Creación

A Irene, Cent’anni!

La llamada de la productora se recibió a las seis de la tarde, apenas veinte minutos antes de la hora prevista para comenzar la grabación. No tardaron más de quince en desalojar al público presente en el estudio, aplacando su desilusión con pegatinas y bolígrafos con el logotipo de la cadena. Respecto a los invitados, refunfuñaron un poco, y se dejaron llevar nuevamente a sus casas, con la promesa de ser llamados en breve para cualquier otro programa. Y la cuestión es que la cosa hubiera prometido, porque localizaron para la ocasión una mujer con tres pezones, un universitario que había pasado un mes de resaca tras beber treinta y cinco litros de cerveza en cuatro días y una pretendida experta en eructoterapia. Pero en el último minuto la cadena decidió dar carpetazo al asunto. “Poco gancho” le explicaron por teléfono a García, pero él se hubiese jugado el cuello a que los de Teleworld estaban detrás de todo el asunto. Al fin y al cabo, se había pasado los últimos cuatro años haciendo talks en Miami y algunos afirmaban que en España ya nadie se acordaba de él. Seguro que ése era el argumento esgrimido por Teleworld para venderles a cambio algún espacio de abueletes buscando media naranja o el enésimo de ponecuernos arrepentidos.
Sin otro deseo que el de llegar a su casa y ahogarse en una bañera de Martinis, se encaminó a maquillaje, para que le terminasen de borrar la sonrisa del rostro. En esto, entró Cristina, con las manos en la espalda y una mueca de embarazo.
-Hay un señor de ciento catorce años en la sala de espera-musitó.
-¿Cómo?
-Está esperando a que le entrevisten.
¿Y a él qué? Es lo que hubiera replicado. Pero lo de los ciento catorce años le dejó tan confuso (por un instante se preguntó si eso era lo que le había dicho que llevaba esperando a que le entrevistasen) que titubeó antes de responder que el programa ya era historia.
-Eso les he dicho. Pero parece que no lo entienden- las orejas de Cristina enrojecieron, como si temiera uno de sus tan comentados estallidos de cólera, conocidos en la profesión como “momentos García”. Pero a decir verdad, y eso era un secreto todavía para muchos, el García de cuatro años atrás había fallecido bajo las palmeras de Miami, amodorrado fatalmente por la parsimonia de los cámaras y regidores cubanos. Ahora, cuando lo maquillaban, tenían que clarearle la piel, irreversiblemente tostada después de mil cuatrocientos días expuesta a un sol incombustible. Y por ese motivo, era ya imposible detectar ningún rubor iracundo iluminándole las mejillas. Ni siquiera él mismo, por mucho que lo intentase, lograba irradiar el más mínimo temblor de irritación frente al espejo. En su lugar sus ojos desprendían una extraña euforia, que le aterraba encontrar muy similar a la de los presentadores de teletienda (la mayor parte de los cuales, como era bien sabido, acababan en tratamiento psiquiátrico, por adicción a los propios productos que trataban de vender). Por eso ya ni se molestaba en enfadarse; se limitaba a buscar un regidor o quien tuviera más a mano, a fin de que lo hiciera en su lugar. Pero Cristina era más blandengue que el pecho de una octogenaria y no parecía dispuesta ni a echar al viejo, ni a dejarle a él tranquilo hasta que le brindase una solución.
-Avisa a Juan Luis para que le acompañe a la salida- le propuso con hastío.
Más Juan Luis se había marchado ya, nada más recibirse el aviso de que todo se iba al garete. Cristina pensaba que si él se acercaba un momento a despachar amablemente al anciano y a su acompañante, resultaría todo menos violento. Al fin y al cabo, lo habían traído de no se sabe qué asilo perdido por la Sierra de Madrid, con las molestias que eso comportaba para su edad, y se trataba de que no se quedara con la sensación de haber perdido parte del poco tiempo que debía quedarle de vida.
-Que se hagan unas fotos contigo y que al menos tenga algo que contar a sus compañeros de residencia.
