Creación


Nosotros somos de lo más grande que inventó la humanidad. Para cualquiera, aunque muchas veces se olvidan. Además, nadie puede imaginar lo que fue nuestra vida, llena de peripecias y aventuras. Hubo períodos de calma sí, pero para recuperar fuerza. También épocas de doloroso  abandono.
Voy a contar solo dos momentos de los más memorables.
Un día nuestro primer dueño nos regaló a un hombre de quien era amigo del alma. El tipo, apenas entró en contacto con nosotros, no nos dio tregua. Trasmitía un estado de excitación permanente que tardamos en comprender. Nos sacó como chicharra de un ala a tomar un taxi y después un avión. Diga que nosotros somos flexibles y comprensivos así que no le ocasionamos ninguna molestia. Muy por el contrario, le prestamos un gran servicio.
El viaje fue largo y  en el avión nos abandonó. Por suerte pasamos una noche tranquila. Pero a la hora de bajar nos volvió a agarrar y otra vez  se puso eléctrico. No se quedaba quieto ni un segundo.
Mucho tiempo después nos enteramos que habíamos viajado de Montevideo a Madrid.
En Madrid, salvo contadas ocasiones, se olvidó de nosotros. Vivimos encerrados en un placard. Como el apartamento era chico nos entreteníamos oyendo las conversaciones, música, ronquidos, quejidos y otros ruidos que mejor no nombrar, aquellos cotidianos que los humanos esconden por puro pudor. Llegamos a conocer sus más íntimos secretos.
Pasó mucho tiempo, no podríamos decir cuánto. Hasta que un día apareció otro amigo de este hombre. Como iba para Cuba, además de remedios, parches de bicicleta, palmetas para matar moscas, ropa de esa que en Europa se tira nueva, marchamos con él a la isla.
Cuando el otro nos regaló, le dijo al que se iba para Cuba:
-Tomá, llevátelos. Sólo me traen malos recuerdos.
-Un verdadero desagradecido resultó ser el tipo.
En Cuba pasamos a ser propiedad de un clarinetista cubano que tocaba en una boîte. No parábamos al son del jazz, los danzones y habaneras. ¡Eso sí que era vida! Siempre dispuestos, descubrimos el mundo de la música.
Dejó de interesarnos quien nos usaba. Porque la música, esa sí que se convirtió en nuestra amiga del alma. Todas las noches, acompañábamos los pies del instrumentista en sus menores detalles, siempre brillantes, relucientes y tersos por el betún del cuero con el que nos lustraba todos los días. Como corresponde a gente de nuestra categoría.