Creación


Nosotros somos de lo más grande que inventó la humanidad. Para cualquiera, aunque muchas veces se olvidan. Además, nadie puede imaginar lo que fue nuestra vida, llena de peripecias y aventuras. Hubo períodos de calma sí, pero para recuperar fuerza. También épocas de doloroso  abandono.
Voy a contar solo dos momentos de los más memorables.
Un día nuestro primer dueño nos regaló a un hombre de quien era amigo del alma. El tipo, apenas entró en contacto con nosotros, no nos dio tregua. Trasmitía un estado de excitación permanente que tardamos en comprender. Nos sacó como chicharra de un ala a tomar un taxi y después un avión. Diga que nosotros somos flexibles y comprensivos así que no le ocasionamos ninguna molestia. Muy por el contrario, le prestamos un gran servicio.
El viaje fue largo y  en el avión nos abandonó. Por suerte pasamos una noche tranquila. Pero a la hora de bajar nos volvió a agarrar y otra vez  se puso eléctrico. No se quedaba quieto ni un segundo.
Mucho tiempo después nos enteramos que habíamos viajado de Montevideo a Madrid.
En Madrid, salvo contadas ocasiones, se olvidó de nosotros. Vivimos encerrados en un placard. Como el apartamento era chico nos entreteníamos oyendo las conversaciones, música, ronquidos, quejidos y otros ruidos que mejor no nombrar, aquellos cotidianos que los humanos esconden por puro pudor. Llegamos a conocer sus más íntimos secretos.
Pasó mucho tiempo, no podríamos decir cuánto. Hasta que un día apareció otro amigo de este hombre. Como iba para Cuba, además de remedios, parches de bicicleta, palmetas para matar moscas, ropa de esa que en Europa se tira nueva, marchamos con él a la isla.
Cuando el otro nos regaló, le dijo al que se iba para Cuba:
-Tomá, llevátelos. Sólo me traen malos recuerdos.
-Un verdadero desagradecido resultó ser el tipo.
En Cuba pasamos a ser propiedad de un clarinetista cubano que tocaba en una boîte. No parábamos al son del jazz, los danzones y habaneras. ¡Eso sí que era vida! Siempre dispuestos, descubrimos el mundo de la música.
Dejó de interesarnos quien nos usaba. Porque la música, esa sí que se convirtió en nuestra amiga del alma. Todas las noches, acompañábamos los pies del instrumentista en sus menores detalles, siempre brillantes, relucientes y tersos por el betún del cuero con el que nos lustraba todos los días. Como corresponde a gente de nuestra categoría.

 Al ir a coger el tren, en lo que apuntaba ser un nuevo día monótono de trabajo, vio a las seis yeguas y a los dos caballos de Tinín, trotando por uno de los prados donde solía dejarlos pastar por la mañana, mientras que por las tardes solían llevarlos a las afueras del pueblo, en función de la hierba. Aquello no era algo que llamase la atención, si no fuera porque un caballo blanco parecía dirigir a los demás y su ritmo se iba acelerando. Saltaron la valla de alambre de espinos que los separaba del siguiente prado, después un pequeño muro de piedra y, sin perder el paso y aumentando la velocidad estaban no muy lejos de llegar a la vía del tren. Aquella explosión de libertad y ligereza, capaz de saltar por encima de los obstáculos dispuestos por el hombre se le antojó una metáfora del ansia de vida del ser humano, de un anhelo por no estar sometido a unas ridículas fronteras y, por último, del deseo de disfrutar de la naturaleza sin destruirla.
Para desilusión suya, y tal vez salvación de los animales, que a punto estaban de alcanzar las vías, Tinín llegó en su furgoneta a toda velocidad, dando botes con los numerosos baches de aquello que no podía denominarse carretera realmente, casi a la vez que se oía en todo el valle el penetrante pitido de la locomotora, anunciando que en pocos segundos haría su entrada en la larguísima recta en medio de la cual se encontraba la estación desde la que él contemplaba aquella hermosa escena.  
Durante toda la mañana en la oficina no dejó de recordar lo que había visto, lo que motivó que tuviera que rehacer tres o cuatro documentos en el ordenador, puesto que “contratos” se había convertido en “con trote”, “obligatoriedad” se había transformado en “pide libertad” y la “Calle Calíope” en “grácil galope”, entre otros errores. En el café se le veía ausente y lo único que hizo en esos minutos de descanso fue un esbozo en la servilleta del bar en el que se podía distinguir los firmes lomos y las largas caballeras de un grupo compacto de caballos corriendo por un lugar que ya no aparecía por el poco espacio disponible en el peculiar soporte del dibujo. 
Aprovechando esa misma tarde que Matilde se había ido a comprar ropa para Samuel, por aquello del inicio del curso escolar, Salvador salió de su casa emocionado con su cámara de fotos, dispuesto a inmortalizar a aquellos animales por los que sentía una gran admiración. Para su desgracia, ya no estaban allí, acaso porque se los había llevado Tinín a otros prados, acaso cerca del bosque tras el que estaba el río Ligero. Tras la decepción inicial, volvió sobre sus pasos y tomó varias fotografías de la Rubia y su potrillo, una hermosa yegua que había tenido a su potrillo tres meses atrás. Siguió unos cientos de metros más al sur y llegó al fin del pueblo, donde él sabía muy bien que estaban dos caballos jóvenes, de pelaje claro y proporciones ideales. También a ellos los fotografió, dejando sin ese honor a un grupo de media docena de ponis, que pacían plácidamente cerca de allí, ajenos al desinterés que producían en aquel tipo alto y que vestía completamente de negro.
Por la noche, antes de irse a la cama, y dado que estaban en verano, su hijo quiso ver Spirit, una película de dibujos donde un mústang escapaba de los intentos de domarlo por parte de soldados de la caballería y de un simpático indio. La aspiración de libertad va nutriendo a ese caballo hasta que llega a poder vivir en las inmensas llanuras americanas, sin más ataduras de las que se derivan de una joven yegua ala que ha conocido en sus idas y venidas a lo largo de muchísimas millas durante toda la peli. El día se terminaba, de nuevo, con un caballo. Parece que no podía evitarlo: sería cosa del destino.
A día siguiente, en la estación, buscaba con la mirada las yeguas; sin embargo, lo único que pudo ver fue un ternero de pelaje oscuro recién parido, junto a su madre y con las fuerzas y el equilibrio justos para no caerse al suelo. Pocos metros más allá, otra vaca estaba a punto de parir: de hecho asomaban las patas ya y para facilitar el parto la madre se tumbó en el suelo, mirando hacia donde debía de aparecer su cría, pero como la posición no debía ser la más adecuada para ello se tumbó completamente en la hierba húmeda, y poco a poco iba asomando el ternero, que unos minutos después formaba parte de aquel grupo, ante las miradas emocionadas de todos los que viajeros que estaba deseando en su corazón que el tren llegase con el mayor retraso posible.
Una vez en el vagón, empezó a pensar si Tinín dejaría que los potros que fueran a tener sus yeguas llegaran a adultos para emplearlos en las labores del campo o, por el contrario, acabarían convertidos en carne para los restaurantes y hogares de la zona, donde entre las muchas comidas habituales de la zona estaba la carne de potro. Lo cierto es que esas mismas yeguas empezaban a acostumbrarse a la presencia de Salvador, puesto que no en vano lo veían día sí y día no contemplándolas, haciéndoles fotos e incluso con unos cuadernos de tapas duras intentando plasmar con sus lápices la innegable belleza de aquellos animales. En todo caso no pretendía convertir en arte sus pinturas, tan sólo era una forma más de plasmar la pasión que sentía por los caballos, y no le sorprendió en absoluto que Jonathan Swift los escogiera como las únicas criaturas capaces de crear una sociedad civilizada en su famosa novela. 
Unos días después del nacimiento de aquellos terneros, Salvador se recogió en su despacho después de comer, sacó un libro de la estantería más alta, y se sentó en el sillón con toda parsimonia. Era un libro de gran tamaño, con un título en inglés Horses que ocupaba toda la portada, sobreimpreso en un precioso cuadro de Toulouse – Lautrec. Lo abrió y estuvo más de una hora paladeando el volumen, repleto de reproducciones de gran calidad con imágenes de caballos en todos los lugares imaginables, a lo largo de un largo viaje artístico que iba desde el siglo x antes de Cristo hasta prácticamente nuestros días.
El fin de semana, sacando a pasear el perro, volvió a ver a la rubia y a su potrillo, que él había bautizado como “Pelusa” desde el primer momento, ya que tenía un pelo corto con pinta de ser muy suave. Se paró cerca de muro bajo de piedra, próximo a donde pacían madre e hijo, y éste se le quedó mirando con sus ojos un poco azulados y una mirada que desprendía inteligencia. Y con precaución se le fue acercando hasta quedarse a medio metro.
Salvador miró a la yegua, que no le quitaba ojo, valorando seguramente si constituía una amenaza para el potrillo o no, y se atrevió a tocar primero la cabeza de Pelusa y acariciarlo después. Efectivamente, aquella piel no podía ser más suave y aunque era bastante clara, con el paso de los meses se fue oscureciendo paulatinamente, como descubrió maravillado un tiempo después en otro paseo, tras unas semanas sin haberlos visto. Estaba más alto, sus músculos también eran más fuertes y ya se tomaba el atrevimiento de alejarse más y más tiempo de la protección materna, pero aquella mirada inocente que parecía irradiar confianza en quienes lo veían seguí allí, y ojalá que con el paso de los años no desapareciera nunca, como uno desea que las cosas hermosas duren para siempre, por más que sepamos que cuanto nos rodea tendrá, tarde o temprano, su fin.
Por extraño que pueda parecer, sabiendo su afición a los caballos, le dijo a su hijo Samuel que no era buena idea ir a clases de equitación, respuesta que le dio tras haberse enterado el chico que dos de sus mejores amigos iban a Palacios de la Serna a clase un par de veces a la semana. Samuel insistió y pidió razones, porque le padre únicamente le había dicho que no sin más aclaraciones. Pero salvador no estaba en condiciones de darlas, entre otras cosas porque él mismo tampoco las tenía: lo que le dijo era lo primero que se le ocurrió, sin pensarlo mucho y sin que, por una vez, pudiera tener detrás, como solía hacer, una reflexión profunda que poder explicar a cualquier persona para defender sus ideas, sus decisiones y sus actos.
Lo pensó un poco y le dijo que no sólo lo apuntaría a él, sino que  él se iba a apuntar también. Eso desconcertó al muchacho completamente, porque nunca había oído que un padre se apuntase a una actividad a la que se inscribe un hijo, pero como había conseguido lo que quería, lo aceptó como una extravagancia más de su padre, quizás tampoco de las más llamativas, a decir verdad. Las clases empezaron la primera semana de octubre y se distribuían en dos sesiones de una hora cada una de ellas los martes y los jueves. A Samuel no le costó aprender, de manera que estaba siempre con sus dos amigos, mientras que a su padre le costaba más; no obstante, al ser más disciplinado, no le costó llevar las riendas del caballo que le asignaron, un ejemplar con mucha experiencia ya en doma.
La sensación de los primeas sesiones fue extraordinaria: se subió al caballo y al sentirlo debajo casi tembló de la emoción. Cogió las bridas, se sujetó fuertemente en los estribos y fue picando espuelas despacio, comprobando que el animal obedecía sus órdenes, lo que no era difícil porque era veterano. Ni que decir tiene que su hijo aprendía veinte veces más cosas y veinte veces más rápido, pero eso a Salvador no le importaba lo más mínimo.  En su pensamiento estaba el deseo de que en el futuro se convirtiesen en un solo ser, como si de un centauro se tratara. Sin embargo, no lo quería lograr con unos caballos tan adiestrados como eran aquellos, sino con algunas de las yeguas de Tinín, o tal vez con los dos caballos jóvenes, o incluso con la Rubia. Y aquel pensamiento se convirtió en una obsesión.
En el trabajo todo iba de mal en peor: no atendía los pedidos, se notaba que en el teléfono estaba deseando terminar las conversaciones con los clientes y al llegar la hora de redactar contratos, reclamaciones o documentos similares, se pasaba las horas muertas ante la pantalla del ordenador, para sospecha de sus compañeros y creciente enfado de sus jefes. Estaba claro que de seguir así en no demasiado tiempo acabaría en la calle, y una circunstancia así iba ser muy peliaguda de explicar a Matilde. Y eso que ella ya llevaba un tiempo notándolo bastante extraño en casa: despistado, no se podía hablar con él durante mucho rato porque enseguida se aburría y buscaba terminar cualquier conversación, y encima lo hacía saltándose las más elementales normas de educación. No es que antes fuera el colmo de la normalidad, desde luego, pero de ahí a lo que estaba ocurriendo mediaba un abismo. La transformación era tan patente que todos la habían percibido de una forma u otra.
Como el reloj de la estación del último pueblo previo a llegar a Trascampos, atravesado su cristal por dos rayas profundas, y éstas más mal que bien tapadas por gruesas cintas blancas de precinto de embalaje, así se sentía Salvador, herido, por más que no pudiera o supiese cuál era el dolor o la inquietud que le provocaba aquella zozobra que tan notablemente había alterado su vida. Y la vuelta en tren ya no era un momento gozoso cada tarde, antes al contrario, porque suponía tener que hablar, con los vecinos, con Matilde o con Samuel. Había llegado a una encrucijada y no tenía ni la más remota idea de cómo podría salir de aquel atolladero y recuperar la normalidad, al menos en lo posible.
Aunque le supuso un esfuerzo tremendo, dejó de acudir a las clases de equitación, para tranquilidad de Samuel, que empezaba a estar harto de los comentarios  que sobre su padre escuchaba cada vez más a menudo, y que no se limitaban a sus dos amigos en voz baja; estaba ya en boca de los alumnos, de los instructores y de todo aquel que tenía a bien pasar por la escuela de Palacios de la Serna. Y no era fácil quedarse en casa cuando su hijo cogía la equipación y se marchaba, pero no quedaba más remedio si quería recuperar el control de su vida. En casa intentó poco a poco seguir las conversaciones con atención, intervenir de vez en cuando e incluso dejar caer algún que otro chiste de tarde en tarde; es decir, aparentemente recuperaba su vida, aquella vida propia que se había difuminado como si nunca hubiera existido.
