Creación

 Al ir a coger el tren, en lo que apuntaba ser un nuevo día monótono de trabajo, vio a las seis yeguas y a los dos caballos de Tinín, trotando por uno de los prados donde solía dejarlos pastar por la mañana, mientras que por las tardes solían llevarlos a las afueras del pueblo, en función de la hierba. Aquello no era algo que llamase la atención, si no fuera porque un caballo blanco parecía dirigir a los demás y su ritmo se iba acelerando. Saltaron la valla de alambre de espinos que los separaba del siguiente prado, después un pequeño muro de piedra y, sin perder el paso y aumentando la velocidad estaban no muy lejos de llegar a la vía del tren. Aquella explosión de libertad y ligereza, capaz de saltar por encima de los obstáculos dispuestos por el hombre se le antojó una metáfora del ansia de vida del ser humano, de un anhelo por no estar sometido a unas ridículas fronteras y, por último, del deseo de disfrutar de la naturaleza sin destruirla.
Para desilusión suya, y tal vez salvación de los animales, que a punto estaban de alcanzar las vías, Tinín llegó en su furgoneta a toda velocidad, dando botes con los numerosos baches de aquello que no podía denominarse carretera realmente, casi a la vez que se oía en todo el valle el penetrante pitido de la locomotora, anunciando que en pocos segundos haría su entrada en la larguísima recta en medio de la cual se encontraba la estación desde la que él contemplaba aquella hermosa escena.  
Durante toda la mañana en la oficina no dejó de recordar lo que había visto, lo que motivó que tuviera que rehacer tres o cuatro documentos en el ordenador, puesto que “contratos” se había convertido en “con trote”, “obligatoriedad” se había transformado en “pide libertad” y la “Calle Calíope” en “grácil galope”, entre otros errores. En el café se le veía ausente y lo único que hizo en esos minutos de descanso fue un esbozo en la servilleta del bar en el que se podía distinguir los firmes lomos y las largas caballeras de un grupo compacto de caballos corriendo por un lugar que ya no aparecía por el poco espacio disponible en el peculiar soporte del dibujo. 
Aprovechando esa misma tarde que Matilde se había ido a comprar ropa para Samuel, por aquello del inicio del curso escolar, Salvador salió de su casa emocionado con su cámara de fotos, dispuesto a inmortalizar a aquellos animales por los que sentía una gran admiración. Para su desgracia, ya no estaban allí, acaso porque se los había llevado Tinín a otros prados, acaso cerca del bosque tras el que estaba el río Ligero. Tras la decepción inicial, volvió sobre sus pasos y tomó varias fotografías de la Rubia y su potrillo, una hermosa yegua que había tenido a su potrillo tres meses atrás. Siguió unos cientos de metros más al sur y llegó al fin del pueblo, donde él sabía muy bien que estaban dos caballos jóvenes, de pelaje claro y proporciones ideales. También a ellos los fotografió, dejando sin ese honor a un grupo de media docena de ponis, que pacían plácidamente cerca de allí, ajenos al desinterés que producían en aquel tipo alto y que vestía completamente de negro.
Por la noche, antes de irse a la cama, y dado que estaban en verano, su hijo quiso ver Spirit, una película de dibujos donde un mústang escapaba de los intentos de domarlo por parte de soldados de la caballería y de un simpático indio. La aspiración de libertad va nutriendo a ese caballo hasta que llega a poder vivir en las inmensas llanuras americanas, sin más ataduras de las que se derivan de una joven yegua ala que ha conocido en sus idas y venidas a lo largo de muchísimas millas durante toda la peli. El día se terminaba, de nuevo, con un caballo. Parece que no podía evitarlo: sería cosa del destino.
A día siguiente, en la estación, buscaba con la mirada las yeguas; sin embargo, lo único que pudo ver fue un ternero de pelaje oscuro recién parido, junto a su madre y con las fuerzas y el equilibrio justos para no caerse al suelo. Pocos metros más allá, otra vaca estaba a punto de parir: de hecho asomaban las patas ya y para facilitar el parto la madre se tumbó en el suelo, mirando hacia donde debía de aparecer su cría, pero como la posición no debía ser la más adecuada para ello se tumbó completamente en la hierba húmeda, y poco a poco iba asomando el ternero, que unos minutos después formaba parte de aquel grupo, ante las miradas emocionadas de todos los que viajeros que estaba deseando en su corazón que el tren llegase con el mayor retraso posible.
Una vez en el vagón, empezó a pensar si Tinín dejaría que los potros que fueran a tener sus yeguas llegaran a adultos para emplearlos en las labores del campo o, por el contrario, acabarían convertidos en carne para los restaurantes y hogares de la zona, donde entre las muchas comidas habituales de la zona estaba la carne de potro. Lo cierto es que esas mismas yeguas empezaban a acostumbrarse a la presencia de Salvador, puesto que no en vano lo veían día sí y día no contemplándolas, haciéndoles fotos e incluso con unos cuadernos de tapas duras intentando plasmar con sus lápices la innegable belleza de aquellos animales. En todo caso no pretendía convertir en arte sus pinturas, tan sólo era una forma más de plasmar la pasión que sentía por los caballos, y no le sorprendió en absoluto que Jonathan Swift los escogiera como las únicas criaturas capaces de crear una sociedad civilizada en su famosa novela. 
