Creación

Un botijo muy cañí

Había un botijo en el patio del colegio de monjas al que iba cuando era pequeña. Solíamos beber de él todas en verano cuando teníamos sed. No recuerdo ya muy bien quién se encargaba de llenarlo, pero siempre estaba ahí, dispuesto a saciarnos con su agua fresca. Se situaba a la entrada del colegio, sobre unas baldosas muy próximas a la puerta de entrada rectangular pequeña, la primera que se abría nada más empezar el colegio. Era de color blanco, aunque ya un poco envejecido por el paso del tiempo. Su color contrastaba con el hábito de las monjas de uniforme negro, deambulando de un sitio para otro.

Era como un ritual, todos los veranos el botijo delante de la puerta esperándonos. Sin quererlo, era testigo mudo de nuestros juegos, de la comba, la goma elástica, los escondites … Y a él acudíamos siempre a intervalos regulares en los momentos de recreo. Recuerdo haberme preguntado por qué un botijo, cuando era pequeña. Teníamos agua también en los aseos, en los grifos. ¿Por qué un botijo para un colegio de “señoritas”? ¿Quizás para economizar? ¿Era más cómodo? Lo cierto es que tenía mucho éxito y había a veces incluso colas para beber de él. Además nos divertíamos viendo a quién no se le derramaba el agua por el uniforme azul, o a quién se le daba mejor. Eran momentos de connivencia, de risas, de alegría. Se puede decir que confraternizábamos alrededor de él, haciendo mil comentarios. Un botijo, algo tan español como un botijo en un colegio de monjas francesas. Algo, diría, yo tan, ¿cañí?

RT3_020 Oleos: Anabel MArtinez Weiss

 

 

El nido de gorriones

Cuando se miró en el espejo y vio aquel nidito de gorriones sobre su lengua, se sobresaltó. No tenía ni la menor idea de dónde habrían salido. Se preguntó qué había cenado la noche anterior; los huevos fue lo primero que se le vino a la mente. Pero no, había cenado pescado; nada entonces explicaba aquella escena. De repente, se puso a deambular por toda la casa, casi corriendo. De la boca le salían unos ruidos, chillidos, casi cánticos, que no podía evitar. Comenzó a costarle tragar saliva, no sabía si por la presencia de aquellos gorrioncillos o por el susto que llevaba encima.

RT3_017 Oleos: Anabel Martinez weiss

Una vez más sereno, intentó quitarse aquel nido de su boca, pero resultó que éste estaba estrechamente pegado a su lengua. Intentó argüir algunas palabras pero estas se convertían en un vientecillo caliente que chocaba contra el nido y sus pequeños habitantes, que oclusionaban así cualquier intento de comunicación. No podía hacer nada, se sentía impotente.  Estaba solo en su casa, nadie más podía ayudarle, y le daba vergüenza acudir a algún vecino. No obstante, a medida que transcurría el tiempo, se iba familiarizando con esos pequeños habitantes. Se preguntó si necesitarían alimentarse, aunque ahora que lo pensaba bien, él también necesitaría comer algo si no lograba desprenderlos de su boca. En un momento de altruismo se acercó al balcón y abrió grande la boca, con el fin de que aquellos gorrioncillos contemplaran la ciudad y vieran algo de luz. Desde su casa se divisaba gran parte de la ciudad. En aquella extraña mañana la luz era casi cegadora, los gorriones empezaron a emitir sonidos más vivos; a Nico le pareció que canturreaban. Todo aquello no dejaba de ser algo mágico, se decía Nico, como asumiendo ya su condición de anfitrión. Aunque se iba acostumbrando a aquellos habitantes, sabía que de una manera o de otra tenía que desprenderse de ellos. Se le ocurrió que tal vez pronunciando unas palabras mágicas, las adecuadas, aquel nido desaparecería. Empezó ensayando en su mente esas palabras, pero... ¡Si no podía pronunciarlas! Aquello se le escapaba de las manos. Entonces pensó en tragarse todo el nido, los gorriones incluidos, aquellos pobres a los que empezaba a tomar cariño. Esta solución, pensó, no era viable. Tenía que intentar desprenderse de aquel nido de la manera más pacífica posible. Se le ocurrió que si aquel nido, con aquellos gorriones había nacido en la oscuridad de su boca, de su garganta, tal vez la luz, espléndida aquél día, podría liberarlos de su boca. Se acercó de nuevo al balcón y abrió y abrió la boca, todo lo que pudo, hasta que lentamente fue sintiendo como al calor de aquella luz el nido empezaba a ceder, su saliva empezaba a poder discurrir por su lengua. Con ella empezó a empujar hasta que al fin el nido se desplazó sin demasiados esfuerzos hasta las manos de Nico, extendidas como las de un padre. Corría una brisa caliente. Al fin, se dijo. Se prometió a sí mismo cuidar de esos gorriones. Al haber aparecido de aquella manera, tan de súbito, tenían que tener algo de él. Lo averiguaría a medida que cuidara de ellos, conforme pasaran los días. De momento, estaba muy cansado. Y notó cómo el sopor lo embargaba. Se fue a su habitación y se desplomó sobre su cama.