Por otra parte, en el trabajo volvió a comportarse como el oficinista gris que todos esperaban que fuese… y que había dejado de ser desde que pasó todo esto, camino iba ya del medio año. La presión de sus tareas se aflojó un tanto cuando empezaron a comprobar que iba “recuperando la cordura”, por decirlo en palabras de uno de sus compañeros. Para Salvador, en cambio, era todo lo contrario: la lucidez de su mente, su sensibilidad con la naturaleza en general y los animales en particular…nunca había sido mayor que en ese espacio de tiempo que si breve en el cómputo temporal de los hombres, había igualado a toda una vida para él.
Salir por la mañanas, con el amanecer como único testigo, se convirtió en algo tedioso, desprovisto del más mínimo aliciente. Tampoco los pinceles volvieron a salir de la hermosa caja de madera donde los guardó para siempre; los libros de la biblioteca se llenaron de polvo y hasta de alguna telaraña; por último, la cámara de fotos que había sido inseparable de él no veía el sol en lo que de Salvador dependía, de forma que sólo la sacaba del armario Matilde para inmortalizar alguna de las celebraciones familiares en las que se suelen emplear estos artilugios.
Una mañana, próxima ya la primavera, salió más temprano que de costumbre y se dirigió despacio a la estación, absorbiendo plácidamente los múltiples olores que del campo emanaban bajo el rocío. El sol apuntaba tímido sobre las copas de las higueras del collado cercano y Salvador giró a la izquierda en el cruce previo a las vías del tren. Miró al fondo del valle y allí estaban las seis yeguas de Tinín y los dos jóvenes caballos. No pudo apreciarlo desde la distancia, pero los ochos animales lo contemplaron apenados y empezaron a trotar. Ahora sí los vio y con los ojos seguía aquel movimiento, y conforme se iba acelerando también su corazón se puso a latir más fuerte. En el reloj las ocho: sólo diez minutos para el cercanías. Sin pensarlo salió hacia el camino rural y aceleró el paso al distinguir a los animales dirigirse a las vías a buen paso, junto a la casa de piedra de Pedro Santos. Se lanzó a la carrera directamente sin otra idea más que la de espantar a las yeguas antes de que llegasen a los raíles, sin acordarse de que siempre llevaba su reloj adelantado cinco minutos. Exhausto por el esfuerzo, trató de espantarlos para que no se acercasen al tren que ya había dado señales de vida con su pitido; quedaban cuatrocientos metros. El maquinista pitó más fuerte para asustarlos pero no había manera. En los últimos segundos se pararon casi en seco, pero con la inercia no pudieron evitar golpear a Salvador y lanzarlo a las vías en el momento en el que el tren había llegado casi a su altura.

 

A Xosé Antonio López Silva,
Ab amando ductum est amicitiae nomen


Llevaba más de un año sin ver a Armando y durante ese tiempo mi vida había experimentado importantes cambios, todos ellos a mejor. Aunque en modo alguno soy una persona supersticiosa, no pude evitar establecer una curiosa relación entre la mala etapa que estaba atravesando la última vez que nos vimos y lo bien que me iban las cosas el día que se produjo nuestro reencuentro. Para empezar, mi pésima situación laboral era cosa del pasado, y ahora me encontraba desarrollando el trabajo de mis sueños en una empresa de gran prestigio a nivel nacional, con unas condiciones que nada tenían que ver con las humillaciones del pasado. Y por si fuera poco, al mes de ocupar mi puesto había conocido a Clara, que era hermana de una de mis nuevas compañeras, y que se reveló de inmediato como la mujer de mi vida. Entre sus brazos cicatrizaron de golpe las heridas abiertas de una relación todavía reciente y sumamente tormentosa. En una carambola demasiado perfecta para ser casual, mi existencia había adquirido como por ensalmo unas dimensiones que jamás hubiera imaginado en mis años previos de grisura y conformismo. Y curiosamente, Armando, con quien había compartido tantas horas de lamentaciones mutuas, no estaba allí para verlo.
Como ya sucediera en anteriores ocasiones, fue él el que rompió el contacto por una ofensa imaginaria que en aquel momento, cercano a la depresión, no me apeteció discernir. Después de comprobar que no me cogía nunca el teléfono y no respondía a mis numerosos mensajes, decidí no insistir más. Siempre encontré muy cobarde esa faceta suya de no sacar a relucir lo que le molestaba de uno y explotar luego silenciosamente, desapareciendo de la escena como si largos años de amistad hubieran sido únicamente humo. Y máxime teniendo en cuenta lo mucho que se le llenaba siempre la boca de hiel cuando sacaba a relucir los agravios sufridos a manos de su larga lista de amistades extintas, de las que se había desembarazado de idéntica manera que de mí.
Sin embargo, y a pesar de lo grande que es Madrid, estaba claro que nuestra afición común a la música clásica no tardaría en juntarnos de forma casual, o bien en alguna sala de conciertos o en una tienda de discos. Y así sucedió, una tarde de junio, en la Puerta del Sol. Nos encontramos de frente en el pasillo de la música antigua y pudimos leer nuestra mutua expresión de sorpresa en el rostro del otro. Resultando imposible el disimulo, prevaleció el instinto sobre el resquemor y le extendí la mano sin pensarlo, sonriéndole de corazón.
-Hombre, cuánto tiempo-me escuché decir. Y Armando, que se amparaba en sus silenciosas espantadas para no tener que justificar malas palabras ni reproches cargados de veneno, me tendió tímidamente su mano, asimilando todavía lo que estaba sucediendo.
-Sí, bastante…-es lo único que acertó a responder. Dado que a los dos nos resultaba violento hablar de ello, pronto encontramos una vía de escape en los discos que él había comprado. Nos pusimos a comentar con exagerado entusiasmo que si tal director era más apropiado para un compositor u otro, y que si el último álbum de la Bartoli era más de lo mismo y así, logramos liberar un poco de la tensión acumulada durante aquel año de separación. Para cuando quisimos darnos cuenta, habíamos salido de la tienda y nos encontramos caminando por el Paseo del Prado, cerca de su casa. Hubiéramos podido continuar departiendo en una cafetería, pero de forma tácita ambos decidimos que la cosa estaba bien así y nos separamos con cierta cordialidad, como si fuese a producirse un nuevo encuentro. Cuando llegué a casa le comenté a Clara lo sucedido y ella meneó la cabeza, escéptica:
-Por lo que me cuentas, es un tío muy voluble. Ten cuidado con él.
Unos días después Armando me llamó y con toda naturalidad, como si nada hubiese pasado, me propuso vernos para dar una vuelta. Recordando la advertencia de Clara le pregunté si estaba seguro.
-Tendríamos que aclarar lo que pasó…-le dije con un deje de tartamudeo. Se hizo entonces el silencio al otro lado de la línea y después de un suave resoplido, replicó con la voz ligeramente descolorida:
-Mira, por mí podemos olvidarlo. Si te parece bien…
Dado que a mí también me incomodaba volver sobre cuestiones que resultaban tan lejanas en aquel momento como si hubiesen atañido a otras personas, respondí que estaba de acuerdo. Al fin y al cabo, con quien me había reencontrado era con el Armando que más apreciaba: el conversador culto y refinado, siempre mordaz, con el que era capaz de estar hasta altas horas de la madrugada, participando de sus descabellados planes para arreglar el mundo. Porque Armando no era un simple profesor de Historia del Arte en secundaria, sino que también estaba versado en política, filosofía y sociología y era un enamorado del cine y de la buena mesa. Reconozco que había aprendido muchas cosas de él en todos aquellos años desde mi llegada a Madrid, incluyendo algunas que en un principio me costó asimilar, pero que ahora le agradecía. Por ejemplo, me resultaba sumamente embarazoso que me abroncase ruidosamente en los restaurantes a los que íbamos si consideraba que mis modales a la mesa dejaban un tanto que desear.
-¡Pero no hables con la boca llena, joder! Da ganas de vomitar-me espetaba o también: ¡Y no golpees tan fuerte la copa en la mesa, coño! Eso es de paletos.
Una de las veces me hizo sentirme tan violento que estuve a punto de levantarme e irme a media comida, pero él me retuvo, tras serenar su tono.
-No pienses que te lo digo para incordiar. Eres un paleto como lo era yo cuando vine de Galicia hace veinte años y precisamente por eso te puedo aconsejar mejor que nadie.
Igualmente, tras muchos años de rechazo, me convertí en un devoto del vino y todo porque cuando íbamos a comer juntos Armando no me dejaba nunca pedir agua.
-Vamos a ver, ¿quién se supone que es el marica aquí?¿Tú o yo?-y hacía que nos trajeran una botella de Albariño o vino de aguja rosado, a los que me aficioné muy especialmente.
Y sin embargo, aparte de este Armando de elocuencia casi hipnótica había otro amargado y furibundo, al que también tuve que tratar de tarde en tarde. Era aquel que aún continuaba en lo alto de los 135 peldaños de la escalinata de la Plaza de España en Roma, donde un viernes Santo, todavía no lo suficientemente lejano, su pareja le abandonase por una mujer. Se trataba de un chico quince años menor que él llamado Jesús, con el que había llegado a convivir casi siete. Aunque Armando no cesaba de repetir que consideraba aquel el mayor error de su vida, lo cierto es que después de esto,  no volvió a cometer ninguno de esa índole, ni grande, ni pequeño. Sencillamente, se recluyó en una rutina que a fuerza de precisión acabó por encontrar fascinante, porque era lo único que verdaderamente podía considerar ahora suyo y nada ni nadie serían ya capaces de arrebatársela.
Para alejar el fantasma de Jesús dejó atrás todo lo que le recordaba a él y se compró una nueva casa, en la que nunca recibía visita alguna, y la decoró como un palacio, a la medida de los placeres cotidianos con los que procuraba embellecer día a día su soledad. Porque hacía tiempo que había comprendido que eran muchas las cosas que podían disfrutarse sin más de necesidad de nadie que no fuese él mismo y sus sentidos refractados en un prisma de sensaciones. Ante, amaretto, Monteverdi, tiramisú, cielo al atardecer, bergamota...Podía haber sido el resumen de cualquiera de sus jornadas. Y un zumo recién exprimido por las mañanas, en su cafetería predilecta de Hortaleza, y el tacto sensual de un libro nuevo, abriéndose por vez primera para él en una vaharada de lignina. Aunque uno de los placeres que con más celo preservaba de las miradas ajenas era el de sus propias lágrimas ante una película conmovedora, que le hiciera evocar con matices su odiada infancia, o ¿por qué no?, con la más banal de las historias de tiros y explosiones, siempre que no faltase en ella un héroe con el que identificarse. Estos detalles sólo me los confesaba después de unas cuantas copas de Cacique, en nuestras veladas de los viernes por la noche. Y lo vivía de tal manera que era capaz de conmoverme también a mí mientras me lo contaba, aunque estuviera refiriéndose a La guerra de las galaxias o a cualquiera de las últimas producciones de animación de Pixar.
Todas estas cosas que he referido me vinieron de golpe a la mente esa tarde en que fui a buscarle a su casa para ir a cenar, tras nuestro acuerdo telefónico de hacer borrón y cuenta nueva. Para mi sorpresa, cuando llamé al timbre me invitó a subir. Eran muy pocas las ocasiones en que Armando había accedido a dejarme entrar en su recinto sagrado, y siempre para enseñarme algún libro o algún disco concreto que no le apeteciera sacar de casa. Dado que esta vez no me mostró nada y se limitó a hacerme esperar en el salón mientras se lustraba los zapatos, deduje que quería que admirase algún objeto en concreto de los que decoraban aquella estancia. Y es que otra de sus aficiones era coleccionar antigüedades tales como grabados, máscaras africanas y cuencos tibetanos con los que conferirle al piso ese aire de santuario que desprendía incluso hasta en su rancio aroma de belleza olvidada. No eran pocas las ocasiones en que se ensimismaba describiéndome sus últimas adquisiciones en este sentido, aunque aquí sí que me resultaba difícil participar de su entusiasmo, al ser él la única persona con derecho a contemplarlas. Por ese motivo, en las contadas veces en las que me mostraba sus objetos más preciados yo exageraba un tanto mi interés, a fin de que sintiera que había merecido la pena romper su propia norma.
No tardé en deducir que el objeto sobre el que quería llamar mi atención era un reloj antiguo de pared, coronado por una majestuosa cabeza de ciervo tallada en madera de ciprés. Entonces me señaló muy satisfecho:
-Es de la casa Kienzle, de la Selva Negra. Un modelo de 1837. Me ha costado la paga extra de verano.
-Estupendo…-repuse.
Me acerqué a contemplar más de cerca el reloj con tan mala suerte que no reparé en un jarroncito que había sobre una mesa, al lado del diván. Cuando quise darme cuenta, sostenía impotente en mis manos el fragmento más grande que quedaba de él.
-¡Mierda!-exclamé. Y mi preocupación fue considerable, porque temí haber hecho también añicos nuestra precaria reconciliación. Ciertamente, Armando no se mostró muy contento pero, acaso por el mismo motivo, trató de quitar hierro al asunto y se fue a por la escoba y el recogedor.
-Lo siento, lo siento-repetía yo una y otra vez-¿Era muy valioso?¿Puedo compensarte de alguna manera?
-No, no te preocupes-afirmó con el gesto aún torcido. Una vez hubo depositado en la basura los restos del jarrón me explicó que realmente no se trataba de un objeto de valor material, sino que su madre se lo había regalado veinte años antes. Dado que ni la mujer estaba muerta y que él acostumbraba a decirme barbaridades tanto de ella como del padre, a los que sólo visitaba unos pocos días en verano y navidades, me sorprendió su expresión un tanto compungida. Me comprometí entonces a comprarle otro jarrón, que también fuese chino, como aquel, porque...¿no podía recomponerse, verdad?
Armando sacudió entonces la cabeza una y otra vez, insistente. Daba igual, no tenía por qué compensarle, además, no se fiaba de mis gustos a la hora de elegir uno nuevo.
-No importa-le propuse-lo eliges tú y lo pago yo.
-Bueno, déjalo ya, que no se ha muerto nadie-concluyó con impaciencia, dándome una palmadita en la espalda. Y abrió la puerta para que nos marchásemos ya. Fuimos a un restaurante indio que había a dos calles de su casa y cenamos muy agradablemente, sin que volviera a surgir el tema del jarrón roto en la conversación. Rematamos la velada con un par de copas en un bar cercano y nos retiramos a eso de las dos y media de la madrugada, como en los viejos tiempos. Me volví a casa muy contento.
A la mañana siguiente le conté a Clara cómo me había ido todo, incidente incluido. Se rió de mi consabida torpeza y añadió que la comprensión de Armando no encajaba con la idea que se había hecho de él a partir de mis descripciones.