Cuando quiso darse cuenta, se encontraba en la puerta de la sala de espera, con las mejillas aún a medio desmaquillar y dos clínex en torno al cuello de la camisa, que Cristina se apresuró a quitarle de un tirón. Allí estaba el hombre, seco y delgado, con la carne de los lóbulos colgándole tiernamente alrededor de dos pómulos consumidos igual que un par de limones olvidados durante largo tiempo en un frutero. Las bolsas en torno a los amarillentos ojos se asemejaban, igualmente, a cáscaras de nuez modeladas en barro oscuro con pliegues rosados. Aún así, pensó García, no aparentaba la edad que decían que tenía…De hecho, cayó en la cuenta de que su imaginario mental carecía de una imagen con la que caracterizar a un hombre de ciento catorce años. Había leído, como todo el mundo, artículos en la prensa sobre los record Guinness de longevidad, pero éstos siempre correspondían a mujeres americanas con cara de tortuga o a pescadores japoneses, en la mayor parte de los casos ciegos o sordos. Sin embargo, éste hombre no era ni una cosa ni la otra. Es más, a excepción de sus orificios nasales, que palpitaban con simétrica obstinación como si cronometraran cada segundo de su existencia, no daba impresión alguna de ser parte de cuanto lo rodeaba.
Una joven latinoamericana risueña, probablemente ecuatoriana, que estaba sentada a su lado, se puso en pie con una sonrisa temblorosa al reconocer a García y animó al hombre a tomar su mano y levantarse también.
-El señor García-dijo presentando a éste.
-¡Mira, podría ser tu bisabuelo!-dijo Cristina tratando de hacer sonreír al anciano, pero volvió a sonrojarse al dirigirle García el presentador una mirada de reprobación.
-Somos tantos…-murmuró éste encogiéndose de hombros-¿Cuál es su nombre, señor?
Para su sorpresa, su boca, hasta entonces indistinguible de la barbilla, se apareció entre ondas rugosas de piel, luciendo cuatro dientes grises de entre los que brotó una voz rota pero, aún así, poderosa, como el aldabonazo de un gong de bronce verde.
-Josssé -repuso marcando perfectamente las tres eses y le tendió las cinco raíces retorcidas que le nacían de la maraña de nervios, venas y tendones en que se habían convertido sus nudillos. A García le dio la impresión de estar estrujando un puñado de ramitas secas y le soltó la mano, por temor a que se le deshiciera entre los dedos.
-¡Qué casualidad…!-empezó a decir Cristina, pero García la cortó, expresándole al hombre la satisfacción que les producía tenerle allí.
-¡Oh, la satisfacción es nuestra!-saltó la latinoamericana y luego apianó la voz para explicar que en la residencia habían estado muy nerviosos en los últimos días debido a unas décimas de fiebre que muy bien hubieran podido mandar al traste la aparición de José en la tele. Porque en la resi le querían mucho, faltaría más, y estaban muy orgullosos de que fuese como un padre para todos. En ese momento el aludido arqueó una de sus tupidas cejas hasta casi clavarse la punta en el ojo correspondiente, como si se tratara de la primera vez que veía a aquella mujer. Otro lo hubiese tomado por un rasgo de senilidad pero a García le hizo gracia creerlo una ironía. Menos divertido le resultó cuando la joven preguntó si iban a hacerle ya la entrevista.
García abrió la boca para contestar, por supuesto, que lo sentían mucho, pero que no era posible ya que Teleworld acababa de mandar al carajo el proyecto de programa, y con ello al equipo y a él mismo, inclusive. Sin embargo, como en la famosa escena de la desincronización de Cantando bajo la lluvia, se encontró con que lo que de sus labios salía era la voz suave de Cristina diciendo que, naturalmente, y que entrarían a grabar en cinco minutos.
Se volvió furibundo hacia la propietaria de dicha voz, pero ésta ya había buscado refugio en el pasillo y se disponía a encerrarse en el baño de señoras cuando la cogió por un brazo y la atrajo hacia sí, sin hacerle daño. Al menos eso último le alegró; su segunda exmujer le había sacado el chalet de Miami y la mitad de su patrimonio por haber sido menos diestro en una circunstancia similar y dejarle un moratón del tamaño de un posavasos en el hombro.
