Creación

Tras recibir una raquítica herencia, dos hermanos emprenden caminos muy distintos en sus vidas. El uno se casa con una mujer rica mientras el otro lo hace con la hija de un leñador, puesto que ese es su oficio y ha adquirido un cierto prestigio en el mismo. Con el tiempo ha ido comprando hasta tres burros y en ellos lleva la leña que va recogiendo. Pues bien, un día escucha en el bosque el ruido tremendo que hace un nutrido grupo de jinetes, nada menos que cuarenta, y espanta a sus borricos para esconderse después él mismo en la copa de un árbol. Desde su privilegiada posición es testigo de un hecho insólito: el cabecilla de los jinetes se dirige hacia un pared rocosa y al grito de “Ábrete sésamo” una tremenda roca se mueve para dar paso a una gran gruta en la que los bandoleros –que eso es lo que son ese grupo a caballo- guardan el botín de sus fechorías. El resto de la historia es más que conocido, y lo narra espléndidamente a lo largo de varias noches la inolvidable Sherezade.

Juan Moreno Nuncio, acuarelas
Espíritus prosaicos ha habido que se han preguntado cómo era posible que la piedra se abriera solamente por la simple fórmula de los bandidos. Pero, ¿acaso tiene también tiene que justificarse lo que ocurre en el interior de un relato? ¿No basta con creer en el formidable poder de la palabra? Podríamos recordar las palabras con la que empieza La Biblia, toda una declaración de principios: “En el principio existía la palabra” Y el no menos impresionante momento en el que Dios va dando nombre a todos los animales a los que va creando (en una acción recogida en una famosa canción de Bob Dylan, todo sea dicho de paso). En otra escena memorable de ese mismo libro, Jesucristo acude a visitar a uno de sus amigos –siempre me ha llamado la atención que no se menciona casi nunca a los amigos del protagonista del Nuevo Testamento-, un tal Lázaro, pero se encuentra con la desagradable sorpresa de que su amigo ha muerto y ya ha sido sepultado. Con el dolor que podemos fácilmente imaginarnos, Jesús se acerca a la tumba y dice unas palabras que nos conmoverán para siempre: “Lázaro, levántate”. Y el difunto obedece, levantándose y yendo con su amigo.