-Aunque bueno, también estábais enfadados cuando me hablabas de él-razonó sin dar más vueltas al asunto. Ya se lo presentaría en alguna ocasión.
Dicha ocasión tuvo lugar sorprendentemente pronto, apenas diez días después, cuando ella y yo salíamos muy ilusionados de una agencia de viajes a Asia en la que acabábamos de contratar un tour de diez días por el Noroeste de la India. Nos encontramos entonces a Armando frente a una tienda de discos de segunda mano situada en el Arenal y le presenté a Clara. Pese a mis temores de que su faceta más ácida saliese a relucir, como en otras veces en las que le había presentado a amigos míos en los que despertó una antipatía inmediata, he de decir que esa tarde se mostró encantador. Y dado que Clara era profesora interina de secundaria, aunque en su caso de música, no les faltó un tema de conversación en el que explayarse a gusto. Como el clima invitaba a ello, nos tomamos unas cervezas en la Plaza Mayor y allí salió a relucir el tema de nuestro viaje y de las ciudades que visitaríamos.
Armando se mostró muy interesado y sorprendió a Clara por sus amplios conocimientos no sólo sobre la India, sino sobre Asia en general. Pero más perpleja le dejó el hecho de que no hubiese estado en ninguno de los países sobre los que habló, ni tuviera intención de visitarlos. En realidad, Roma era el lugar al que más lejos había llegado en su vida. Muchas veces yo le preguntaba por qué en lugar de leer tantos libros sobre Angkor o el Taj Majal, no iba a verlos con sus propios ojos. En parte entendía su pereza, porque antes de conocer a Clara yo también era así. Una de mis excusas era que no tenía con quién irme pero en su caso dudo que a Armando le importase ir sólo. Él argumentaba entonces que las condiciones sanitarias de aquellos países debían ser pésimas, que no soportaba a los turistas vociferadores y que llevaba muy mal el calor. En definitiva, que le bastaba el salón de su casa para recorrer los rincones más recónditos del planeta sin más esfuerzo que el de levantarse a cambiar de documental en el DVD o, como mucho, aventurarse por el pasillo a aligerar la vejiga a fin de resistir sin interrupción otros mil años de civilizaciones perdidas.
Una vez nos hubimos despedido de él, Clara me comentó que le parecía un tipo divertido aunque un tanto prejuicioso. También le chocaba que se reafirmase tan orgullosamente en su soledad cuando era evidente que en realidad disfrutaba haciendo gala de su ironía y erudición ante un público, por muy pequeño que éste fuese.
Pasó una semana y no me extrañó volver a recibir una llamada de Armando, pero sí la forma en la que fue directamente al grano, sin decir hola siquiera.
-Mira, he pensado que como te vi el otro día tan afectado por lo de mi jarrón sí que habría una manera de que me compensases.
Tuve que pararme a pensar de lo que me estaba hablando. ¿Perdona? De buena gana le hubiese explicado que ya no estaba tan afectado, en parte, sobre todo, debido a que él mismo no le había dado importancia. Pero como también recordaba haberme comprometido a compensarle, le dije que sí, que pidiese lo que quisiera.
-Pues ya que vais a la India quisiera…-aquí hizo una pausa, pero no porque dudase sobre lo que iba a decir, sino para tomar aliento después de su desbocada entrada-un buda de bronce.
-¿Un buda?-repliqué un tanto descolocado.
-Sí, me encantan y hace años que deseo tener uno. Tráemelo y nuestra deuda quedará saldada-aunque supongo que esto último pretendía sonar gracioso, Armando le confirió cierto tono enigmático que me hizo preguntarme si se estaba refiriendo al asunto del jarrón o a algo de mayor envergadura como, por ejemplo, nuestro enfado anterior.
Le dije que no había ningún problema y, satisfecho, cambió de tema, volviendo una vez más a sus lugares comunes: lo mal que iba España, las cuatro últimas canciones de Strauss por Renée Fleming y un brasileño que le había tirado los tejos en un bar la noche anterior.
-Tenía cara de cerdito-fue su pero en esta ocasión. Siempre había uno. O por lo menos, eso es lo que él daba a entender desde su ruptura con Jesús.
Clara encontró conmovedor lo del buda.
-Se ve que en el fondo le encantaría ir. Supongo que si le traes el buda es como si de alguna manera hubiese estado allí.
*
Ciertamente, al hacerme esta petición, Armando estuvo muy presente a lo largo de las distintas etapas del viaje. No podía evitar recordarle cada vez que pasábamos junto a algún puesto callejero en el que vendían figuras de bronce o madera tallada y cuando los guías nos llevaban a las tiendas de rigor, impuestas por la agencia, siempre estaba a punto de comprarlo. Entonces Clara me recordaba que nuestra ruta abarcaba seis ciudades y que sería un trasto con el que tendríamos que cargar. Era mejor dejarlo para el final.
No pude estar más de acuerdo con ella, sobre todo teniendo en cuenta que, deslumbrado por todos los hermosos objetos que nos eran mostrados a toda hora del día, ante los templos, en los mercados o incluso en la mismísima puerta del hotel, me entusiasmé comprando más de la cuenta. Al final nos hicimos con las típicas marionetas de un marajá y una majarani, un turbante, varias camisas y pantalones de una comodidad extraordinaria, un elefante de marmolina, una figura tallada en madera del dios elefante Ganesh, discos de música tradicional, películas indias, libros de mitología, incienso y especias, además de tres tapices. Clara, perpleja, trató de hacerme ver que sería imposible meter todo aquello en el avión, pero al final ella también se dejó seducir y se compró un sari verde y otro rojo y dorado. Al final tuvimos que comprar dos maletas para todas aquellas nuevas adquisiciones. Por suerte, la agencia había puesto a nuestra disposición un coche con un conductor con el que hicimos todo el viaje; de lo contrario hubiera sido impensable ir de una ciudad a la otra con semejante equipaje.
Fue casi al final de nuestro periplo, en el entorno de una ciudad de fantasía, que decidí hacerme finalmente con la figura de bronce. Cuentan las leyendas que los dioses pusieron sobre la tierra a un cisne que portaba una flor de loto en el pico. Brahma prometió entonces que del lugar donde el ave dejase caer el loto él haría un lugar de culto. La flor cayó a orillas de un lago y el sitio acabaría convirtiéndose en Pushkar, en el Rajastán, una de las pocas ciudades del mundo con un templo consagrado a Brahma. Debido a este motivo, rigen en la sagrada Pushkar una serie de normas que nadie, ni siquiera los visitantes pueden vulnerar, como consumir de alcohol, carne y huevos o incluso hasta que las parejas se besen por la calle.
El guía que nos paseó por Pushkar era un hindú joven y tranquilo llamado Pinku al que manifesté mi deseo de adquirir el dichoso bronce, que no había dejado de perseguirme desde el comienzo del viaje. Nos llevó entonces por una larguísima calle atestada de puestos donde se vendía desde incienso hasta discos de Bob Marley y los Beatles. En una pequeña tienda de un conocido suyo encontramos lo que queríamos. O por lo menos, eso nos hicieron creer, porque de entrada desconfié de que aquella figura sentada en la posición del loto y con pechos femeninos que pusieron en mis manos fuese Sidarta Gautama.
“¿Éste es Buda?” le pregunté al dueño de la tienda, un amable muchacho con las encías completamente ensangrentadas por la piorrea. Él asintió y dado que el negocio estaba consagrado únicamente a la venta de deidades no había motivo para desconfiar de su palabra. La estatuilla no era precisamente barata, pero estaba claro que en España hubiese costado mucho más. Aún así pagué con gusto los cincuenta euros que me pidieron por ella, imaginando lo mucho que le gustaría a Armando, quien sin duda le reservaría un lugar de honor en su salón-museo.
La jornada en Pushkar concluyó con una visita a un templo Sikh y al lago, por desgracia completamente seco en esas fechas, a excepción de una pequeña piscina. Aún así, la visión del atardecer sobre ese paisaje resultaba verdaderamente fascinante. “Esto se llena en una noche de monzón”, nos comentó Pinku mientras contemplábamos el lugar cómodamente sentados en uno de los peldaños o ghats destinados a los peregrinos que acudían a sumergirse en las aguas. Aún así, había unos pocos de ellos nadando en la piscina, sin que resultase sacrílego el hecho de que a unos pocos metros un hombre pasease a una manada de patos o cinco perros dormitasen la siesta sobre la superficie desecada del lago.
He de decir que en todos los lugares que visité de la India encontré el mismo perro, amarillento y escuálido, de una estirpe bastarda que a fuerza de multiplicarse había acabado por convertirse en pura raza de la calle. Respecto a los gatos, sólo llegué a ver dos, en la mezquita de Jama Masjid en Delhi, y dado su aspecto parecía que se tratase de los últimos ejemplares supervivientes de la especie en todo el país. Cuando preguntaba a la gente por qué no se les veía por la calle me respondían que sí los había, pero que estaban dentro de las casas y que eran muy queridos allí.
No era de esta opinión Pinku, quien los juzgaba portadores de la mala suerte. “Es verdad -nos contó- en mi casa sólo entraron dos gatos. La primera vez, al poco se murió mi abuelo y a la segunda, mi padre”. Me quedé perplejo, y sólo se me ocurrió argumentar que hubieran podido transmitirles algún tipo de enfermedad, pero él insistía, se trataba de un animal peligroso, maligno incluso. Cuando le confesé que yo los adoraba y que moría de ganas de volver a tener uno algún día, se quedó pensativo unos instantes. ¿Es que acaso iba a poner mi vida en peligro? Él sonrió y me señaló la pesada figura que acababa de comprar y que llevaba envuelta en papel de periódico, dentro de una bolsa de plástico. “No importa-repuso-si alguna vez pasa esto, tienes el buda para que te proteja con su buena suerte”.
Dado que la conversación estaba teniendo lugar en inglés, y que el momento resultaba demasiado idílico como para enturbiarlo con tonterías occidentales de jarrones rotos y amigos solitarios, no le expliqué que no era para mí. En ese momento, los cinco perros se levantaron, atraídos por la llamada de un vendedor callejero, que a pesar de su evidente pobreza quiso compartir con ellos un trozo de pan. Esto llamó poderosamente nuestra atención y cambiamos entonces de tema, no volviendo más sobre el objeto de bronce en cuestión.
Al día siguiente regresamos a Delhi y de allí volamos a España, donde tardamos todavía unos días en recuperarnos de la profunda impresión que constituyera visitar aquel país, en el que el cielo se envuelve en seda de sari al atardecer y los pavos reales despliegan toda la belleza de sus plumas para anunciar la lluvia.
*
Los primeros días tras nuestro regreso me moría de ganas por ver la reacción de Armando cuando le entregara aquella preciosa pieza que, una vez pesada en la báscula del baño, dio la sorprendente medida de casi cinco kilos. Por fortuna, las buenas artes de los empleados de la compañía de viajes bastaron para que no se nos cobrase ninguna tasa adicional en el aeropuerto, ni por ella, ni por las dos maletas de más que volvieron con nosotros, cargadas de superficiales recuerdos.
-Desde luego, ya puede estarte agradecido tu amigo-me dijo Clara-mira que cargar con ese muerto desde la India hasta aquí.
Por lo pronto, el muerto se quedó en una maleta, dentro de su envoltorio de papel de periódico, a la espera de que Armando regresara de su acostumbrada estancia estival en el pueblo de sus padres, en Galicia. Aún así, lo llamé para comunicarle que ya lo tenía. No hizo falta, porque apenas oyó mi voz, me preguntó a bocajarro por el buda. Le repliqué todo entusiasmado que sí.
-¿Y no será una mierda?-se mostró desconfiado-¿no te habrán vendido uno de plástico?
En absoluto. Le describí detalladamente su aspecto y su peso y pareció mostrarse satisfecho. Dado que no regresaba hasta finales de agosto, tardaría todavía unas tres semanas en comprobar lo bien que había cumplido yo el encargo.
-¿Tres semanas?-bromeó Clara. ¡A ver si al final iba a acabar queriendo quedármelo!
¡Qué va!, le repliqué. Con la cantidad de cosas que habíamos comprado, ¿qué íbamos a hacer con un trasto más, y especialmente tan voluminoso? Además, no saldría de la maleta hasta el día en que Armando viniera a buscarlo.
Pasaron las semanas y mi amigo regresó por fin a Madrid. Sin embargo, nuestro encuentro tardó en producirse, y ello a pesar de que hablábamos frecuentemente por teléfono. Por algún motivo desconocido, Armando pretextaba estar cansado o sus recurrentes ataques de gota para no quedar, aunque en ningún momento me dio la impresión de que sus evasivas se debieran a algún tipo de enfado. Sencillamente, él era así. A lo largo de los años, me había acostumbrado a sus repentinas desapariciones, a que se pasase dos o tres semanas sin coger el teléfono, ni siquiera a horas en las que por fuerza tenía que estar en casa. Luego, de forma igualmente inesperada, retomaba la rutina de llamarme y volver a querer quedar para cenar todas las semanas. Y en todos esos reencuentros se comportaba como si nada hubiera pasado, obviando sus largas ausencias en las que era evidente que algo había tenido que pasar. Dado que a excepción de mí, sus amistades se limitaban a dos o tres ex compañeros de anteriores institutos con los que se citaba muy de vez en cuando, no se me ocurría sino que todo ello tuviera una justificación sentimental. Si era así, no dejaba de resultar extraño, porque a lo largo de los años Armando me había confiado sus más escalofriantes secretos, desde su intento de suicidio a los veintiún años, al resentimiento que todavía le inspiraban en ocasiones sus padres hasta los más sórdidos detalles de sus años de convivencia con Jesús. ¿Por qué se andaba entonces con tantos miramientos? Clara opinaba que quizás no le importara compartir detalles de sus historias pasadas, pero no de las que estaban desarrollándose en ese momento. “Al fin y al cabo-concluía-es muy respetable que quiera tener su privacidad”. En eso no podía estar yo más de acuerdo, pero me resultaba un poco injusto haber tenido que ser su paño de lágrimas, en ocasiones a tiempo completo (porque no le daba reparo alguno llamar en plena madrugada si estaba atravesando por una crisis, hábito que le pedí que interrumpiera cuando empecé a vivir con Clara) y no participar siquiera testimonialmente de sus alegrías.