-¿Pero tú de qué vas?-le espetó furioso, sintiendo revivir dentro de sí, con el consiguiente resentimiento de las cicatrices de la última liposucción, al García de años atrás. Para su sorpresa, esto provocó la súbita aparición de una Cristina bien distinta a la que él conocía que, sin alterar su expresión, ni endurecer un solo músculo del cuello, le brindó un argumento irrefutable; no le soltó ningún sermón acerca de ilusiones truncadas, ni de ese minuto de gloria al que, según el código deontológico televisivo universal, hasta el más insípido de los seres tiene derecho al menos una vez en la vida. No. Se limitó a decirle: “¿Y tú qué coño pierdes?”, a lo que él no pudo replicar nada, pues hacía mucho tiempo que había perdido toda capacidad de cuantificar qué quedaba en él de lo que probablemente quiso ser una vez.

*

La entrevista nunca saldría al aire, ni siquiera sería grabada. Sentarían al vejestorio sin maquillar (advirtiendo, por si las moscas, que a su edad no era recomendable por el tema de las reacciones alérgicas) en el sofá de los invitados y le harían cuatro o cinco preguntas tontas, para que se diera con un canto en sus cuatro dientes podridos. Como lo más probable es que le quedaran un par de meses, o acaso de semanas, darían largas a cualquier requerimiento sobre la hipotética emisión del programa, y después, carpetazo definitivo.
La latinoamericana se sorprendió al descubrir la zona del público vacía y le explicaron que, debido a la crisis, resultaba caro fletar autobuses de asistentes y que los aplausos se añadían luego, grabados. También se advirtió cierta decepción en la muchacha al ver que sólo había un cámara en el estudio (un rezagado al que Cristina localizó in extremis ya montado en su moto, en el aparcamiento) y ninguna otra persona. Pero al parecer, debió pensar que aquel hecho estaba también relacionado con la crisis y no dijo nada.
El cámara, de mala gana, colocó al anciano un micrófono de corbata, que hizo a éste rascarse en el cuello, visiblemente incómodo, y dijo que podían empezar cuando quisieran.
-¿Dónde están las tarjetas con las preguntas?-susurró García al oído de Cristina. Ésta se encogió de hombros. Los de redacción lo sabrían, pero como se habían marchado… Le sugirió que le preguntase cualquier cosa y lo dejó allí plantado, de rodillas pero no suplicante, en su silla ergonómica tapizada en poliéster verde.
Cualquier cosa…La única pregunta que le vino a la memoria fue cuándo había sido la última vez que realizó una sin que se la escribieran. Por lo general, era a él a quien se las formulaban fuera de los platós. ¿La mesa de siempre, señor García?,¿Hoy también tomaremos un L’Ermita de 2002?, ¿Te has acostado con ella, verdad? Y por no complicarse la vida, a todas respondía siempre que sí, incluyendo a aquel estúpido proyecto de programa.
Pero, sea, que él también había empezado con una grabadora de segunda mano y la idea de volver a sentirse por unos instantes como en aquellos tiempos le produjo un prurito, no del todo desagradable, en el rostro, como de acné recobrado.
Cristina dio la señal al cámara, la luz roja se encendió y, tras tragar saliva, García presentó a su invitado a media sonrisa. Como no sonó ninguna cortinilla musical, ni ningún silbido ni aplauso y Josssé no experimentó reacción alguna al ser citado, el corazón le dio un brinco. ¿Se le había quedado allí mismo? Repitió su nombre tartamudeando ligeramente (¡sí, igual que cuando el acné!) y entonces la acompañante del hombre se acercó a él, y lo desperezó pasándole con ternura la palma de la mano por los hombros. De haber sido una emisión auténtica, habría entrado en cuadro pero, ¿qué más daba eso ahora? El anciano dio un respingo malhumorado e hizo señas a la chica para que lo dejase a su aire. Claro, se dijo García, necesitaba tomarse su tiempo. ¿Qué prisa podía tener si probablemente ya habría hecho todo cuanto puede hacerse en una vida y ahora sólo le restaba, igual que a un árbol, respirar, ocupar espacio y nutrirse?
