Creación

duchaPudimos haber adoptado cualquier otra forma. Total, estábamos aburridos... ¿Qué nos importaba andar jodiendo a éste o a aquel? Era cosa de divertirse, de quitarse de encima este vacío inmenso que nos persigue día y noche. Y no nos mires con esa cara de mojigato, por favor; con esos ojos que parece estuvieran reprobando el hecho mismo de nuestra existencia. Ese rollo de total abnegación que se gastaba el viejito era como para habérselo cargado mucho antes; de una manera mucho menos peliculera, incluso. Y tú no tienes ni el más mínimo derecho a censurarnos, a decirnos que no debimos haberlo hecho, por mucho que el viejito nos diera los buenos días de una manera tan dulzona que se nos almibaraba hasta el tedio éste que llevamos dentro y que tantas veces se nos convierte en ganas de matarte a ti o al que se nos ponga por delante con esos aires de autosuficiencia y elevada moral.
Pudimos habernos convertido, sin ir más lejos, en el asfalto por el que el viejito conduce su auto para llevar a sus nietecitos a la escuela. Un extraño socavón engulle a un jubilado y a sus cuatro nietos cuando iban camino del colegio. Se desconocen aún las circunstancias que propiciaron tan extraño fenómeno. Pero aquello no nos hubiera satisfecho en absoluto, pues es demasiado obvio. Todo el mundo estaría todavía condoliéndose y guardando minutos de silencio por la tragedia.
La opción por la que nos decantamos finalmente tiene mucho de desconcertante, de no saber si uno tiene que llorar o dar las gracias a quién sabe quién por habernos quitado de en medio al viejo aquel tan santurrón que se balanceaba colgado de la ducha con la lengua fuera y el pito tieso ante la mirada atónita de sus nietos.