 

Un prisma mágico

Le gustaba mucho caminar por la calle, sin rumbo fijo. Solía agachar la mirada para poder encontrar esos objetos perdidos o tirados con despreocupación por la gente, y que a él en cambio le podían servir, ya fuera desde su uso habitual o dándole uno nuevo, desde una nueva y prometedora perspectiva. Solía divertirse con ello.

RT3_018 Oleo: Anabel Martínez Weiss

Una vez, caminando por la calle, se encontró un objeto extraño, como mágico. Se trataba de un objeto en forma piramidal de cristal, sucio por el polvo y los traspiés que había sufrido. Se lo llevó a casa decidido a limpiarlo con mucho mimo.

Su sorpresa fue enorme: el cristal se encontraba pese a todo en buenas condiciones y dejaba traspasar la luz en un haz de mil colores. Se preguntó para qué servía o para qué había sido utilizado. Le parecía un objeto mágico, podía jugar con la luz a su antojo a través del cristal y según el lugar o la posición en que lo dejara estallaba en uno u otro color. Se lo metió en el bolsillo. Iría a la calle y lo utilizaría como prisma, por ejemplo.

Al salir, en el rellano de su casa, se encontró con una vecina. Esta solía ser tosca, parca y huraña en palabras, pero ante su sorpresa, se mostró encantadora. Le preguntó por su familia, la salud y el trabajo, qué iba a hacer en aquella mañana… Encantadora. Él, al principio, respondió un poco aturdido y sobrio. Pero luego no le costó nada seguir la conversación y responder a aquella dulce anciana.

Bajó las escaleras y salió a la calle, de un humor nuevo, como se sentía él. Decidió ir al parque del Retiro a dar una vuelta. Era domingo. Para eso cogió un autobús, que tomó en la parada nada más llegar. El viaje transcurrió sin incidencias. Y al llegar al Retiro, la luz de media mañana le cegó. Empezó a andar por el parque y empezó a mirar las cosas bajo el prisma de aquel nuevo objeto. Los paisajes eran preciosos, el color ocre o anaranjado de las hojas de los árboles a la llegada del otoño se iba transformando en colores púrpura, azul añil… Las plantas de los jardines y su contraste con el verde del césped…! ¡¡¡Lo veía todo rosa!!!

Se iba adentrando por el parque y como si aquel objeto fuera un imán, vio cómo se le acercaban los pichones, las palomas y más aves. Pero lo curioso fue cuando se entremezcló con las personas.

Había un gran círculo de gente justo al lado de la glorieta a la que daba la entrada principal del parque. Un tramoyista a la par que malabarista había empezado ya su espectáculo cuando se unió al círculo que lo rodeaba. De repente, el prisma se empezó a calentar, casi casi le quemaba en las manos. Tuvo que dejarlo en el suelo. De repente, esa pirámide de cristal empezó a disparar un haz de luz desproporcionado, de mil colores. Los de alrededor se dieron cuenta; rápidamente el actor que vio cómo en una parte se dispersaba la atención, se acercó. El objeto y la luz que irradiaban eran preciosos. El tramoyista intentó hacerles partícipes del espectáculo. Pero no resultó. El objeto estaba tan caliente que no podían moverlo. Fue al revés: el círculo de personas se giró en torno al objeto. Nuestro protagonista y su reciente hallazgo pasaron a ser el centro de atención. Todos se quedaron mirando, la luz variaba a ratos, hasta que finalmente se apagó de un golpe cuando el sol topó con la copa de unos árboles. El tramoyita anunció que en unos minutos retomaría el espectáculo, antes quería hablar con el dueño de aquel objeto. La pregunta era muy sencilla. ¿Cuánto quería por el? ¿Cuanto dinero? Ah! - exclamó el – no todo está a la venta, no todo tiene un precio. Para el tenía sin duda un valor incalculable.