Entre largas y llamadas sin respuesta, no nos vimos la cara hasta bien entrado el mes de septiembre, cuando Armando ya se había reincorporado a su instituto. Dado que habíamos quedado en un restaurante italiano situado en la Carrera de San Jerónimo y que yo había aparcado por el Templo de Debod, decidí dejar el buda en el coche para no tener que cargar con él todo aquel trayecto a pie. Supuse que después de cenar bajaríamos andando hasta la explanada del templo y una vez allí, llevaría a mi amigo en coche a su casa con el ansiado regalo.
Tal y como había imaginado, no hizo mención alguna de sus actividades desde su llegada a Madrid. Igualmente, tampoco preguntó por el buda. Sólo cuando interrumpí su disertación sobre la arquitectura del Segundo Imperio francés para decirle que lo tenía en el coche y que luego lo recogeríamos, torció el gesto y replicó:
-¿Y tenemos que bajar hasta el templo de Debod? No, gracias. Ya me lo darás otra noche- y continuó hablándome de Garnier, Viollet-le-Duc y otros ilustres desconocidos para mí, con tanta pasión que hubiera podido pensarse que se trataba de sus más queridos amigos de la infancia.
Cuando llegué esa noche a casa, la pregunta de Clara fue inevitable, al igual que su reacción:
-¿Que no se lo ha llevado?¡Vaya tío raro!
Dos semanas después, tuve la precaución de aparcar muy cerca del lugar donde cenamos, un restaurante chino que por pura casualidad se llamaba El Buda feliz, situado en la calle Luna. También en esta ocasión tuve que sacar yo el tema y Armando, como si el asunto le resultara ya cansino, se encogió de hombros. Había pensado en tomarse unas copas por sus garitos habituales de Chueca cuando yo me fuera a casa. ¿Tenía que cargar con un objeto de casi cinco kilos durante toda la noche? No, gracias, ya se lo llevaría en otra ocasión.
-¡Como una puta cabra!-fue lo primero que dije cuando entré en casa a eso de las dos de la madrugada, sin dar tiempo siquiera a Clara a hacerme la pregunta de rigor. Pero a ella le extrañó aún más que estando tan cerca el coche, en el parquin de la calle Luna, Armando ni siquiera hubiera tenido la tentación de echarle un vistazo a la figura de bronce.
-¿Será que no lo quiere?-se preguntaba. Tan perplejos estábamos, que incluso tardamos un par de horas en dormirnos, pues cada dos por tres se nos ocurría alguna descabellada hipótesis que justificara aquel proceder. Dándole vueltas y vueltas, la que más me llegó a convencer a mí fue que Armando, en el colmo de su retorcimiento, hubiera querido joderme haciéndome cargar con aquel trasto durante todo el viaje por la India. Aunque Clara se inclinaba más por pensar que acaso había sido una prueba para comprobar en qué medida tenía yo por importante aquella amistad.
-Pero si es eso es así-observé yo-ya he pasado la prueba. ¿Qué le cuesta ahora quedárselo?
-Quién sabe. A lo mejor se ha dado cuenta de que tiene demasiadas cosas en casa y no sabe dónde meterlo.
Huelga decir dónde sugerí que podía ponerlo a buen recaudo. Y así, entre risas tontas por el chiste fácil, apagamos la luz y nos dormimos al fin.
Pasaron varios meses hasta que mi excéntrico amigo y yo volvimos a vernos las caras. De vez en cuando me llamaba por teléfono y me soltaba una perorata de al menos una hora de duración sobre las materias más variopintas, desde política internacional a las comedias italianas de los cincuenta, sin hacer alusión alguna al tema que para mí estaba comenzando a convertirse en una obsesión. Una vez acababa de regurgitar aquel aluvión de ideas dispersas que llevaba quién sabe cuánto tiempo ansiando ensamblar en un discurso coherente, ponía punto final a la conversación sin más miramientos, y se despedía con la misma celeridad con la que me abordase, hasta la próxima llamada. He de decir que pese a que apenas me permitía meter baza en medio de sus reflexiones, nunca dejaban de resultarme muy interesantes sus juicios, aunque en ocasiones fuese únicamente por lo disparatados que podían ser.
Llegaron las navidades y Clara invitó una tarde a unos tíos suyos a visitarnos. Como llevaba tiempo sin verlos, no había tenido oportunidad de mostrarles las fotografías de nuestro viaje a la India y los numerosos recuerdos que nos trajimos de allí. Así pues, nos dedicamos con gran placer a rememorar aquellos días con té Darjeeling, y no pudo evitar salir en la conversación el buda adquirido en Pushkar. Clara les relató graciosamente cómo a pesar de haber pasado cinco meses, la figura continuaba en nuestra casa, sin que su virtual propietario hubiese mostrado el más mínimo interés por hacerse con ella. Su tía quiso verla, lo que me hizo titubear, pero Clara me instó a que la sacase de la maleta donde había estado guardada hasta entonces.
Dado que apenas la había visto un minuto cuando la compré en Pushkar no recordaba bien cómo era y al despojarla del papel de periódico en que estaba envuelta me sentí sobrecogido. Era verdaderamente hermosa, y eso mismo opinaron los tíos de Clara.
-¡Pero qué preciosidad!-exclamó la tía y añadió algo que yo temía escuchar: ¿Por qué no os la quedáis vosotros?
Durante esos cinco meses había estado evitando semejante cuestión. Hice todo lo posible por desprenderme cuanto antes de ella y ni siquiera quise echarle un vistazo por miedo a lo que estaba sucediendo ahora. Me estaba encariñando con la figura. Y la misteriosa dejadez de Armando era la culpable de ello.
-No, no-repliqué inmediatamente-se lo prometí. Le rompí un jarrón y a cambio me pidió que le trajera esto.
-¿Y por qué no le compraste otro jarrón y ya está?-razonó el tío, a lo que Clara se me adelantó:
-Su amigo es un tío raro. Martín ha estado intentado todo este tiempo entregarle el buda y él no ha hecho más que darle largas.  
-Pues si no lo quiere, con más razón os lo podéis quedar-apostilló la tía.
Traté de atajar la conversación explicando que era un amigo al que no deseaba fallar, pues habíamos estado distanciados mucho tiempo, y cambié luego bruscamente de tema. Ellos no insistieron más. Sólo al despedirse, la tía volvió a expresar su parecer sobre lo bien que quedaba la pequeña estatua en nuestro salón. Y era cierto, porque yo ya no la había devuelto a su rincón en el armario sino que ahora reposaba sobre la mesa del televisor, entre una seda pintada de China y una estatuilla del dios egipcio Min, el del descomunal falo.
Pasaron días sin que volviera a hablarse del asunto, pero cada vez que yo regresaba del trabajo no podía evitar posar mi mirada sobre los verduzcos contornos de aquella figura cuya identidad seguía resultándome incierta. Aunque sus facciones sonrientes podían recordar bastante a las de las más conocidas representaciones indias de Buda, sus pechos apuntaban a una entidad femenina. ¿Pero cuál de entre las 330 millones de deidades que conformaban el panteón hindú? Me lancé entonces a una exhaustiva investigación del enigma, que resultó infructuosa. Su parecido físico con diversas fotografías que hallé de Indra, el señor del cielo, era razonable, a excepción de los pechos. También busqué representaciones de las diosas Laksmi y Sarasvati sin resultados concluyentes, aunque algunas estatuas de bronce de Parvati en páginas de coleccionistas en internet me generaron ciertas dudas. Por lo que leí, Parvati era la esposa de Shiva y madre de Ganesh, cuya figurilla tallada en madera habíamos colocado en el armario del baño. Al parecer, representaría la energía cósmica, inseparable del concepto puro de conciencia que sería Shiva; eso al menos en una de sus encarnaciones más benévolas, pues otra de ellas sería la de Kali, la terrible diosa negra, que según leí, era representada con el rostro y los pechos manchados de sangre, dos cadáveres a modo de pendientes, un collar de calaveras y una faja confeccionada con manos de hombres muertos. Nada que ver, en definitiva, con la risueña serenidad que inspiraba la figura del salón. De todos modos, ¿por qué el vendedor de Pushkar, supuestamente un buen conocedor de su oficio, nos habría vendido a Parvati cuando era un buda lo que buscábamos? Y todavía más aún, ¿por qué Pinku habría colaborado en aquel supuesto engaño? Para Clara la respuesta era obvia: dinero. O bien no tenían una figura de Buda en aquel momento o querían vendernos algo más caro.
Quizás Armando hubiera podido resolver todas las dudas que nos generaba la figura en cuestión, incluyendo la más acuciante: ¿qué debíamos hacer con ella?¿cómo podríamos desprendernos ahora del objeto más hermoso que jamás habían albergado las paredes de aquella casa? Y es que cada vez que entraba al salón me veía desbordado por una mezcla de recreación estética y rabia por no poder considerarlo mío. ¿Pero por qué, si yo nunca había sentido la necesidad de poseer algo así, experimentaba ahora aquella cada vez más creciente ansiedad? La respuesta que me surgía a esta pregunta era siempre la misma: mi amigo era el responsable por haberme expuesto tanto tiempo a la tentación mezquina, pero también comprensiblemente humana, de querer quedármelo. ¿O acaso había sido la estatuilla la que, al igual que hacen los gatos con sus amos, me adoptase a mí en lugar de yo a ella? Para Clara todo era mucho más simple.
-Si te gusta, quédatela.
-¿Pero qué pasa con Armando?-inquirí yo.
-Te ha estado mareando durante meses y parece que no le interesa. Que se joda.
A pesar de la preocupación que suscitaba en mí que la amistad no volviera a romperse, las palabras de Clara supusieron un alivio, porque era exactamente lo que necesitaba escuchar.
-Está bien-dije después de meditarlo-ya que él ni me habla del buda, no se lo volveré a nombrar. Quizás así se olvide de este asunto.
Además, contaba con la ventaja de que al vivir en Aluche y él en el centro, rara vez venía a visitarme. No conducía y le daba mucha pereza tomar el metro o el autobús. No corría el riesgo de que me visitara por sorpresa, sin darme tiempo a ocultar la figura en un cajón.
Lo que no esperaba yo era que Armando, que siempre se había caracterizado por ser el espíritu de la contradicción, mostrase un repentino interés en el souvenir apenas dejé de mencionárselo. Y no sólo eso, sino que comenzó a llamarme con mucha asiduidad, insistiendo en que retomásemos nuestra rutina de cenar los viernes por la noche.
-Será que le habrá dejado el rollo con el que ha estado estos meses y ahora se aburre-opinó Clara.
A mí tampoco se me ocurrió una explicación mejor.
Paradójicamente, esa perspectiva de encontrarnos, que me hubiese resultado muy grata antes, comenzó a inquietarme. Aún así, quedé con él. A pesar de que llevábamos cerca de cuatro meses sin vernos me dio la impresión de que había pasado más tiempo. Quizás años. Acaso esta percepción pudo deberse a su radical cambio de aspecto: ahora en lugar de la perilla que le hiciera ganarse el mote de ‘el chivo’ entre sus alumnos, lucía unas tupidas patillas rizadas, que lejos de rejuvenecerle resaltaban sus numerosas canas. Pero él no parecía advertir ese detalle.
-¿A que me parezco a Pushkin?-comentó jocoso y me pregunté si se las habría dejado por ese motivo. Y comenzó a relatarme que la belleza mestiza de éste se debía a que su bisabuelo había sido el príncipe abisinio Aníbal, uno de los favoritos de Pedro el Grande, y que acaso su sangre africana fuera la responsable de su ardiente carácter…
La velada transcurrió con la misma aparente naturalidad que siempre.
*
Volvimos a quedar todas las semanas y aunque al principio mi mutismo al respecto pareció asegurar que el tema del buda quedaba atrás, no tardó en referirse a él. Pero no lo hizo como hubiese sido lo lógico, preguntándome directamente y emplazándome a llevárselo. No, lo hizo como era costumbre en él. Con subterfugios extraños en apariencia inofensivos pero que se incrustaban como pequeñas agujas de culpabilidad en mi conciencia. Por ejemplo, una noche fuimos a un restaurante indio y como descubriera en unas vitrinas del pasillo que conducía al comedor un buda de bronce, este sí claramente identificable como tal, me preguntó como quien no quiere la cosa si el suyo era como aquel.
-Parecido-murmuré y aproveché la carta que nos entregó el camarero para cambiar el tema sin demasiados aspavientos.
A lo largo de las semanas realizó varios comentarios de la misma índole, tirando la piedra para esconder la mano inmediatamente después. Si pasábamos delante de una tienda de brocante señalaba los objetos de bronce expuestos en el escaparate y expresaba su predilección por este material, apostillando que por ese motivo me había encargado una figura de esas características. También la triste estampa de un mendigo sin piernas pidiendo en la calle Preciados le hizo sacar a colación las posturas en que era representado Buda en las distintas culturas. Pero cuanto más incisivas eran sus indirectas, más rápidos eran mis giros en la conversación para obviarlas. Siempre había algún cartel cinematográfico por la calle sobre el que llamar la atención o una oportuna llamada perdida en el móvil que me urgía devolver, con lo que le cerraba toda vía posible para continuar con ese tema.
Naturalmente, él no era tonto y se percató de inmediato de que algo pasaba. Los dos habíamos iniciado una partida de desgaste en la que curiosamente los papeles acababan de intercambiarse. Si al principio era mi entusiasmo por entregarle el buda el que chocaba con su indiferencia, ahora me tocaba a mí reaccionar con una frialdad cada vez mayor ante su creciente interés. La cosa era irracional a más no poder, pero al fin y al cabo, Armando la había iniciado y resultaba un enigma en qué devendría. Cada vez más incómodo ante su juego, empecé inconscientemente a espaciar nuestros encuentros. Y así, de una cena a la semana, pasamos a vernos cada quince días y luego una vez al mes. Eso no hizo que mi amigo dejara de llamarme con igual solicitud. Yo pretextaba entonces estar cansado del trabajo de la semana para demorar nuestros encuentros, excusa que, por cierto, siempre había sido la favorita de él cuando le daba por desaparecer. Un día, decidió alterar su estrategia y propuso, en consideración a mi agotamiento, venir él a visitarme a casa y cenar con nosotros. Sorprendido por la encerrona, le dije que sí, aunque luego volví a llamarle inventándome que había olvidado que unos tíos de Clara (no por casualidad, los involuntarios artífices de lo que estaba sucediendo) iban a venir a cenar esa misma noche.
Con una preocupación que ella encontró exagerada, le conté a Clara que Armando había comenzado a estrechar el cerco.
-Fíjate. ¡Dice de venir a casa a vernos! ¿De dónde se ha caído? Si siempre he tenido que insistirle muchísimo para que se dejara caer por aquí, y con la condición de llevarle luego en coche a su casa.