Unos días después del nacimiento de aquellos terneros, Salvador se recogió en su despacho después de comer, sacó un libro de la estantería más alta, y se sentó en el sillón con toda parsimonia. Era un libro de gran tamaño, con un título en inglés Horses que ocupaba toda la portada, sobreimpreso en un precioso cuadro de Toulouse – Lautrec. Lo abrió y estuvo más de una hora paladeando el volumen, repleto de reproducciones de gran calidad con imágenes de caballos en todos los lugares imaginables, a lo largo de un largo viaje artístico que iba desde el siglo x antes de Cristo hasta prácticamente nuestros días.
El fin de semana, sacando a pasear el perro, volvió a ver a la rubia y a su potrillo, que él había bautizado como “Pelusa” desde el primer momento, ya que tenía un pelo corto con pinta de ser muy suave. Se paró cerca de muro bajo de piedra, próximo a donde pacían madre e hijo, y éste se le quedó mirando con sus ojos un poco azulados y una mirada que desprendía inteligencia. Y con precaución se le fue acercando hasta quedarse a medio metro.
Salvador miró a la yegua, que no le quitaba ojo, valorando seguramente si constituía una amenaza para el potrillo o no, y se atrevió a tocar primero la cabeza de Pelusa y acariciarlo después. Efectivamente, aquella piel no podía ser más suave y aunque era bastante clara, con el paso de los meses se fue oscureciendo paulatinamente, como descubrió maravillado un tiempo después en otro paseo, tras unas semanas sin haberlos visto. Estaba más alto, sus músculos también eran más fuertes y ya se tomaba el atrevimiento de alejarse más y más tiempo de la protección materna, pero aquella mirada inocente que parecía irradiar confianza en quienes lo veían seguí allí, y ojalá que con el paso de los años no desapareciera nunca, como uno desea que las cosas hermosas duren para siempre, por más que sepamos que cuanto nos rodea tendrá, tarde o temprano, su fin.
Por extraño que pueda parecer, sabiendo su afición a los caballos, le dijo a su hijo Samuel que no era buena idea ir a clases de equitación, respuesta que le dio tras haberse enterado el chico que dos de sus mejores amigos iban a Palacios de la Serna a clase un par de veces a la semana. Samuel insistió y pidió razones, porque le padre únicamente le había dicho que no sin más aclaraciones. Pero salvador no estaba en condiciones de darlas, entre otras cosas porque él mismo tampoco las tenía: lo que le dijo era lo primero que se le ocurrió, sin pensarlo mucho y sin que, por una vez, pudiera tener detrás, como solía hacer, una reflexión profunda que poder explicar a cualquier persona para defender sus ideas, sus decisiones y sus actos.
Lo pensó un poco y le dijo que no sólo lo apuntaría a él, sino que  él se iba a apuntar también. Eso desconcertó al muchacho completamente, porque nunca había oído que un padre se apuntase a una actividad a la que se inscribe un hijo, pero como había conseguido lo que quería, lo aceptó como una extravagancia más de su padre, quizás tampoco de las más llamativas, a decir verdad. Las clases empezaron la primera semana de octubre y se distribuían en dos sesiones de una hora cada una de ellas los martes y los jueves. A Samuel no le costó aprender, de manera que estaba siempre con sus dos amigos, mientras que a su padre le costaba más; no obstante, al ser más disciplinado, no le costó llevar las riendas del caballo que le asignaron, un ejemplar con mucha experiencia ya en doma.
La sensación de los primeas sesiones fue extraordinaria: se subió al caballo y al sentirlo debajo casi tembló de la emoción. Cogió las bridas, se sujetó fuertemente en los estribos y fue picando espuelas despacio, comprobando que el animal obedecía sus órdenes, lo que no era difícil porque era veterano. Ni que decir tiene que su hijo aprendía veinte veces más cosas y veinte veces más rápido, pero eso a Salvador no le importaba lo más mínimo.  En su pensamiento estaba el deseo de que en el futuro se convirtiesen en un solo ser, como si de un centauro se tratara. Sin embargo, no lo quería lograr con unos caballos tan adiestrados como eran aquellos, sino con algunas de las yeguas de Tinín, o tal vez con los dos caballos jóvenes, o incluso con la Rubia. Y aquel pensamiento se convirtió en una obsesión.
