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Calles

 

Calle de la Cabeza

  • Vuelta al lugar del delito

En el Siglo XVI vivía allí un rico sacerdote con un criado portugués.

El sirviente, guiado por la envidia y por sus múltiples deudas, decidió matar a su amo. Lo decapitó y huyó con su botín.

Con el paso del tiempo, el crimen fue quedando en el olvido. Ni la cabeza ni el culpable aparecieron.

Años más tarde, el sirviente, ahora convertido en caballero, regresó a Madrid y mientras paseaba por la zona del Rastro decidió comprar una cabeza de carnero para la cena. Tras finalizar su compra, colocó la cabeza bajo su capa y optó por volver a casa.

Un alguacil observó las gotas de sangre que el caballero iba dejando a su paso, y extrañado decidió darle el alto. Ante la pregunta del vigilante, el caballero respondió que simplemente se trataba de su cena. La sorpresa para todos, especialmente para el antiguo sirviente, llegó cuando la fue a mostrar, puesto que la que apareció fue la cabeza del sacerdote que había matado años atrás. El asesino no tuvo otra opción que confesar su crimen, fue encarcelado y ahorcado en la Plaza Mayor.

Una vez que se llevó a cabo la ejecución, la cabeza del sacerdote se volvió a convertir en la de un carnero.

 Plano de Madrid

Calle Fuencarral

  • ¡Mata al travesti!

Pasamos por aquí porque cerca está el Convento de Santa María Magdalena (Convento de las Recogidas), adonde acudían las “mujeres perdidas” en el siglo XVII-XVIII.

Cuenta la prensa que a finales del XIX una pobre mujer calva, confundida con un transexual o quizá con un travesti, fue apedreada por la multitud en la calle de Fuencarral y casi muere lapidada. Esta historia habla no sólo del prejuicio violento hacia la diversidad sexual, sino también de la vida dificultosa de las trabajadoras del sexo en aquel Madrid

 

Calle del Rollo

  • Cuerpos expuestos

La calle debe su nombre al desaparecido rollo jurisdiccional de la Villa que hubo allí en el pasado (es sólo una de las versiones). Los rollos jurisdiccionales eran columnas de piedra a menudo decoradas y rematadas por una cruz de hierro. Estos rollos fueron en principio símbolo de las villas que contaban con privilegios, pero con el tiempo tomaron la función de "picotas" en las que se exponían los cuerpos o miembros de los ajusticiados. La mayoría de los rollos fueron derribados en el siglo XIX, pero todavía hoy podemos encontrar algunos en varios puntos de España

 

Calle Sombrerete

  • Sombrerete del ahorcado

El auténtico nombre es Sombrerete del Ahorcado, y le viene por un proceso contra el pastelero de Madrigal Gabriel de Espinosa, que finalmente fue condenado a muerte por haberse hecho pasar por el rey Sebastián de Portugal. Junto a él se acusó como cómplice a un religioso agustino portugués. En realidad, por lo visto, el compinche se creía seriamente que el tipo era el rey de Portugal. Tanto es así que, tras pasar por la famosa cárcel (¿la de la calle de la Cabeza?), fue degradado por el arzobispo de Oristán, y se le colocó un sombrerete. Posteriormente sería ahorcado en la Plaza Mayor, y su cabeza, con el sombrerete puesto, fue paseada en la punta de un palo, hasta ser depositada en la actual calle de Lavapiés, y cubierta por una montaña de estiércol.

 

Plaza Mayor

  • Cementerio de gorriones

En el centro se alza la estatua ecuestre de Felipe III. Fue construida a principios del Siglo XVII.

Pocos viandantes saben que ha sido un cementerio para muchos gorriones, aunque ninguna placa o lápida señale el “trágico” lugar.

El “cementerio”, en realidad, estaba dentro de la barriga del caballo, hecho de hierro fundido.

Si se mira atentamente la boca del caballo, se podrá observar que está soldada, pero no siempre estuvo así. Cuando fue fundida en Florencia por Juan de Bolonia (finalizada por Pietro Tacca), la boca estaba abierta lo suficiente como para que un pájaro pequeño se colara por ella. Los pajarillos solían posarse en la boca, y después entrar por el estrecho pasillo de la garganta que conduce a las oscuras entrañas del caballo. Una vez allí, los pobres pajarillos revoloteaban en la oscuridad intentando encontrar una salida. Desgraciadamente, cuando finalmente encontraban la abertura, descubrían que la longitud de sus alas les impedía escapar a través del agujero.

Durante cientos de años, nadie supo de la existencia de semejante trampa mortal para gorriones. Hasta que en 1931, año en que se proclamó la II República, las celebraciones alcanzaron tal magnitud de fervor patriótico que un grupo de personas empezaron a desfigurar y destruir la estatua. En aquel momento, un militante de izquierdas lanzó un petardo de gran potencia en el interior de la boca del caballo. Para sorpresa de todos, de repente el aire se llenó de cientos de diminutos huesecillos de pájaro, con lo que se descubrió lo que durante siglos había sido un oscuro y profundo secreto.

Tras la Guerra Civil, se iniciaron los trabajos de restauración de la estatua, y se selló la boca. (Marco y Peter Besas - Madrid oculto, pag. 122)

  • Ejecuciones de la Inquisición

Aquí la Inquisición celebraba sus autos de fe en presencia de la realeza. Los asistentes podían presenciar los sufrimientos de los condenados por blasfemia, adulterio, brujería.

Las ejecuciones capitales se realizaron en esta plaza hasta finales del siglo XVIII, momento en el que fueron trasladadas a la plaza de la Cebada.

Se levantaba el cadalso según el tipo de ejecución: delante del portal de paños (horca), la Casa de la Panadería (garrote), en la zona destinada a la Carnicería (degollamiento).

Los autos de fe constituían todo un espectáculo, pues los balcones que daban a la plaza se alquilaban durante las tardes.

 

 

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