-¡Anda ya!-replicó riéndose-¡parecéis dos críos! ¿Por qué no le dices la verdad? Si es tu amigo, la entenderá. Al fin y al cabo, él ha tenido la culpa. Y si tanto miedo te da, puedes contarle que soy yo la que me he encaprichado con el buda.
Le argumenté entonces que Armando tenía un sentido de la posesión que rayaba en lo enfermizo.
-¿Armando enfermizo?-ironizó-¡No me lo puedo creer!
Por alguna razón desconocida que seguramente explicaría el resto de sus rarezas, mi amigo había desarrollado una extraña fijación con poseer todo aquello que le gustaba. Si en alguna ocasión me pedía prestado un libro o una película y éstos le interesaban, no llegaba a acabarlos. Me los devolvía y luego se los compraba para terminarlos ya en una copia de su propiedad. No encontraba placer en disfrutar algo que no era suyo y buscaba con ansia en tiendas de segunda mano todas aquellas cosas que le hubieran deparado un momento grato a lo largo de su vida. Mi teoría era que, a falta de buenos recuerdos de sus padres, había acabado por idealizar otros elementos de su infancia, tales como las canciones, las series de televisión o los tebeos. Dado que las personas eran para él una constante fuente de decepción, prefería refugiarse en los objetos, que podía controlar con pasar una página o apretar un botón. Y en cuanto a las historias que contaban dichos objetos, eran relatos cerrados, coherentes y revivibles cuantas veces quisiera él sin interferencias ajenas. Ya he comentado que vivía las historias de la ficción como si fueran una versión alternativa de su propia existencia, y es por eso que me las contaba en ocasiones con la voz entrecortada por la emoción, como si acabaran de sucederle personalmente. Por ese motivo, se tomaba como una ofensa las películas que consideraba fallidas e incluso llegó a afearme en una ocasión que le hubiese recomendado Ratatouille.
-¿Pero cómo se te ocurre?-me llamó por teléfono indignado-¿es que pensabas que yo me iba a identificar con una rata?
Si uno cometía el error de prestarle a Armando un objeto descatalogado que a él le interesase, ya podía despedirse de él. Daba toda clase de largas para no devolverlo e incluso hasta esgrimía indignado argumentos como “¿pero no dijiste que me lo regalabas?” o “¿por qué no me lo buscas por internet? Mientras, me quedo yo éste”, ante los que uno acababa rindiéndose. Le encantaba esgrimir que aquel material era capital para su tesis doctoral, en la que llevaba catorce años, dos mil páginas y tres ex tutores invertidos, y que no podría devolvértelo hasta haberla concluido.
Mi prevención respecto a no chocar con su sentido de la posesión tiene su origen en la forma en la que acabó su amistad con Antonio. Era éste un amigo que yo le había presentado, que trabajaba de bibliotecario en Torrelodones y al que le encantaban las rarezas editoriales. Era capaz de localizar libros en teoría fuera de circulación desde hacía muchos años y tenía en su casa al menos un centenar de primeras ediciones firmadas por los autores. En sus ratos libres se dedicaba a dejarse caer por el café Comercial de Madrid con una mochila cargada con sus nuevas adquisiciones y un pequeño ordenador portátil, con el que consultaba todas las librerías de viejo on-line del mundo. Supongo que era otra de suerte de fetichismo, aunque mucho más relajado que el de Armando. Le gustaba pedirle a sus amigos que le propusieran retos en este sentido y al cabo de un tiempo les llamaba todo orgulloso, para comunicarles que les había conseguido el ansiado volumen. Naturalmente, esto interesó a Armando desde el momento en que se lo presenté y comenzó a realizarle encargos, que Antonio cumplía con su diligencia habitual. Pronto empezaron a verse con cierta asiduidad hasta el día en que Armando le habló de una obra titulada Ensayo sobre las directrices arquitectónicas de un estilo imperial, un título, sin duda, muy propio de mi amigo. Antonio había oído hablar ya de ese libro, editado en los años 40 y en el que se comparaba la arquitectura de esa época con la del siglo de Oro Español. De hecho, confesó que siempre le había picado la curiosidad por leerlo. Total, que se puso manos a la obra y una tarde en que quedamos con él en el Comercial abrió muy ufano su mochila y extrajo de ella un tomo no muy voluminoso y bien conservado a pesar de su evidente antigüedad. No sólo lo había encontrado, sino que además lucía en su primera página la dedicatoria del autor, un tal Diego de Reina. Armando estaba encantado y repasó cuidadosamente las láminas del libro, mientras comentaba:
-Supongo que te habrá costado caro. No importa, porque es algo que merece la pena tener. ¿Cuánto te debo?
-Nada-repuso Antonio rebajando la intensidad de su sonrisa.
-¿Me lo regalas?-por su expresión, no me cabe ninguna duda que hubiera llorado de la emoción de haber obtenido una respuesta afirmativa. No fue el caso.
-No, si lo he comprado para mí.
Una mancha de sangre relampagueó fugaz por los ojos de Armando. Por un instante, vi enrojecerse la piel que envolvía todo el área de su rostro, tal cual si alguien le hubiese arrojado ácido sulfúrico a la cara. Sin embargo, algún frío mecanismo detuvo su inminente estallido de cólera y fue recuperando gradualmente su palidez habitual, antes de preguntarle con una voz que resonó a mármol:
-¿Cómo?¿Pero no te lo había encargado yo?
-Sí-explicó Antonio con cierto nerviosismo-pero no lo he encontrado. Bueno, sólo he localizado este ejemplar. Y como yo te dije que también estaba interesado en él…
-¿Y para qué me lo traes? ¿para que vea lo que disfrutas con él?-Armando lo apartó de sí sin violencia, como quien rechaza un  café por estar demasiado caliente.
Antonio le explicó que, en absoluto, que como sabía que lo necesitaba para su interminable tesis (lo de interminable es mío) pensaba prestárselo el tiempo que él desease.
-Además, así no tienes que gastarte dinero en él-trató de animarle. Pero ya era inútil todo lo que le dijera. Armando había puesto la cruz y la raya sobre Antonio y como era su costumbre, no pensaba hacérselo saber personalmente al interesado. Aprovechó un momento en que su ahora ex amigo fue al baño para levantarse e irse de allí.
-Dile que me ha surgido algo-y se marchó sin más contemplaciones. Cuando Antonio regresó se quedó un tanto sorprendido por su repentina partida, aunque más le desconcertó que no se hubiera llevado el volumen.
Esa noche Armando me llamó para desfogarse:
-Ese tío es un puto gilipollas-dijo con la voz temblando de ira-¿qué te parece? ¡Le encargo el libro y se lo queda él! ¿Qué coño le iba a interesar? Le llegó, le pareció interesante y dijo “¡pues para mí!”. No quiero volver a verle.
Traté de aplacarle, diciéndole que posiblemente se habría producido un malentendido y que seguro que a no mucho tardar, Antonio le conseguiría otro ejemplar para él, pero ni por esas dio su brazo a torcer.
-¡Me importa un carajo el libro!¡Lo que importa es el detalle feo que ha tenido!¡En eso se conoce a las personas!
No volví sobre el tema en unos días y, preocupado porque ya no fuera posible volver a juntarnos los tres, pues pasaba muy buenos ratos con ellos, hice varios esfuerzos porque Armando perdonara tamaña ofensa. Insistí en que si Antonio le apreciaba mucho, en todos los libros que le había conseguido y, sobre todo, en las conversaciones tan interesantes que podían sostenerse con él. Y además, ¿qué coño? Era una buena persona. Esto último le dejó pensativo y consintió en que el sábado siguiente volviéramos a quedar con él, pero no en el Comercial, que le desagradaba sobremanera porque lo consideraba un ‘bar de abuelitos’, sino en el Antik, uno de sus locales predilectos de Chueca. Sin embargo, no se me ocurrió, quizás por no embarullar aún más las cosas, en poner sobre aviso al aludido para que no volviera a referirse al libro de la polémica. Y así, Antonio se presentó tan campante nuevamente con él, confiando en que ésta vez Armando se lo llevase prestado. El efecto cuando lo puso ante sus ojos fue fulminante. El gesto se le descompuso y rechinó los dientes con tanta fuerza que por un momento temí que fuera a abalanzarse sobre el sonriente bibliotecario y a desgarrarle el rostro de un mordisco. En su lugar, extendió los brazos como un autómata y aceptó el libro, lo que me dejó bastante perplejo. Cuando Antonio se ausentó un momento para pedir un segundo café, me explicó lo que pensaba a hacer:
-Ahora dejaré el libro aquí-y señaló el hueco entre los dos cojines del diván en el que estábamos sentados-y me largaré. Y cuando me pregunte por él le diré que lo perdí no sé dónde. ¡O follamos todos o la puta al río!
-¿Pero cómo vas a hacerle eso, hombre?-y le dije que no se lo permitiría. Contrariado, Armando se puso en pie. Pues en ese caso, se largaba. Ya nos veríamos, refunfuñó, pero sólo él y yo. Y se marchó sin añadir más. Cuando Antonio regresó, me preguntó extrañado si era Armando el que acababa de irse todo presuroso, dando un portazo que había hecho temblar el suelo del Antik. Pero antes de que yo pudiera inventarme una endeble excusa, él se llevó las manos a la cabeza.
-¡No me lo puedo creer!¡Se ha vuelto a dejar el libro! ¿Pero en qué anda pensando este hombre?
No pudo obtener Antonio una respuesta clara a esa cuestión, ni esa tarde, ni nunca, porque Armando no volvió a cogerle una sola llamada más.
*
-¡Cómo se las gasta ese tío!-fue lo único que Clara pudo decir una vez le hube relatado todo este asunto. Aunque ya empezó a manifestar sus dudas sobre lo conveniente de dicha amistad para mi salud mental, se le ocurrió un subterfugio a fin de que yo pudiera saciar la sed de budas de Armando y, a su vez, nos quedásemos con la figura de Pushkar. Bastaba con comprar una estatuilla que colmase las expectativas que yo mismo había generado el día en que le llamé entusiasmado meses atrás, a nuestro regreso de la India.
Así que inicié la búsqueda en tiendas especializadas, pero para mi sorpresa, no encontraba nada que se le pareciera. O por lo menos nada que no costase una pequeña fortuna. Comprendí entonces porqué Armando se había mostrado tan insistente con que le trajese semejante objeto de tan lejos. Lo más barato que hallé fue una figura ni por asomo tan hermosa como la nuestra, valorada en ciento cincuenta euros. La verdad es que hubiera pagado con gusto semejante cantidad el día en que le rompí el jarrón a mi excéntrico amigo, pero ahora, después de todo lo sucedido, no lo juzgaba merecedor de ese detalle. Todo eran estratagemas para no decir las cosas a la cara que, de paso, me obligaban a tomar parte en aquella burda sucesión de omisiones y recelos. ¿Que yo era un cobarde? Puede. Aunque no el único.
Mientras duró la búsqueda, Armando continuó llamando, con continuas excusas para presentarse en mi casa. Desde regalarnos un jarrón que, según confesión expresa, había dejado de gustarle, hasta un supuesto recado que tenía que hacer en Aluche.  Yo continué dándole largas y, cada vez más agobiado, empecé incluso a no responder al timbre del portal, por temor a que se le hubiera ocurrido presentarse por sorpresa.
Una mañana Clara me llamó al trabajo y me comentó que, de camino al suyo, había visto en una tienda de objetos orientales un buda procedente de la India –o al menos eso aseguraba el vendedor- que podía servir. Le pedí más detalles.
-No es tan bonito como el nuestro-admitió-pero tampoco es feo. Es dorado y bastante grande.
Quise saber si podría ceñirse a la descripción que yo le diera a Armando, incluyendo su peso.
-Bueno, pesa bastante, aunque no tanto como el otro-concluyó después de ausentarse unos instantes del teléfono para constatarlo.
Costaba treinta euros. Le dije que lo comprase y crucé los dedos para que aquella rocambolesca historia llegase pronto a su fin.
Cuando esa tarde llegué a casa no pude evitar experimentar cierta decepción. No es que la descripción de Clara no hubiese sido certera. Era un buda con todas las de la ley, pero saltaba a la vista que no estaba hecho de bronce.
-Eso no me lo preguntaste-repuso ella-pero puedes decirle que te lo vendieron como tal en la India. Con lo despistado que eres, se lo creerá.
Lo examiné detenidamente. En absoluto pesaba cinco kilos, sino cerca de dos, pero al menos era voluminoso. ¿Y qué coño? ¡También venía de la India! Era lo mejor que podía ofrecerle a Armando sin sacrificar el buda original y lo que empezaba a quedar de nuestra ya maltrecha amistad. No perdí tiempo en llamarle e invitarle a comer el siguiente sábado y él, en su más puro estilo, lo emplazó a dos semanas después, alegando peregrinos motivos.
Por fin llegó la tan ansiada jornada. Clara se marchó a comer con otra amiga suya, en parte porque no le apetecía ver a Armando, al cual comenzaba ya a tener ojeriza a cuenta de esta historia. “A ver si esto se acaba de una puñetera vez-me dijo al irse-o eso, o le llamo y le cuento todo para que deje de dar el coñazo”. No pude menos que darle la razón, aunque prefería que el último acto tuviese lugar tal y como se había planificado. Sin alharacas, ni estridencias.
Armando llegó casi una hora tarde y se le veía muy contento. Cuando entró en nuestro piso comenzó a escudriñar todos los rincones, con cierta ansia y no tardé en preguntarle qué buscaba.
-El buda-repuso-qué raro. Pensé que lo tendrías expuesto.
¿Expuesto?¿Qué idea rara tenía de los regalos?¿Es que acaso había estado medio año retrasando deliberadamente aquel momento para que yo me encariñase con la figura de bronce y luego arrebatármela con recochineo? Empecé a pensar que las piezas encajaban y que éste, y no otro, había sido su mezquino motivo para que las cosas llegasen a ese extremo. Pero se equivocaba. Porque tanto el buda falso, como el auténtico, estaban guardados en sendos cajones. El primero, porque me irritaba un poco su visión por lo que conllevaba, y el segundo, por motivos obvios. Saqué el buda dorado, que aún permanecía envuelto en su funda de plástico de burbuja y se lo entregué. Él no lo cogió.
-¿Es éste?-inquirió como si se tratase de una broma. Asentí, sin poder evitar temblar ligeramente. Seguía sin querer tocarlo y lo deposité sobre el piano de Clara.