En el trabajo todo iba de mal en peor: no atendía los pedidos, se notaba que en el teléfono estaba deseando terminar las conversaciones con los clientes y al llegar la hora de redactar contratos, reclamaciones o documentos similares, se pasaba las horas muertas ante la pantalla del ordenador, para sospecha de sus compañeros y creciente enfado de sus jefes. Estaba claro que de seguir así en no demasiado tiempo acabaría en la calle, y una circunstancia así iba ser muy peliaguda de explicar a Matilde. Y eso que ella ya llevaba un tiempo notándolo bastante extraño en casa: despistado, no se podía hablar con él durante mucho rato porque enseguida se aburría y buscaba terminar cualquier conversación, y encima lo hacía saltándose las más elementales normas de educación. No es que antes fuera el colmo de la normalidad, desde luego, pero de ahí a lo que estaba ocurriendo mediaba un abismo. La transformación era tan patente que todos la habían percibido de una forma u otra.
Como el reloj de la estación del último pueblo previo a llegar a Trascampos, atravesado su cristal por dos rayas profundas, y éstas más mal que bien tapadas por gruesas cintas blancas de precinto de embalaje, así se sentía Salvador, herido, por más que no pudiera o supiese cuál era el dolor o la inquietud que le provocaba aquella zozobra que tan notablemente había alterado su vida. Y la vuelta en tren ya no era un momento gozoso cada tarde, antes al contrario, porque suponía tener que hablar, con los vecinos, con Matilde o con Samuel. Había llegado a una encrucijada y no tenía ni la más remota idea de cómo podría salir de aquel atolladero y recuperar la normalidad, al menos en lo posible.
Aunque le supuso un esfuerzo tremendo, dejó de acudir a las clases de equitación, para tranquilidad de Samuel, que empezaba a estar harto de los comentarios  que sobre su padre escuchaba cada vez más a menudo, y que no se limitaban a sus dos amigos en voz baja; estaba ya en boca de los alumnos, de los instructores y de todo aquel que tenía a bien pasar por la escuela de Palacios de la Serna. Y no era fácil quedarse en casa cuando su hijo cogía la equipación y se marchaba, pero no quedaba más remedio si quería recuperar el control de su vida. En casa intentó poco a poco seguir las conversaciones con atención, intervenir de vez en cuando e incluso dejar caer algún que otro chiste de tarde en tarde; es decir, aparentemente recuperaba su vida, aquella vida propia que se había difuminado como si nunca hubiera existido.
Por otra parte, en el trabajo volvió a comportarse como el oficinista gris que todos esperaban que fuese… y que había dejado de ser desde que pasó todo esto, camino iba ya del medio año. La presión de sus tareas se aflojó un tanto cuando empezaron a comprobar que iba “recuperando la cordura”, por decirlo en palabras de uno de sus compañeros. Para Salvador, en cambio, era todo lo contrario: la lucidez de su mente, su sensibilidad con la naturaleza en general y los animales en particular…nunca había sido mayor que en ese espacio de tiempo que si breve en el cómputo temporal de los hombres, había igualado a toda una vida para él.
Salir por la mañanas, con el amanecer como único testigo, se convirtió en algo tedioso, desprovisto del más mínimo aliciente. Tampoco los pinceles volvieron a salir de la hermosa caja de madera donde los guardó para siempre; los libros de la biblioteca se llenaron de polvo y hasta de alguna telaraña; por último, la cámara de fotos que había sido inseparable de él no veía el sol en lo que de Salvador dependía, de forma que sólo la sacaba del armario Matilde para inmortalizar alguna de las celebraciones familiares en las que se suelen emplear estos artilugios.
Una mañana, próxima ya la primavera, salió más temprano que de costumbre y se dirigió despacio a la estación, absorbiendo plácidamente los múltiples olores que del campo emanaban bajo el rocío. El sol apuntaba tímido sobre las copas de las higueras del collado cercano y Salvador giró a la izquierda en el cruce previo a las vías del tren. Miró al fondo del valle y allí estaban las seis yeguas de Tinín y los dos jóvenes caballos. No pudo apreciarlo desde la distancia, pero los ochos animales lo contemplaron apenados y empezaron a trotar. Ahora sí los vio y con los ojos seguía aquel movimiento, y conforme se iba acelerando también su corazón se puso a latir más fuerte. En el reloj las ocho: sólo diez minutos para el cercanías. Sin pensarlo salió hacia el camino rural y aceleró el paso al distinguir a los animales dirigirse a las vías a buen paso, junto a la casa de piedra de Pedro Santos. Se lanzó a la carrera directamente sin otra idea más que la de espantar a las yeguas antes de que llegasen a los raíles, sin acordarse de que siempre llevaba su reloj adelantado cinco minutos. Exhausto por el esfuerzo, trató de espantarlos para que no se acercasen al tren que ya había dado señales de vida con su pitido; quedaban cuatrocientos metros. El maquinista pitó más fuerte para asustarlos pero no había manera. En los últimos segundos se pararon casi en seco, pero con la inercia no pudieron evitar golpear a Salvador y lanzarlo a las vías en el momento en el que el tren había llegado casi a su altura.