Pero, sobre todo, le gustaba el prisma y la perspectiva que le ofrecía aquel nuevo objeto, que a su vez empezaba a convertirse en un talismán.

RT3_019 Oleos: Anabel Martinez Weiss

¿Una nueva tauromaquia?

El otro día, María iba en el metro leyendo el 20 minutos cuando le sorprendió la noticia de que los toros, la tauromaquia, iba a pasar de estar bajo la supervisión del Ministerio del Interior al de Cultura. En realidad, no le sorprendió aquello, lo que le sorprendió fue la inversa, y es que los toros no estuvieran ya bajo el paraguas del Ministerio de Cultura. María no tenía mucho interés por la tauromaquia, todo lo contrario, amaba a los animales. Lo que ocurría es que lo daba como algo perdido:

“- No hay remedio. Nunca nos libraremos de estos dichosos toreros. Quizás, algún día, quién sabe … cuando será el día que llegue …”, se decía para sí misma.

Recordaba una corrida, la única a la que había asistido en toda su vida, cuando era pequeña. Su padre era arquitecto, de diferentes pequeños pueblos de la provincia de Toledo. A veces traía animales muertos de los distintos caserones de los pueblos con los que le obsequiaban los lugareños y clientes. El decía que se veía obligado a aceptar aquellos regalos; hacía parte de su trabajo. Recordaba que su madre no sabía qué hacer con ellos, solía llevarlos a la carnicería a que les quitaran la piel, destriparan … María no pudo evitar sino hacer una mueca de asco. Le gustaban, amaba a los animales, al menos así se lo habían inculcado, pese a todo, de pequeña.

RT3_021 Oleos: Anabel Martinez Weiss

El caso es que un día María y su familia se vieron obligados a ir a uno de aquellos pequeños pueblos en los que eran las fiestas, y acudir a una corrida. Recordaba que se trataba de una pequeña plaza, con unas gradas metálicas en las que apenas se sostenía la gente sentada, o al menos, así lo recordaba. La corrida empezó y fue transcurriendo con la aparente normalidad con la que debía transcurrir. Nadie le explicó entonces el ceremonial de la corrida ni la tradición que tenía la fiesta. Ella sólo consiguió ver sangre y un animal que no paraba de sufrir. Un solo animal. Tras el estoque y la muerte del toro, se las ingenió para bajar de las gradas y abandonar la corrida y la plaza. Era muy pequeña, no tenía más que doce años, y todo aquello sólo le provocaba un gran asco.

Recordó que no habló con su padre del tema, aunque éste inevitablemente se había dado cuenta de que no le había gustado nada la corrida. María no quiso entender entonces aquellas obligaciones de su padre. Para ser tan pequeña, tenía muy claros sus principios y uno de ellos era su amor incondicional por los animales.

Ahora, cuando ponía la televisión y hablaban o mostraban alguna escena de alguna corrida, cambiaba de canal. No obstante, no hacía falta ver los telediarios para oír hablar de toros. Los viernes, cuando salía, a las tres de trabajar, después de comer se echaba la siesta escuchando los cotilleos de la sobremesa, y no solía faltar casi nunca algún torero, lo que no le impedía dormir plácidamente. Alguna cogida…, un emparejamiento de un torero, una boda. Todo aquello había llegado a provocar en ella una gran indiferencia.

María se llenó de indignación al leer la noticia:

“- ¡Pues lo que faltaba! ¡A partir de ahora van a ser las corridas objeto de interés cultural!”

Pero ella, apenas después, cerraba los ojos y se dejaba mecer por el traqueteo del tren, hasta llegar a su parada, tras lo cual abría los ojos, se levantaba, salía y tiraba el periódico en la primera papelera que encontraba.