-¡Pues no es de bronce!¡Te han engañado!-dijo con una mezcla de desilusión y enfado-¿Cuánto dices que has pagado por él?
-Cin…cincuenta euros-respondí-o quizás me lío con el cambio…Puede que cuarenta.
Estiró la mano y golpeó con los nudillos la estatua dorada. El sonido hueco que brotó de ella me sonó a “soy falso” y por un instante me vi derrumbándome, confesándole que todo era una broma y haciéndole entrega de la maravillosa Parvati, blasfemamente resguardada en el cajón de mi ropa interior. Quién sabe si lo hubiese hecho de no haber proseguido Armando con su perorata. Afirmó que era una baratija, que me habían timado y que cómo era posible que un hombre de mi supuesta cultura no distinguiera el bronce de una simple escayola pintada de amarillo. Me excusé, alegando las malas artes de nuestro guía y el hecho de que todas las figuras de la tienda donde lo compré fueran de características similares.
-¡Pues estos budas los venden en los chinos a diez euros!-exclamó secamente. Estaba claro que le había decepcionado, aunque no esperaba yo que tanto como para no querer llevarse a su casa el objeto fraudulento. No pegaba ni con cola en su salón, me explicó. Por él, podía quedármelo, es más, apuntó, quedaba muy propio sobre el piano.
-Le da distinción y todo a vuestro piso-la risita áspera que acompañó a este comentario me resultó un tanto ofensiva. ¡Si él se figurase! Pero en lugar de responder a su provocación, la emprendí contra los supuestos embaucadores que aprovechándose de mi buena fe me habían encasquetado aquel trasto. Como Armando me viera muy mortificado, cedió en su severidad y me consoló diciéndome que no pasaba nada, pues al fin y al cabo yo no era un entendido en aquellas cosas.
-Y además-precisó-ése no es un buda indio, sino japonés- y me impartió una clase magistral sobre los peinados y poses de Sidarta en las distintas culturas asiáticas, retomando las reflexiones de aquel día en Preciados, ante aquel mendigo minusválido. Siempre me quedaré con las ganas de saber si hubiera identificado a la deidad de Pushkar.
A modo de compensación, le invité a comer en un restaurante italiano que había cerca de casa y poco a poco el tema se fue diluyendo entre sorbos de lambrusco y cucharadas de tiramisú. Sólo al despedirse con las manos vacías, Armando meneó la cabeza y exclamó con condescendencia:
-¡Anda que un buda de bronce!¡Las ganas!
Cuando Clara volvió a casa, se sorprendió mucho de que él no se hubiese llevado la figura. Indignada, repuso que era un arrogante y un despectivo y que no se merecía en absoluto ningún detalle por mi parte.
-¡Y encima le invitas a comer! Ponte a sumar todo lo que te has gastado ahora y verás cómo te está saliendo el jarrón de las narices. ¿Y qué vamos a hacer ahora con este otro muerto?
Observé que en una cosa tenía razón Armando: no quedaba mal encima del piano, podíamos conservarlo como recuerdo de aquella pintoresca anécdota. Y allí lo dejamos, con la mirada cruzándose a lo largo de la estancia con la de la otra figura, a la que saqué de su encierro, con la esperanza de que fuese la última vez…A menos que mi amigo pensara visitarme en más ocasiones.
Dado que el tema parecía haber quedado zanjado, retomé mi asiduidad habitual con Armando, que sólo se veía enturbiada por sus sarcasmos acerca de las aleaciones. Cada vez que pasábamos ante una tienda donde hubiera algún objeto de este material me hacía parar y con la ceremoniosidad de un catedrático me hacía recrearme en su figura para añadir:
-¿Lo ves? Bron-ce, bron-ce. Es verde. ¿Lo entiendes ahora?
Me tragué unas cuantas veces mi orgullo a cuenta del chistecito, con la esperanza de que acabara olvidándose definitivamente de ello, pero no fue así. Un día me llamó por teléfono y me abordó con la misma excitación que el día en que me realizase el encargo indio.
-Oye-me exhortó directamente-me parece que el otro día te quedaste un poco apenado porque te habían timado en la India y…
-¿Apenado?-repliqué temiéndome lo peor.
-Y había pensado…Hoy he pasado por una tienda de antigüedades de la calle Pez y he visto dos leones de bronce chinos, preciosos. Si te parece, yo compro uno y tú pagas el otro y quedamos en paz.
¿En paz? Consciente finalmente de que había contraído una deuda mafiosa, no pude menos que defenderme, ésta vez muy en serio. Le repliqué enronqueciendo la voz, sin levantarla en ningún momento, que no era así como se hacían las cosas. Yo le había roto un jarrón y me había ofrecido en su momento a comprarle otro de idénticas características, algo que él rechazó. Igualmente, le traje de la India una figura que no fue de su gusto, pero había hecho todo lo posible por contentarlo. Que me pidiese ahora dinero estaba un tanto fuera de lugar. O una de dos: o le compraba algún objeto durante uno de nuestros viajes que reemplazase al perdido, o no le daba nada. Así de claro.
Resopló ruidosamente antes de responder que de acuerdo, que bueno, que sólo había sido una idea. Se despidió y colgó.
*
El tiempo había pasado. Nada menos que tres años desde que Clara y yo nos conociéramos y decidimos casarnos. No sería una boda aparatosa, sino una sencilla ceremonia con muy pocos parientes. Para hacerla más especial, no la celebramos en Madrid, sino en el ayuntamiento de mi ciudad, San Sebastián, un soleado sábado de noviembre, de la que, paradójicamente, había sido la semana más lluviosa del año. Decidimos ir de viaje de novios a Tailandia y Camboya.
Una semana antes de la boda, invité a unos pocos amigos a cenar, entre los cuales estaba Armando. Dado que jamás felicitaba a nadie por nada, ni las navidades, ni los cumpleaños, ni tampoco le gustaba que se los felicitaran a él, no me extrañó que no me diera la enhorabuena. Pero clamaba al cielo que su más inmediata reacción al enterarse de dónde tendría lugar nuestra luna de miel fuera:
-¡Genial!¡Así me traeréis un buda tailandés!
-¡Se los mete en el culo!-estallé horas después por teléfono, cuando todos mis amigos, él incluido, se hubieron ido a casa-¡Ahora ya no me cabe ninguna duda de ello!
-¿De qué me hablas?-se sobresaltó ella, pues fueron las primeras palabras que le dije, nada más responderme.
-¡De Armando y sus putos budas! Al principio pensé que lo hacía para joder. Ahora no se me ocurre otra explicación. Se mete budas por el culo para darse gusto y alcanzar el karma. Por eso está tan pesado con que le regale uno.
A Clara le dio un ataque de risa. “¡Pero qué enfermo!” exclamaba una y otra vez. Luego logró sosegarse un poco y me preguntó qué es lo que iba a hacer. Aquello ya era más que una cuestión de orgullo. Era mi pulso con él sobre los parámetros en los que se tasaba nuestra amistad. Si no era capaz de ir más allá de los aspectos materiales, allá él. Yo no pensaba dar mi brazo a torcer, igual que él tampoco había dado el suyo.
-Me parece bien-dijo Clara-además, esta vez no vamos organizados y no habrá un Dinesh para llevarnos las maletas. Iremos con dos pequeñas y no podremos sobrecargarlas.
Nos casamos finalmente y Armando, tal y como había supuesto, no nos llamó el día señalado para felicitarnos. Un par de días después regresamos a Madrid y tomamos el avión para Tailandia. Dado que sólo teníamos diez días, porque luego había que volver al trabajo, no pudimos ver más que Bangkok y Chiang Mai, pero bastó para fascinarnos, eso sí, de una manera distinta a como lo hiciera la India. Camboya resultó, sin duda alguna, una catarsis, y eso que nuestra estancia apenas fue tan sólo de dos días, en los que visitamos los templos de Angkor y un poblado de palafitos de pescadores, en Siem Reap.
Aún a pesar de su reputación de urbe caótica y asfixiante, Bangkok también nos brindó momentos de recogimiento en sus numerosos templos. Dentro de ellos, encontrábamos inevitablemente la misma figura, remitiéndonos una y otra vez a lo relatado hasta ahora. Uno de los primeros que visitamos fue el Wat Inharawihan, poco frecuentado por los turistas, pero dominado por un buda de 32 metros de altura, ante cuya majestuosidad no pude evitar arrodillarme y dejarme arrullar por las susurrantes plegarias de los monjes. Aunque he de decir que este misticismo se vio interrumpido por un pensamiento poco digno que me hizo hipar de risa, provocando más de una mirada airada en derredor mío.
-¿Qué pasa?-preguntó Clara en voz baja.
-¿Te la imaginas- señalé la estatua de arriba abajo-incrustada en el culo de Armando?
Sonrojados de vergüenza, pero sin poder parar de reír, tuvimos que salir de allí antes de que alguien afease nuestra conducta. Lamentablemente, la grotesca imagen, que a Clara le provocaba repelús, no dejó de perseguirnos durante las restantes visitas a los recintos sacros. Ya fuera en el templo del pequeño Buda de esmeralda (en realidad, hecho de jade), o en el Wat Pho, con el mayor Buda reclinado de toda Tailandia, de 46 metros de largo, bastaba una mirada mutua para que se nos hinchasen los carrillos y tuviésemos que buscar un lugar donde soltar discretamente nuestras carcajadas.
-¡Vete a la mierda!-me decía entonces Clara llevándose las manos al pecho de los calambres que le producían las risas-¡Contigo no se puede ver nada!
-¡Pero si no he dicho nada!-protestaba yo, igual de divertido.
-¡No, pero lo piensas!
Cuanto más enormes eran las estatuas y más afiladas emergían las llamas de resplandor espiritual de sus cabezas más nos reíamos, imaginando la hipérbole de las hipérboles, Armando empalado por su codicia, por su afán absurdo de posesión y manipulación. Toma Buda. El culo de mi hasta entonces amigo había pasado a convertirse en la imagen más negra y honda que pudiera concebir del egoísmo humano, algo totalmente contrapuesto a la sencillez de las gentes que ofrendaban incienso y regalos ante aquellas estatuas doradas.
Y a propósito, me impresionó mucho la historia del Buda del Wam Traimit. Se trataba de una figura que había sido hallada durante los años 30 en un templo abandonado, a orillas del río Chao Phraya. La imagen era de estuco dorado y fue trasladada al modesto templo de Wam Traimit, donde permaneció sin llamar la atención de nadie, hasta veinte años después. Un día alguien decidió trasladarla, pero la grúa encargada de este cometido se rompió y los trabajadores optaron, por superstición, por no continuar con esta labor. La estatua quedó abandonada en medio del fango y allí la hubiesen dejado largo tiempo si no fuera porque esa noche se desató una terrible tormenta que provocó una riada. Al día siguiente, los operarios decidieron limpiar el barro de la estatua y descubrieron que bajo la capa de estuco se ocultaba en realidad un material mucho más precioso. Se trataba de un buda de oro macizo, camuflado durante más de dos siglos, sin duda, para librarlo del pillaje. Este suceso conmovió a toda Tailandia y el redescubierto buda dorado se convirtió en objeto de una gran veneración. Cuando leímos esta historia en nuestra guía, dentro del propio Wam Traimit, nosotros también nos quedamos conmovidos y, por una vez, nos olvidamos del que se había convertido en el leitmotiv recurrente de la luna de miel.
-Parece un cuento-le comenté a mi mujer-¿Cuántas personas habrán pasado delante de él durante generaciones sin saber el tesoro que tenían ante sus ojos?
-Para mí la historia también puede aplicarse al revés-reflexionó ella.
No entendí a que se refería y me lo explicó. Cuántas veces, dijo, no habremos creído que teníamos un tesoro y lo habremos cuidado como tal, cuando en realidad no era más que un molde de estuco, pintado de oro y completamente hueco. E inevitablemente vino mi memoria la imagen de los nudillos de Armando arrancando del cuerpo del buda que rechazase, el soniquete “soy falso, soy falso, soy falso”.
*
Días después de nuestro regreso de la luna de miel le llamé. Me preguntó qué tal y le hice un pormenorizado relato del viaje, obviando cuán presente había estado durante su transcurso. Porque no sólo lo recordé en los templos, sino en mercados como el acuático de Damneon Saduak, a las afueras de Bangkok, o en el nocturno de Chiang Mai, donde, como en una suerte de broma de suntuosa escenografía, me encontré deambulando por entre puestos y más puestos atestados de la maldita figura. Cientos y cientos, miles quizás, de budas de todos los tamaños, con los labios contraídos en la misma sonrisa broncínea. Una sonrisa que, aunque se presuponía beatífica y transmisora de la paz, se abría para mí como una herida que se infectase progresivamente cuanto más tratara de ignorarla. Y he de decir que en estos escenarios ya no me reí tanto como en los templos.
Para mi alivio, Armando no hizo alusión alguna a la obsesión de la que me había convertido en partícipe. De hecho, habló más bien poco. Escuchó mi soliloquio sin hacer apenas comentarios y quedamos en vernos unos días después, en la cafetería Mamá Inés de Chueca, que solía frecuentar desde el cierre del Antik.
Cuando llegué allí esa noche, lo encontré ya sentado en su mesa de costumbre, cerca de la puerta. Debía llevar ya un buen rato, a juzgar por la copa vacía que tenía frente a sí. Me extrañó este detalle, ya que no bebía nunca alcohol antes de la cena. Me senté con él y pedí un café. Armando saludó mi llegada con un suave asentimiento con la mirada y comenzamos a hablar de nuestros temas de siempre. En realidad, al igual que el día anterior al teléfono, delegó en mí casi todo el peso de la conversación. Sólo después de transcurrido un buen rato, y aprovechando una pausa que hice para terminar el café, abrió mucho los ojos y me preguntó con un timbre extrañamente suave si me importaba nuestra amistad.
-Pues claro que me importa-repuse descolocado. Y es que a él siempre le había causado rechazo hablar de esos temas, como si la expresión explícita del afecto fuera una suerte de debilidad. De hecho, era el único de todos mis amigos que jamás me había permitido abrazarle y cuando extendía la mano a modo de saludo o despedida siempre estiraba mucho el brazo para establecer una distancia prudencial. Eso último siempre se lo agradecí, ya que padecía de una fuerte halitosis sobre la que jamás llegué a advertirle.
Continué replicándole que por supuesto que valoraba nuestra amistad y que para mí había sido muy importante nuestro reencuentro después de la separación de años atrás. Y era por ello que no quería que un nuevo malentendido volviera a distanciarnos. Asintió y abrió todavía más los ojos, tanto que por un instante llegué a temer que se le cayeran de las cuencas y acabasen en el fondo de su copa.
