Artículos

El 9 de octubre de 2013, la burocrática aunque bien engrasada maquinaria francesa de expulsiones lleva a cabo la enésima reconduite à la frontière de una familia romaní. Es un caso más entre las miles de “reconducciones” anuales (voluntarias y forzosas) a la frontera de inmigrantes romaníes, principalmente originarios de Rumanía y Bulgaria; política sistematizada por el gobierno de Sarkozy y continuada con gran “esmero” por el gobierno socialdemócrata de François Hollande.  Esta vez se trata de una familia kosovar casi al completo (el padre había sido “reconducido” un día antes, tras su paso por un CRA o Centro de Retención Administrativa -el equivalente a los CIEs españoles-). Es la familia Dibrani, una madre y cinco niños. Una familia, decimos, casi al completo. Porque faltaba Leonarda Dibrani, de 15 años de edad, y escolarizada en tercer curso del collège André Malraux de Pontarlier, quien es interceptada en plena carretera por la Policía francesa de Fronteras durante una salida escolar a Sochaux, cerca de la frontera con Suiza.


Los profesores de Leonarda relatan en un medio independiente cómo se produjo la detención. El alcalde de Levier (localidad donde se encuentra el CADA o Centro de Acogida de Demandantes de Asilo en que vivían) llamó por teléfono a la propia Leonarda y le pidió que le pasara con una de las profesoras presentes en el autobús. El alcalde le pidió que parase el vehículo, a lo que en un principio ella se negó. Un agente de la Policía de Fronteras fue bastante menos diplomático. Le ordenó que hiciese parar el autocar inmediatamente, puesto que Leonarda Dibrani debía ser “reconducida”, con el resto de su familia, a Kosovo, donde ninguno de los niños conocía siquiera el idioma. Llevaban 4 años y 10 meses en Francia, La más pequeña había nacido en suelo francés. Les faltaba sólo dos meses para acogerse a la circular de “regularización” puesta en marcha por el flamante ministro del interior, Manuel Valls. La profesora pidió a Leonarda que se despidiese de todos sus compañeros, mientras un coche policial espera estacionado detrás del autobús.
Gracias a la denuncia de los profesores de Leonarda y de su hermana, el caso salió a la luz pública. Se sucedieron cientos de declaraciones de repulsa. Manuel Valls pidió un informe a la IGA (Inspección General de la Administración) sobre las “Modalidades de alejamiento de Leonarda Dibrani”. Por descontado, el informe sostiene que no hubo “irregularidades” en el proceso de “alejamiento”, aunque sí una cierta falta de “discernimiento”.  Una senadora ecologista escandalizada acusó a la policía de rafle o redada. Pero no por el fondo del asunto, sino por la manera en que se llevó a cabo y en nombre de la pretendida “santuarización de la escuela”.  El Front de Gauche (FG) dijo que se trataba de una “crueldad abyecta”, del mismo modo que la asociación pro-romaní “La voix de Roms” lo tildó de “inhumano, indecente e ilegal”. Sin embargo, la opinión pública francesa apoyaba mayoritariamente la política migratoria, y al máximo responsable de ésta después del presidente,  Manuel Valls. Un sondeo de opinión BVA realizado para i-Télé y Le Parisien los días 17 y 18 de octubre de 2013 reveló que el 65% de los franceses estaba en contra del retorno de Leonarda Dibrani a Francia; respecto del espectro ideológico de los franceses, apoyaban a Valls el 89% de los votantes de derechas, el 65 % de votantes socialistas, el 46% de los electores ecologistas, así como el 37% de los del Front de Gauche de Jean-Luc Mélenchon.
Para tratar sin embargo de acabar con toda la polémica, el presidente francés, François Hollande, anunció, en un discurso televisado, que, “por humanidad”, Leonarda podría volver, si así lo deseaba, a Francia, “sola”, sin su familia, algo que fue rechazado de plano tanto por la joven como por su familia. Esta intervención no hizo sino avivar el escándalo.

2078390835 3e24e2228c o web
Aunque han transcurrido décadas desde la desaparición del gobierno de Vichy, este episodio recuerda negros momentos de la historia de Francia. En el lenguaje administrativo francés se llama alejamiento a lo que no es otra cosa que deportación, reconducción a la frontera a lo que no es sino expulsión. Medidas de alejamiento, protocolo de reconducción a la frontera, falta de discernimiento, etc. Todo estos tecnicismos esconden la negra realidad de las deportaciones masivas (¡al Este!) de la minoría gitana romaní, una etnia molesta para el típico FDS (Français de souche, o, para que nos entendamos, francesito de pura cepa), así como para nacionales de segunda o tercera generación. “No se adaptan a nuestras costumbres; no se quieren integrar y no aceptan nuestros valores”. Frases de este tipo son repetidas con nimios matices entre políticos y ciudadanos de prácticamente todas las ideologías. Son los “otros”, mendigos y holgazanes, clase pasiva y piojosa que ha de ser democráticamente éloignée, “alejada”, por el bien de notre République.
Pioneros tal vez en la “administración norma” y en el uso calculado y sistemático de eufemismos y de tecnicismos para la resolución de cierto “problema” fueron, durante los años treinta y durante toda la II Guerra Mundial (sí, avisado y querido lector), los nazis. Sin salirnos de Francia, la filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt nos cuenta en su ensayo Eichmann en Jerusalén, refiriéndose al problema judío: “Laval y Pétain pensaban [oh, ingenuos…] que estos judíos serían reasentados en el Este (...) ignoraban el verdadero significado de “reasentamiento”. Léase con ojos de aplicado burócrata: reasentamiento. No se limitaban sólo a “alejarlos”, sino que eran además objeto de Tratamiento especial. En cuestiones de asepsia y de método no les ganaba nadie.

2079205816 56cc5a56c0 o web

Fotos: Manifestación Romaní, 1 diciembre 2007. CC. Autor: Philippe Leroyer

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar