Creación

“¡Vaya por Dios! ¡Ya me está mirando el cincuentón gordito de turno! Es que no me quita ojo el tío” Pensó Marta mientras miraba impaciente el reloj, apurando el té que le habían servido hacía  más de media hora.
Su amiga ya no vendría, seguro, porque era muy puntual. Algo le habría surgido. Y encima se puso a llover y no tenía paraguas. Pagó la consumición y se fue camino de la parada del autobús, sufriendo por sus zapatos de Gucci, que se le iban a estropear.
El semáforo verde, intermitente, una carrerita improvisada..... y Marta, alta, delgada y elegante, se fue al suelo en pleno paso de peatones. Sorprendida,  impotente y rabiosa, estalló en llanto incapaz de levantarse. Los coches empezaron a pitar porque se les había abierto el semáforo.
Pasaron segundos que parecieron horas y entonces surgió un brazo firme que, rodeándole la cintura, la ayudó  a levantar como si fuese una pluma, custodiándola hasta la otra acera. Cuando Marta reaccionó y pudo mirar hacia el brazo benefactor, se encontró a pocos centímetros de dos mejillas redondas y ruborizadas,  precedidas de unos ojos redondos y preocupados y prolongadas por una papada de madurez masculina, con aroma a loción de afeitar barata.
“¡No puede ser!¡El gordito!” – pensó,  mientras daba las gracias con educación pero sin convicción.
- ¿Está usted bien? ¿Se ha hecho daño?
- No, no, no pasa nada – dijo Marta mientras comprobaba que sus tacones de aguja no habían sufrido daños y se preocupaba por el aspecto que tendría su cara con el rímel corrido – es usted muy amable, adiós.
-    Espere, por favor, me llamo Juan y tengo el coche aparcado aquí cerca, permítame llevarla a algún sitio.
Marta accedió, porque si no, iba a llegar a casa hecha un adefesio. Cuando empezaron a andar, se dio cuenta de que le sacaba la cabeza a Juan, pero él tenía un BMW. Le contó por el camino que era dueño de varias carnicerías de élite, que era hijo y nieto de carniceros y que le gustaba ir al campo para ver a las ganaderías en su propio medio y así elegir a sus proveedores directamente. También le dijo que vivía con su madre, viuda y que se cuidaban mutuamente. El peor problema lo tenía con la gestión de los negocios, porque a él las cuentas no se le daban bien.

Leandro Alonso escultor


Marta, que trabajaba como consultora en una gestoría, le dio una tarjeta a Juan y pensó lo contento que se pondría su atractivo jefe por haberle conseguido un nuevo cliente, a ver si se terminaba de dar cuenta de la joya que tenía en el despacho y se divorciaba de una vez para casarse con ella.
Juan se enamoró de Marta como un loco. Ella se dejaba querer y aceptaba encantada los rumbosos regalos que él le hacía, a la vez que disfrutaba de una vida sexual muy agradable, que al gordito, aunque pareciese mentira, se le daba muy bien eso del sexo. Pero cuando, al cabo de 2 años de conocerse,  la madre de él falleció, y él le propuso que se casasen, ella no aceptó porque no soportaba ser “la carnicera” no quería renunciar a lucir en esferas más altas sus modelos y sus zapatos. Además, al fin y al cabo, él era gordito y vulgar y no le servía para presumir de marido delante de la gente, así que lo plantó. Juan sufrió mucho.

Han pasado varios años desde aquel día de lluvia. Marta, cincuentona, sigue conservando belleza y estilo natural, pero sus ojos hoy miran tristes. Esta tarde ha quedado con unas antiguas amigas para merendar en el centro comercial de su barrio de soltera. Hacía mucho tiempo que no volvía a ese barrio, donde solía quedar con las amigas y donde conoció a Juan. La cafetería ya no existe, ahora en su lugar hay un banco, pero a Marta se le llenan los ojos de lágrimas cada vez que se acuerda de la ternura del hombre que tanto la amó, de sus atenciones y de su afán por complacerla, de su humanidad y de su gran bondad.
De pronto, el corazón empieza a latirle con fuerza y le falta el aliento porque acaba de reconocer, a un par de metros, hablando por el móvil, a un gordito, un poco más calvo y canoso, algo más mayor, pero con las mismas mejillas sonrosadas y redondas, los mismos ojos redondos que un día rechazó y que ahora tanto añora. Marta intenta huir porque se avergüenza de su aspecto pero él la llama :
-    ¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás?
-    Bien, bien ¿y tú?
-    Muy bien, estoy esperando a mi familia. ¡Ah, mira! Aquí vienen ya. Te presento a Ilse, mi esposa y a mis hijos Anna y Samuel. Esta es Marta, una antigua amiga.
Marta consigue a duras penas aguantar el nudo que se le hace en la garganta, cuando se acerca a besarla una mujer rubia, recia, de unos 40 años, con aspecto de campesina centroeuropea, pero vestida de Alta Costura. Viene acompañada de dos jóvenes adolescentes que se parecen mucho a Juan. Marta masculla un pretexto para irse y camino de la parada del autobús rompe a llorar con desesperación. No se siente capaz de encontrarse con las amigas, ya les llamará cuando llegue a casa para decirles que se encontraba mal.
Marta vive ahora en el extrarradio con su marido, que hace años fue su jefe. Ahora él está jubilado, sufre de artrosis y se pasa la vida encerrado en casa,  haciendo crucigramas, bebiendo litros de cerveza y viendo los partidos de fútbol por la tele.  Se casaron hace más de 10 años, pero los negocios no les fueron bien y Marta tiene que comprarse en el chino de la esquina no sólo la ropa sino también los zapatos, que es lo que más le duele.
Mientras el autobús se aleja del centro, la mente de Marta va maquinando un plan. Por lo menos así tendrá su día de gloria y saldrá en los periódicos y en la tele, aunque sea custodiada por la policía.