-Entonces-dijo al fin después de lo que parecieron horas-¿vas a regalarme el Buda alguna vez?
Si había un momento en el que fuera preciso ser más sincero que nunca era aquel.
-No-repuse con tal concisión que sentí mi voz rasgar el aire.
-Está bien…-suspiró él. Y como si se sintiera más aliviado, comenzó a hablarme de otro tema, ya con algo más de naturalidad.
Cenamos y nos fuimos de copas al XXX, otro de sus locales habituales, al que ya me llevaba desde mis primeros tiempos en Madrid, diez años atrás. Allí habíamos vivido momentos muy divertidos, a veces en compañía de otros amigos comunes que él acabó por apartar de su camino. También en el XXX fui testigo de una noche de nervios y tensión cuando coincidimos con su ex, Jesús, sentado en una mesa vecina con la que ahora era su mujer. Armando no paró de temblar de nerviosismo durante toda la velada y a pesar de que se lo propuse, no quiso abandonar el lugar para no mostrarse débil. Jesús y él no se dirigieron la palabra, ni llegaron a saludarse, pero en un momento determinado se cruzaron camino del baño y cuando parecía que estaban a punto de darse de bruces, se esquivaron sin mirarse con una precisión tal que se hubiese pensado que era algo previamente ensayado. Me resultó curioso que la misma fuerza que les había unido años atrás, ahora los separase con igual intensidad, lo mismo que a dos trozos de imán repelidos entre sí por su propia similitud. Aunque también estaba claro que Armando era un experto nato en esquivar a los demás, y no iba serlo menos con la persona que consideraba que le había hecho más daño.
Este tema, y otros habituales en nuestras conversaciones, surgieron aquella última noche en el XXX, pero a diferencia de los años precedentes, sonaban ahora a canción del verano en pleno invierno. El interés que una vez tuvieron parecía haberse evaporado para ambos e incluso Armando se mostró impostado, desprovisto de la contagiosa rabia que imprimía a sus soliloquios. Dijimos las mismas frases de siempre, nos reímos sin ganas de cosas a las que ya no encontrábamos gracia alguna y nos despedimos con una cortesía de sacristía, como si recitásemos el padrenuestro de corrido.
-Nos vemos-dijo él dándose la media vuelta y perdiéndose por Gran Vía, en dirección Cibeles.
Nunca más he vuelto a verle. Tras un par de llamadas sin respuesta deduje que todo había acabado. A los dos budas, al falso y al verdadero, esto es, al de bronce y al de escayola, los veo todos los días nada más levantarme. Me gusta sentarme en el sofá ante la enigmática figura de Pushkar y contemplarla durante minutos que a veces se convierten en horas. Y en esos ratos me da por preguntarme de quién diablos se tratará y con qué dones recompensará a sus devotos. Pinku dijo que me traería suerte y, aunque no se trate de Sidarta, por ahora la he tenido. También a veces pienso en si cambié el curso de la vida de Armando, quedándome con la fortuna que la deidad hubiera podido traerle a él, tan necesitado como estaba de ella. Y es que lo poco que he sacado en claro de todo esto es que en esta vida somos nosotros mismos quienes hemos de ir en busca de nuestro propio buda, porque si encomendamos esta tarea a otro será él quien se beneficie de ella.
Clara lo ve de otro modo. Según ella, al igual que el jarrón chino, nuestra amistad se había roto hacía mucho. Lo único que hicimos en ese tiempo de aparente tregua fue pegar malamente los pedazos y finalmente éstos acabaron por desprenderse poco a poco hasta reducirse a la nada.
Hace ya más de un año de todo esto y lo contemplo ahora con la misma aureola de escepticismo con la que me pregunto si nuestros pasados viajes no fueron un sueño. Aun así no puedo evitar  plantearme la inevitable cuestión de cómo le irá y si habrá logrado en su vida una armonía similar a la que aspiraba a crear estéticamente en su salón. Y dado que mañana Clara y yo partimos de vacaciones a Vietnam, me temo que serán muchas las veces las que en los próximos días me acuerde de mi antiguo amigo Armando.

A Irene, Cent’anni!

La llamada de la productora se recibió a las seis de la tarde, apenas veinte minutos antes de la hora prevista para comenzar la grabación. No tardaron más de quince en desalojar al público presente en el estudio, aplacando su desilusión con pegatinas y bolígrafos con el logotipo de la cadena. Respecto a los invitados, refunfuñaron un poco, y se dejaron llevar nuevamente a sus casas, con la promesa de ser llamados en breve para cualquier otro programa. Y la cuestión es que la cosa hubiera prometido, porque localizaron para la ocasión una mujer con tres pezones, un universitario que había pasado un mes de resaca tras beber treinta y cinco litros de cerveza en cuatro días y una pretendida experta en eructoterapia. Pero en el último minuto la cadena decidió dar carpetazo al asunto. “Poco gancho” le explicaron por teléfono a García, pero él se hubiese jugado el cuello a que los de Teleworld estaban detrás de todo el asunto. Al fin y al cabo, se había pasado los últimos cuatro años haciendo talks en Miami y algunos afirmaban que en España ya nadie se acordaba de él. Seguro que ése era el argumento esgrimido por Teleworld para venderles a cambio algún espacio de abueletes buscando media naranja o el enésimo de ponecuernos arrepentidos.
Sin otro deseo que el de llegar a su casa y ahogarse en una bañera de Martinis, se encaminó a maquillaje, para que le terminasen de borrar la sonrisa del rostro. En esto, entró Cristina, con las manos en la espalda y una mueca de embarazo.
-Hay un señor de ciento catorce años en la sala de espera-musitó.
-¿Cómo?
-Está esperando a que le entrevisten.
¿Y a él qué? Es lo que hubiera replicado. Pero lo de los ciento catorce años le dejó tan confuso (por un instante se preguntó si eso era lo que le había dicho que llevaba esperando a que le entrevistasen) que titubeó antes de responder que el programa ya era historia.
-Eso les he dicho. Pero parece que no lo entienden- las orejas de Cristina enrojecieron, como si temiera uno de sus tan comentados estallidos de cólera, conocidos en la profesión como “momentos García”. Pero a decir verdad, y eso era un secreto todavía para muchos, el García de cuatro años atrás había fallecido bajo las palmeras de Miami, amodorrado fatalmente por la parsimonia de los cámaras y regidores cubanos. Ahora, cuando lo maquillaban, tenían que clarearle la piel, irreversiblemente tostada después de mil cuatrocientos días expuesta a un sol incombustible. Y por ese motivo, era ya imposible detectar ningún rubor iracundo iluminándole las mejillas. Ni siquiera él mismo, por mucho que lo intentase, lograba irradiar el más mínimo temblor de irritación frente al espejo. En su lugar sus ojos desprendían una extraña euforia, que le aterraba encontrar muy similar a la de los presentadores de teletienda (la mayor parte de los cuales, como era bien sabido, acababan en tratamiento psiquiátrico, por adicción a los propios productos que trataban de vender). Por eso ya ni se molestaba en enfadarse; se limitaba a buscar un regidor o quien tuviera más a mano, a fin de que lo hiciera en su lugar. Pero Cristina era más blandengue que el pecho de una octogenaria y no parecía dispuesta ni a echar al viejo, ni a dejarle a él tranquilo hasta que le brindase una solución.
-Avisa a Juan Luis para que le acompañe a la salida- le propuso con hastío.
Más Juan Luis se había marchado ya, nada más recibirse el aviso de que todo se iba al garete. Cristina pensaba que si él se acercaba un momento a despachar amablemente al anciano y a su acompañante, resultaría todo menos violento. Al fin y al cabo, lo habían traído de no se sabe qué asilo perdido por la Sierra de Madrid, con las molestias que eso comportaba para su edad, y se trataba de que no se quedara con la sensación de haber perdido parte del poco tiempo que debía quedarle de vida.
-Que se hagan unas fotos contigo y que al menos tenga algo que contar a sus compañeros de residencia.
Cuando quiso darse cuenta, se encontraba en la puerta de la sala de espera, con las mejillas aún a medio desmaquillar y dos clínex en torno al cuello de la camisa, que Cristina se apresuró a quitarle de un tirón. Allí estaba el hombre, seco y delgado, con la carne de los lóbulos colgándole tiernamente alrededor de dos pómulos consumidos igual que un par de limones olvidados durante largo tiempo en un frutero. Las bolsas en torno a los amarillentos ojos se asemejaban, igualmente, a cáscaras de nuez modeladas en barro oscuro con pliegues rosados. Aún así, pensó García, no aparentaba la edad que decían que tenía…De hecho, cayó en la cuenta de que su imaginario mental carecía de una imagen con la que caracterizar a un hombre de ciento catorce años. Había leído, como todo el mundo, artículos en la prensa sobre los record Guinness de longevidad, pero éstos siempre correspondían a mujeres americanas con cara de tortuga o a pescadores japoneses, en la mayor parte de los casos ciegos o sordos. Sin embargo, éste hombre no era ni una cosa ni la otra. Es más, a excepción de sus orificios nasales, que palpitaban con simétrica obstinación como si cronometraran cada segundo de su existencia, no daba impresión alguna de ser parte de cuanto lo rodeaba.
Una joven latinoamericana risueña, probablemente ecuatoriana, que estaba sentada a su lado, se puso en pie con una sonrisa temblorosa al reconocer a García y animó al hombre a tomar su mano y levantarse también.
-El señor García-dijo presentando a éste.
-¡Mira, podría ser tu bisabuelo!-dijo Cristina tratando de hacer sonreír al anciano, pero volvió a sonrojarse al dirigirle García el presentador una mirada de reprobación.
-Somos tantos…-murmuró éste encogiéndose de hombros-¿Cuál es su nombre, señor?
Para su sorpresa, su boca, hasta entonces indistinguible de la barbilla, se apareció entre ondas rugosas de piel, luciendo cuatro dientes grises de entre los que brotó una voz rota pero, aún así, poderosa, como el aldabonazo de un gong de bronce verde.
-Josssé -repuso marcando perfectamente las tres eses y le tendió las cinco raíces retorcidas que le nacían de la maraña de nervios, venas y tendones en que se habían convertido sus nudillos. A García le dio la impresión de estar estrujando un puñado de ramitas secas y le soltó la mano, por temor a que se le deshiciera entre los dedos.
-¡Qué casualidad…!-empezó a decir Cristina, pero García la cortó, expresándole al hombre la satisfacción que les producía tenerle allí.
-¡Oh, la satisfacción es nuestra!-saltó la latinoamericana y luego apianó la voz para explicar que en la residencia habían estado muy nerviosos en los últimos días debido a unas décimas de fiebre que muy bien hubieran podido mandar al traste la aparición de José en la tele. Porque en la resi le querían mucho, faltaría más, y estaban muy orgullosos de que fuese como un padre para todos. En ese momento el aludido arqueó una de sus tupidas cejas hasta casi clavarse la punta en el ojo correspondiente, como si se tratara de la primera vez que veía a aquella mujer. Otro lo hubiese tomado por un rasgo de senilidad pero a García le hizo gracia creerlo una ironía. Menos divertido le resultó cuando la joven preguntó si iban a hacerle ya la entrevista.
García abrió la boca para contestar, por supuesto, que lo sentían mucho, pero que no era posible ya que Teleworld acababa de mandar al carajo el proyecto de programa, y con ello al equipo y a él mismo, inclusive. Sin embargo, como en la famosa escena de la desincronización de Cantando bajo la lluvia, se encontró con que lo que de sus labios salía era la voz suave de Cristina diciendo que, naturalmente, y que entrarían a grabar en cinco minutos.
Se volvió furibundo hacia la propietaria de dicha voz, pero ésta ya había buscado refugio en el pasillo y se disponía a encerrarse en el baño de señoras cuando la cogió por un brazo y la atrajo hacia sí, sin hacerle daño. Al menos eso último le alegró; su segunda exmujer le había sacado el chalet de Miami y la mitad de su patrimonio por haber sido menos diestro en una circunstancia similar y dejarle un moratón del tamaño de un posavasos en el hombro.
-¿Pero tú de qué vas?-le espetó furioso, sintiendo revivir dentro de sí, con el consiguiente resentimiento de las cicatrices de la última liposucción, al García de años atrás. Para su sorpresa, esto provocó la súbita aparición de una Cristina bien distinta a la que él conocía que, sin alterar su expresión, ni endurecer un solo músculo del cuello, le brindó un argumento irrefutable; no le soltó ningún sermón acerca de ilusiones truncadas, ni de ese minuto de gloria al que, según el código deontológico televisivo universal, hasta el más insípido de los seres tiene derecho al menos una vez en la vida. No. Se limitó a decirle: “¿Y tú qué coño pierdes?”, a lo que él no pudo replicar nada, pues hacía mucho tiempo que había perdido toda capacidad de cuantificar qué quedaba en él de lo que probablemente quiso ser una vez.

*

La entrevista nunca saldría al aire, ni siquiera sería grabada. Sentarían al vejestorio sin maquillar (advirtiendo, por si las moscas, que a su edad no era recomendable por el tema de las reacciones alérgicas) en el sofá de los invitados y le harían cuatro o cinco preguntas tontas, para que se diera con un canto en sus cuatro dientes podridos. Como lo más probable es que le quedaran un par de meses, o acaso de semanas, darían largas a cualquier requerimiento sobre la hipotética emisión del programa, y después, carpetazo definitivo.
La latinoamericana se sorprendió al descubrir la zona del público vacía y le explicaron que, debido a la crisis, resultaba caro fletar autobuses de asistentes y que los aplausos se añadían luego, grabados. También se advirtió cierta decepción en la muchacha al ver que sólo había un cámara en el estudio (un rezagado al que Cristina localizó in extremis ya montado en su moto, en el aparcamiento) y ninguna otra persona. Pero al parecer, debió pensar que aquel hecho estaba también relacionado con la crisis y no dijo nada.
El cámara, de mala gana, colocó al anciano un micrófono de corbata, que hizo a éste rascarse en el cuello, visiblemente incómodo, y dijo que podían empezar cuando quisieran.
-¿Dónde están las tarjetas con las preguntas?-susurró García al oído de Cristina. Ésta se encogió de hombros. Los de redacción lo sabrían, pero como se habían marchado… Le sugirió que le preguntase cualquier cosa y lo dejó allí plantado, de rodillas pero no suplicante, en su silla ergonómica tapizada en poliéster verde.