-Bueno José, nos alegra mucho tenerle aquí-le dijo después de un largo minuto- ciento catorce años es mucho tiempo, y son numerosos los acontecimientos históricos que usted ha podido conocer…Como, por ejemplo, la Guerra de Cuba. ¿Qué recuerda de ella?
El hombre meneó la cabeza como si no le hubiese escuchado bien.
-¿De Cuba?-musitó.
García, descolocado, cayó en la cuenta de quizás no fuera tan buena idea empezar tan atrás en el tiempo…Y es que, acostumbrado a manejar las cifras siempre fiables de redacción (o mejor aún, de Wikipedia), ni se había molestado en calcular el año de nacimiento del anciano.
-Yo era mu chico-logró articular éste invirtiendo no poca saliva en el esfuerzo-me hablaron alguna vez de eso pero no macuerdo.
-Claro, claro…-García trató de no evidenciar desánimo; un fallo que podía cometer cualquiera y que una buena pregunta, formulada sin tregua, disiparía al instante-pero de la Primera Guerra Mundial sí que se acordará.
Otra pausa. Pasaron algo así como cien años en el ánimo de García hasta que una nueva grieta ajó las comisuras de los labios del hombre, en el trabajoso intento de que una respuesta floreciese de ellos.
-¿Mande?
-La Primera Guerra Mundial-le repitió soltando un gallo para que no se evidenciara su perplejidad. ¿O es que aquel tipo había estado metido en un agujero desde su nacimiento hasta aquella misma tarde? ¡Todo el mundo había oído hablar de la Primera Guerra Mundial, aunque sólo fuese por la mera deducción de que había tenido que haber al menos una antes de la Segunda! Si hasta Charlot llegó a hacer películas sobre ello…Esa referencia amarilleó los ojos de Josssé, que emitió un gorjeo, quizás en un vano intento por que su gastada piel volviera a recorrerle una vez más la cuenca de lo que una vez fue su sonrisa.
-Me parece que habla usté de la Guerra del Catorce-le dijo. García chasqueó entusiasmado los dedos. ¡A ésa se refería! Pero el chasquido se partió en dos cuando el hombre le explicó, lo mejor que pudo, que eso había sido muy lejos de donde él vivía. De hecho, le sonaba que era cosa de los alemanes y los rusos, porque los rusos, sabe usté, eran muy malos, que lo decía el cura de su pueblo, porque se calentaban del frío en invierno quemando crucifijos y comían alas de murciélago asadas.
Lo de los rusos le dio idea a García de salvar el poco prestigio que pudiera quedarle después de aquellas dos meteduras de pata…al menos ante sí mismo y ante Cristina, la latinoamericana y el cámara cabreado, que ahora movía la cámara con una mano mientras con otra escribía un sms en el que probablemente le contase a su novia que iba a llegar tarde al cine porque su jefe era un gilipollas.
-Pero bueno, la Guerra del treinta y seis la recordará usted bien -exclamó triunfal. José asintió sin pestañear-y seguro que combatió en ella. ¿Verdad?

No había acabado de asentir el anciano y su rostro se frenó en seco para dejarse caer en un balanceó de negación, como una rama cimbreada por el viento. No y renó. Llegaron a escuchar tiros en la sierra pero no muchos, porque decían que los rojos andaban racionados de balas, y que al final disparaban sin cartuchos, sólo para incordiar. Él se llegó a librar porque le pagaron veinticinco duros al sargento que vino al pueblo a buscar gente a cambio de que lo declarasen inútil. Y no, no recordaba que hubiese muerto nadie que el conociera…aunque sí. A un vecino suyo sí que lo trajeron frito pa toa la vía pero fue porque una mañana en la tienda de campaña había metido el pie en la bota y resulta que tenía una víbora dentro.
