mirada, muy parecida a la de Picasso . Con esos ojos escrutadores, penetrantes, miró el mundo que le tocó pintar.

Su niñez, respiró, correteó, por las calles de una próspera ciudad fabril, -al servicio de los ferrocarriles ingleses-  que en 1950 se convirtieron en argentinos. Por una de esas calles fue a la escuela elemental. Una de sus maestras fue la madre de Leonor Rigau,. El y ella emigraron a Mendoza a los 17 años, para estudiar Artes en la única institución universitaria de la región, la Escuela Superior de Bellas Artes de la UNC.  Ahora Leonor le organiza una retrospectiva, que pactó con él en dos visitas largas a su taller, para elegir de la cuantiosa obra, lo mucho que entra en su espaciosa Galería de Arte de San Juan. Lo pactó con él, de manera que Alberto estará en voluntad en esa provincia limítrofe.

 

 


Ilustración de Asun Balzola

Recordaba Asun que en el Museo de Orsay le había llamado la atención las palabras de una niña de unos 8 años, respondiendo a la insistencia de su madre en hacerle valorar la maestría con la que Seurat había representado a un caballo blanco en su cuadro El circo: yo también lo sé hacer así.

En la reciente exposición “La abstracción del paisaje” de la Fundación March, quien escribe estas líneas observó una escena parecida cuando un padre se empeñaba en demostrarle a su hijo la destreza con la que Vincent van Gogh había dibujado un caballo en su cuadro “Campos y jardines”, y el niño -solidario, sin saberlo, con aquella niña de Asun en el Orsay- le respondió: yo lo hago igual.