Cualquier cosa…La única pregunta que le vino a la memoria fue cuándo había sido la última vez que realizó una sin que se la escribieran. Por lo general, era a él a quien se las formulaban fuera de los platós. ¿La mesa de siempre, señor García?,¿Hoy también tomaremos un L’Ermita de 2002?, ¿Te has acostado con ella, verdad? Y por no complicarse la vida, a todas respondía siempre que sí, incluyendo a aquel estúpido proyecto de programa.
Pero, sea, que él también había empezado con una grabadora de segunda mano y la idea de volver a sentirse por unos instantes como en aquellos tiempos le produjo un prurito, no del todo desagradable, en el rostro, como de acné recobrado.
Cristina dio la señal al cámara, la luz roja se encendió y, tras tragar saliva, García presentó a su invitado a media sonrisa. Como no sonó ninguna cortinilla musical, ni ningún silbido ni aplauso y Josssé no experimentó reacción alguna al ser citado, el corazón le dio un brinco. ¿Se le había quedado allí mismo? Repitió su nombre tartamudeando ligeramente (¡sí, igual que cuando el acné!) y entonces la acompañante del hombre se acercó a él, y lo desperezó pasándole con ternura la palma de la mano por los hombros. De haber sido una emisión auténtica, habría entrado en cuadro pero, ¿qué más daba eso ahora? El anciano dio un respingo malhumorado e hizo señas a la chica para que lo dejase a su aire. Claro, se dijo García, necesitaba tomarse su tiempo. ¿Qué prisa podía tener si probablemente ya habría hecho todo cuanto puede hacerse en una vida y ahora sólo le restaba, igual que a un árbol, respirar, ocupar espacio y nutrirse?
-Bueno José, nos alegra mucho tenerle aquí-le dijo después de un largo minuto- ciento catorce años es mucho tiempo, y son numerosos los acontecimientos históricos que usted ha podido conocer…Como, por ejemplo, la Guerra de Cuba. ¿Qué recuerda de ella?
El hombre meneó la cabeza como si no le hubiese escuchado bien.
-¿De Cuba?-musitó.
García, descolocado, cayó en la cuenta de quizás no fuera tan buena idea empezar tan atrás en el tiempo…Y es que, acostumbrado a manejar las cifras siempre fiables de redacción (o mejor aún, de Wikipedia), ni se había molestado en calcular el año de nacimiento del anciano.
-Yo era mu chico-logró articular éste invirtiendo no poca saliva en el esfuerzo-me hablaron alguna vez de eso pero no macuerdo.
-Claro, claro…-García trató de no evidenciar desánimo; un fallo que podía cometer cualquiera y que una buena pregunta, formulada sin tregua, disiparía al instante-pero de la Primera Guerra Mundial sí que se acordará.
Otra pausa. Pasaron algo así como cien años en el ánimo de García hasta que una nueva grieta ajó las comisuras de los labios del hombre, en el trabajoso intento de que una respuesta floreciese de ellos.
-¿Mande?
-La Primera Guerra Mundial-le repitió soltando un gallo para que no se evidenciara su perplejidad. ¿O es que aquel tipo había estado metido en un agujero desde su nacimiento hasta aquella misma tarde? ¡Todo el mundo había oído hablar de la Primera Guerra Mundial, aunque sólo fuese por la mera deducción de que había tenido que haber al menos una antes de la Segunda! Si hasta Charlot llegó a hacer películas sobre ello…Esa referencia amarilleó los ojos de Josssé, que emitió un gorjeo, quizás en un vano intento por que su gastada piel volviera a recorrerle una vez más la cuenca de lo que una vez fue su sonrisa.
-Me parece que habla usté de la Guerra del Catorce-le dijo. García chasqueó entusiasmado los dedos. ¡A ésa se refería! Pero el chasquido se partió en dos cuando el hombre le explicó, lo mejor que pudo, que eso había sido muy lejos de donde él vivía. De hecho, le sonaba que era cosa de los alemanes y los rusos, porque los rusos, sabe usté, eran muy malos, que lo decía el cura de su pueblo, porque se calentaban del frío en invierno quemando crucifijos y comían alas de murciélago asadas.
Lo de los rusos le dio idea a García de salvar el poco prestigio que pudiera quedarle después de aquellas dos meteduras de pata…al menos ante sí mismo y ante Cristina, la latinoamericana y el cámara cabreado, que ahora movía la cámara con una mano mientras con otra escribía un sms en el que probablemente le contase a su novia que iba a llegar tarde al cine porque su jefe era un gilipollas.
-Pero bueno, la Guerra del treinta y seis la recordará usted bien -exclamó triunfal. José asintió sin pestañear-y seguro que combatió en ella. ¿Verdad?

No había acabado de asentir el anciano y su rostro se frenó en seco para dejarse caer en un balanceó de negación, como una rama cimbreada por el viento. No y renó. Llegaron a escuchar tiros en la sierra pero no muchos, porque decían que los rojos andaban racionados de balas, y que al final disparaban sin cartuchos, sólo para incordiar. Él se llegó a librar porque le pagaron veinticinco duros al sargento que vino al pueblo a buscar gente a cambio de que lo declarasen inútil. Y no, no recordaba que hubiese muerto nadie que el conociera…aunque sí. A un vecino suyo sí que lo trajeron frito pa toa la vía pero fue porque una mañana en la tienda de campaña había metido el pie en la bota y resulta que tenía una víbora dentro.
-Son alimañas. ¿Sabe usté? A mí me picó un alacrán en la frente una vez que dormía la siesta en un sembrao. Él me dio lo mío, sí, pero yo lo reventé de un alpargatazo.
A estas alturas García ya no recordaba qué pregunta había dado lugar a aquella retahíla de frases inconexas pegadas con saliva. De todos modos, ahora que lo pensaba, tampoco tenía mucho aquel preguntarle al hombre sobre la Guerra Civil, cuando quedaba tanta gente viva de esa época.
Y hablando de aquello…¿No recordaría a lo largo de su dilatada vida haber visto a alguien famoso, quizás a Alfonso XIII, a Maura o Eduardo Dato? (los nombres de estos últimos los sacó de un par de calles de Madrid, por sonarle que debían ser de la época o algo así).
-Bueno, una vez vi al Caudillo- repuso José tras rascarse la frente con el dedo, dando la impresión de que fuesen a saltarle astillas en el esfuerzo-pasó por el pueblo en un cochazo y nos dio la mano a todos los que estábamos sentados en el puente. Nos felicitó por la capilla que habíamos levantado pa la Virgen del Espino. Fue una cosa mu rara.
García sonrió con condescendencia. Nada tenía de raro, teniendo en cuenta que el Caudillo visitó muchos pueblos e inauguró muchos pantanos y otros edificios como parte de la propaganda del régimen…
-Sí, sí que era raro -insistió el centenario-porque allí no habíamos levantao ninguna capilla, ni pa la Virgen del Espino, ni al sumsumcorda. La sospecha que nos quedó a muchos fue que sabía confundío con Aldehuela de Calatañazor, que es el pueblo de al lao. El nuestro es Calatañazor a secas.
-¿Pero nadie le dijo nada de eso?-preguntó con incredulidad su interlocutor.
-¿Qué iban a decir? Era el Caudillo y sansacabó…Así que al día siguiente nos pusimos a levantar la dichosa capilla, por si acaso se le ocurría volver. Era un tío raro. ¿Sabe que cuando me dio la mano la tenía como un témpano de hielo?
No, no lo sabía. Pero el tono ligeramente crítico le dio pie a una pregunta que no se hubiese privado de hacerle de haber estado la entrevista de verdad en antena.
-Entonces…¿A usted qué le parecía?
-¿Qué tuviera las manos frías? Pos hombre, questaba poco trabajao.
-No, no, José. Me refiero a Franco. ¿Qué opinión le merece a usted?
Dos gotas oscuras de sudor que sobre aquella tez apergaminada se hubieran dicho de resina, perlaron la frente del hombre, señal inequívoca de que comenzaba a acusar el cansancio. ¿O acaso la pregunta lo incomodaba? Nada de eso, pues mostró la negrura de sus dos dientes inferiores para recalcar, sin titubeos, que había sido un mal bicho.
-Sí, señor, un mal bicho, y le diré porqué. Porque nos quitó cien hetáreas a todo el pueblo entero pa plantar nosecuantos mil pinos. Que ya me dirá usté pa que puñeta sirven, aparte de pa echarse una siesta debajo dellos o pa que un joputa coja una lata de gasolfina y queme too el monte.
Y aquí García no pudo estar más de acuerdo, pues el hombre había expuesto justamente las razones de su encono.
En esto, se dio cuenta de que tanto la ecuatoriana como Cristina se mostraban inquietas. De hecho, esta última le señaló en reloj. ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? No podían haber pasado más de cinco minutos pero se comportaban como si la cosa durase ya varias horas. Supuso que comenzaban a temer que se encontrase cansado o que hubiese derrochado demasiado esfuerzo en su curiosa soflama antifranquista. Y entonces le vino a la memoria el cuento aquel de un libro del colegio sobre un monje que permanecía unos minutos escuchando el canto de un pájaro y cuando regresaba al monasterio habían pasado doscientos años. No era que la voz del vejete resultase especialmente melodiosa, pero de alguna manera escucharle hablar le acababa de causar la misma sensación que suponía que había sentido el monje. Pero no quería concluir la entrevista sin una última pregunta que les devolviera allí, a aquel plató desierto de comienzos del siglo XXI.
-Dígame, usted José, de todas las cosas que se han ido inventando en estos más de cien años que lleva usted en este mundo, cuál le ha impresionado más.
Aquí no lo dudó tampoco el hombre. Ni los aviones, ni la televisión, ni internet. Lo que más recordaba era cuando pusieron luz eléctrica en el pueblo, allá por el año dieciséis o diecisiete. Fue toda una fiesta, y muy divertido.
García se sintió conmovido al verlo casi transfigurado de emoción:
-Claro, claro-dijo-me imagino que sería increíble haber vivido hasta entonces en la oscuridad, iluminados con velas, y de repente sentir que toda esa luz entraba de golpe en su casa.
-Que va-repuso José- si nosotros no pusimos lu hasta los años setenta. Pero el tío Roque, el arcarde, sí que la puso y, lo que le digo, era una fiesta cortarle el cable de noche y ver cómo salía hecho un basilisco diciendo que iba a matar a todo el pueblo. Yo creo que el primer mes le dejamos a oscuras como unas veinte veces.

*

La despedida fue correcta y sin dramatismo. No tuvo la sensación de que aquella fuese la última vez que lo fuese a ver aunque realmente lo fuera. Una vez devuelto a los brazos de su menuda acompañante, el hombre se sumió en su letargo inicial como si en realidad no hubiera salido de él en muchos años. Todo aquello no había sido sino el duermevela de una mariposa alrededor de una bombilla que acababa de apagarse dejando esparcida en el aire una quemazón pasajera.
Prometieron una fecha de emisión hipotética que nunca tendría lugar, o mejor aún, les aseguraron que les enviarían una copia de la grabación a la residencia, seguro, sí, lo más tardar en quince días, y luego les acompañaron a la puerta, donde ya les aguardaba un taxi.
Cuando creían que ya estaba todo dicho, el anciano les sobresaltó haciendo crujir unos cuantos músculos de su cuello que probablemente llevaban décadas sin flexionarse y a través de la ventanilla trasera del coche les espetó con una vocecilla que recordó a la de un bebé:
-Por cierto…Mu guapa la chavala. Si yo tuviera noventa años menos…
A Cristina se le pusieron las orejas coloradas por segunda vez aquella tarde y García estimó que no era mal momento para pasarle el brazo por el cuello, como entre buenos compañeros. Ella se lo agradeció con dos lágrimas que unidas por un trazo rosado hubiesen formado los extremos de una sonrisa.
-¿Sabes?-le dijo-hoy me has demostrado muchas cosas.
El cámara hacía rato que se había marchado al cine.

*
Fueron a casa de él cuando ya atardecía e improvisaron una cena fría con lo que encontraron en el frigorífico. Hablaron de muchas cosas, pero en ningún momento de Teleworld, ni de los directivos de la cadena, ni de la madre que los parió. Tampoco hubo alusiones al futuro. Era como la noche del fin del mundo y la festejaron escuchando viejas canciones francesas en vinilo y bebiendo sorbete de cava (una de las especialidades secretas de él). Luego, cuando se cansaron de hablar, se metieron un tirito y después, en la cama. Lo hicieron tres veces. Se quedaron dormidos en mitad de la cuarta.
A eso de las cuatro o cinco de la mañana García se despertó. La respiración de ella era intermitente y ligeramente chillona, casi enternecedora por lo novedoso, aunque cabía la posibilidad de que acabara por volverse irritante con el tiempo. Y sin embargo no era eso lo que le había despertado. Sintió una punzada en el pecho y por un momento la palabra maldita de los ejecutivos le hizo temblar las sienes. Pero no, no era el corazón, sino algo mucho más sutilmente profundo y lejano, que le había sobresaltado igual que el estruendo de una puerta que se cerrase de un golpe muchos pisos por encima de su cabeza. Y es que acababa de descubrir, tranquila y fríamente, la razón de porqué los presentadores de televisión nunca llegarán a vivir cien años.

Cuatro o cinco horas (desde el atardecer) llevo sentada, en silencio, junto a su cama. Él respira, evidentemente; pero sólo respira. No duerme. Está desapareciendo detrás de los tubos. Toco su mano helada. Miro mi reloj: he tardado nueve minutos de contacto para calentar su mano con la mía. Su mano que ha virado del gris a un leve rosa pálido. Si rozo su otra mano, cercana también y también sobre su pecho…puedo palpar lo gélido, lo que huele a catacumba y olvido. Miro mi reloj otras muchas veces, obsesivamente. Escucho su corazón encerrado cómo le golpea el tórax. Tengo sed.
Me han dicho, me han solicitado, que intente hablar con él. ¿Cómo puedo establecer contacto con palabras?...él, tal vez, pueda oírla, me han dicho sin embargo...Taxativamente han dicho “usted debe hablarle”…no han mencionado un diálogo; alguna eventual respuesta: “háblele” me han dicho, no me han dicho “converse” o “comuníquese”. Será que establecer un tejido de palabras, un nudo entre ambos, no es algo que ellos crean previsible. Ni sus manos rígidas (ni su lengua rígida, como una imagen santa y muerta en el oscuro templo de su boca) pueden ya tejer o destejer nudo ninguno. Pero yo hablo, mientras la gran espera. Monologo. Y pienso que debo levantarme a beber agua.