-Son alimañas. ¿Sabe usté? A mí me picó un alacrán en la frente una vez que dormía la siesta en un sembrao. Él me dio lo mío, sí, pero yo lo reventé de un alpargatazo.
A estas alturas García ya no recordaba qué pregunta había dado lugar a aquella retahíla de frases inconexas pegadas con saliva. De todos modos, ahora que lo pensaba, tampoco tenía mucho aquel preguntarle al hombre sobre la Guerra Civil, cuando quedaba tanta gente viva de esa época.
Y hablando de aquello…¿No recordaría a lo largo de su dilatada vida haber visto a alguien famoso, quizás a Alfonso XIII, a Maura o Eduardo Dato? (los nombres de estos últimos los sacó de un par de calles de Madrid, por sonarle que debían ser de la época o algo así).
-Bueno, una vez vi al Caudillo- repuso José tras rascarse la frente con el dedo, dando la impresión de que fuesen a saltarle astillas en el esfuerzo-pasó por el pueblo en un cochazo y nos dio la mano a todos los que estábamos sentados en el puente. Nos felicitó por la capilla que habíamos levantado pa la Virgen del Espino. Fue una cosa mu rara.
García sonrió con condescendencia. Nada tenía de raro, teniendo en cuenta que el Caudillo visitó muchos pueblos e inauguró muchos pantanos y otros edificios como parte de la propaganda del régimen…
-Sí, sí que era raro -insistió el centenario-porque allí no habíamos levantao ninguna capilla, ni pa la Virgen del Espino, ni al sumsumcorda. La sospecha que nos quedó a muchos fue que sabía confundío con Aldehuela de Calatañazor, que es el pueblo de al lao. El nuestro es Calatañazor a secas.
-¿Pero nadie le dijo nada de eso?-preguntó con incredulidad su interlocutor.
-¿Qué iban a decir? Era el Caudillo y sansacabó…Así que al día siguiente nos pusimos a levantar la dichosa capilla, por si acaso se le ocurría volver. Era un tío raro. ¿Sabe que cuando me dio la mano la tenía como un témpano de hielo?
No, no lo sabía. Pero el tono ligeramente crítico le dio pie a una pregunta que no se hubiese privado de hacerle de haber estado la entrevista de verdad en antena.
-Entonces…¿A usted qué le parecía?
-¿Qué tuviera las manos frías? Pos hombre, questaba poco trabajao.
-No, no, José. Me refiero a Franco. ¿Qué opinión le merece a usted?
Dos gotas oscuras de sudor que sobre aquella tez apergaminada se hubieran dicho de resina, perlaron la frente del hombre, señal inequívoca de que comenzaba a acusar el cansancio. ¿O acaso la pregunta lo incomodaba? Nada de eso, pues mostró la negrura de sus dos dientes inferiores para recalcar, sin titubeos, que había sido un mal bicho.
-Sí, señor, un mal bicho, y le diré porqué. Porque nos quitó cien hetáreas a todo el pueblo entero pa plantar nosecuantos mil pinos. Que ya me dirá usté pa que puñeta sirven, aparte de pa echarse una siesta debajo dellos o pa que un joputa coja una lata de gasolfina y queme too el monte.
Y aquí García no pudo estar más de acuerdo, pues el hombre había expuesto justamente las razones de su encono.
En esto, se dio cuenta de que tanto la ecuatoriana como Cristina se mostraban inquietas. De hecho, esta última le señaló en reloj. ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? No podían haber pasado más de cinco minutos pero se comportaban como si la cosa durase ya varias horas. Supuso que comenzaban a temer que se encontrase cansado o que hubiese derrochado demasiado esfuerzo en su curiosa soflama antifranquista. Y entonces le vino a la memoria el cuento aquel de un libro del colegio sobre un monje que permanecía unos minutos escuchando el canto de un pájaro y cuando regresaba al monasterio habían pasado doscientos años. No era que la voz del vejete resultase especialmente melodiosa, pero de alguna manera escucharle hablar le acababa de causar la misma sensación que suponía que había sentido el monje. Pero no quería concluir la entrevista sin una última pregunta que les devolviera allí, a aquel plató desierto de comienzos del siglo XXI.
-Dígame, usted José, de todas las cosas que se han ido inventando en estos más de cien años que lleva usted en este mundo, cuál le ha impresionado más.
Aquí no lo dudó tampoco el hombre. Ni los aviones, ni la televisión, ni internet. Lo que más recordaba era cuando pusieron luz eléctrica en el pueblo, allá por el año dieciséis o diecisiete. Fue toda una fiesta, y muy divertido.
García se sintió conmovido al verlo casi transfigurado de emoción:
-Claro, claro-dijo-me imagino que sería increíble haber vivido hasta entonces en la oscuridad, iluminados con velas, y de repente sentir que toda esa luz entraba de golpe en su casa.
-Que va-repuso José- si nosotros no pusimos lu hasta los años setenta. Pero el tío Roque, el arcarde, sí que la puso y, lo que le digo, era una fiesta cortarle el cable de noche y ver cómo salía hecho un basilisco diciendo que iba a matar a todo el pueblo. Yo creo que el primer mes le dejamos a oscuras como unas veinte veces.

*

La despedida fue correcta y sin dramatismo. No tuvo la sensación de que aquella fuese la última vez que lo fuese a ver aunque realmente lo fuera. Una vez devuelto a los brazos de su menuda acompañante, el hombre se sumió en su letargo inicial como si en realidad no hubiera salido de él en muchos años. Todo aquello no había sido sino el duermevela de una mariposa alrededor de una bombilla que acababa de apagarse dejando esparcida en el aire una quemazón pasajera.
Prometieron una fecha de emisión hipotética que nunca tendría lugar, o mejor aún, les aseguraron que les enviarían una copia de la grabación a la residencia, seguro, sí, lo más tardar en quince días, y luego les acompañaron a la puerta, donde ya les aguardaba un taxi.
Cuando creían que ya estaba todo dicho, el anciano les sobresaltó haciendo crujir unos cuantos músculos de su cuello que probablemente llevaban décadas sin flexionarse y a través de la ventanilla trasera del coche les espetó con una vocecilla que recordó a la de un bebé:
-Por cierto…Mu guapa la chavala. Si yo tuviera noventa años menos…
A Cristina se le pusieron las orejas coloradas por segunda vez aquella tarde y García estimó que no era mal momento para pasarle el brazo por el cuello, como entre buenos compañeros. Ella se lo agradeció con dos lágrimas que unidas por un trazo rosado hubiesen formado los extremos de una sonrisa.
-¿Sabes?-le dijo-hoy me has demostrado muchas cosas.
El cámara hacía rato que se había marchado al cine.

*
Fueron a casa de él cuando ya atardecía e improvisaron una cena fría con lo que encontraron en el frigorífico. Hablaron de muchas cosas, pero en ningún momento de Teleworld, ni de los directivos de la cadena, ni de la madre que los parió. Tampoco hubo alusiones al futuro. Era como la noche del fin del mundo y la festejaron escuchando viejas canciones francesas en vinilo y bebiendo sorbete de cava (una de las especialidades secretas de él). Luego, cuando se cansaron de hablar, se metieron un tirito y después, en la cama. Lo hicieron tres veces. Se quedaron dormidos en mitad de la cuarta.
A eso de las cuatro o cinco de la mañana García se despertó. La respiración de ella era intermitente y ligeramente chillona, casi enternecedora por lo novedoso, aunque cabía la posibilidad de que acabara por volverse irritante con el tiempo. Y sin embargo no era eso lo que le había despertado. Sintió una punzada en el pecho y por un momento la palabra maldita de los ejecutivos le hizo temblar las sienes. Pero no, no era el corazón, sino algo mucho más sutilmente profundo y lejano, que le había sobresaltado igual que el estruendo de una puerta que se cerrase de un golpe muchos pisos por encima de su cabeza. Y es que acababa de descubrir, tranquila y fríamente, la razón de porqué los presentadores de televisión nunca llegarán a vivir cien años.