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David_Vinas
Siempre lo tuvimos presente, tanto a él como a su familia de entonces, así como a sus vecinos, los Alonso, con cuyos hijos jugábamos. Era en El Escorial, en donde ellos, como nuestros padres, habían elegido vivir durante los años del exilio.

De la casa de David me acuerdo de las patas y de las ruedas de la mesa en donde estaba su máquina de escribir y de un zócalo que estaba suelto en el que los niños escondíamos unos pocos billetes.

No tengo más recuerdos de su persona durante aquellos años, yo era un niño, y no lo he vuelto a ver hasta agosto de este año. Lo que evoco con claridad es que nos visitábamos frecuentemente y de que había un ambiente familiar, con mucha gente y que los niños jugábamos.

Luego recuerdo otros episodios, David se fue a México, y desde allí le animó a mi padre para que viajara en busca de un futuro mejor que el que España le ofrecía. A poco de llegar y como  comenzó a trabajar regularmente pensó en la posibilidad de trasladar a toda la familia, pero la crisis mexicana desbarató los planes. Volvió con una gran cantidad de regalos y con anécdotas muy curiosas vividas junto a David, excéntricas y llamativas para nosotros como niños.

Luego mantuvimos su presencia por lo que nos dejaron de su casa, sus libros subrayados y con recortes intercalados, los diccionarios para las traducciones, los manuscritos y apuntes para libros suyos, así como algún que otro objeto –como la talla de un indio de madera oscura que me espeluznaba y aquella mesa de la máquina de escribir-.

Yo me acercaba a esos libros y apuntes con reverencia, los tenía localizados y cuidaba, pero no me daba por leerlos –me parecían demasiado densos y difíciles-.

 

 

 

Sólo mucho después, tras terminar la carrera en políticas me dio por acercarme a aquellos libros, primero aquel Un Dios cotidiano –donde narra la coerción y domesticación cotidiana en una escuela religiosa-, más tarde a Los dueños de la tierra, sorprendente, dado mi interés por el anarquismo y por la narración de los sucesos de la Patagonia Trágica –represión del ejército de los levantamientos obreros bajo el gobierno de Irigoyen-, en donde tiene protagonismo el propio padre de David, radical enviado por el gobierno a solucionar el conflicto; una mujer –quizás su madre- judía de Odessa, impetuosa, con una alta noción de la justicia, y de saber entender en donde cada uno debe situarse, así como descubrir el “hilo” de los sucesos y “trazarlo”, para hallar la relación de acontecimientos en apariencia desconectados –desde la matanza del indio hasta la batidas a los obreros anarquistas-, una denuncia a esa clase terrateniente culta, de buenos principios y “altos” ideales de progreso, que maneja los hilos detrás de la escena –con sus “escrúpulos”- mientras los militares hacen “su trabajo” –lo que aquellos les mandan-.

Luego aquel ensayo o collage que es Indios, ejército y frontera que me abrió la perspectiva a una visión no unidireccional de los hechos, alejándome de la división entre luchas o resistencias heroicas, sino de los recovecos y contradicciones en que se mueven. Luchas siempre materiales, siempre talladas sobre los cuerpos y el territorio, siempre entremezcladas con el discurso ideológico que esconde, forma a los sujetos y dirige la acción.

Lo que había en esos libros y manuscritos que nos dejó era la muestra de un trabajo arduo y prolijo: anotaciones, subrayados, correcciones, recortes y esquematizaciones. Es el trabajo que exige ponerse a desenredar el embrollo ante el que nos encontramos.

También están sus obras de teatro, como Lisandro. Lisandro de la Torre, hombre de principios que se enfrenta a su propia clase –esa gran “traición”-, más allá de que de donde partía le impidiese ver que no se trataba de un caso de corrupción o de un exceso, sino que aquello era así gracias a esos mismos principios que conformaban la fachada falsa de la realidad –pero constitutiva de la misma- , y ese asesinato de su compañero de lucha, que muere en presencia suya por una bala que le iba destinada, es la conmoción que acabaría con su vida. Y siempre el cuerpo, con sus fluidos y su peso siempre presentes, el sexo y la muerte.

Y buscando un encuentro, en otra ocasión, cuando viajé a Argentina, lo intenté ver pero no lo localicé: algún libro que me envió gracias a que mi padre se encontró con él. Mi padre me traía noticias, me contaba por donde iba, su percepción política y cómo veía al país.

Finalmente, en agosto del año pasado lo logré ver en Buenos Aires, en un principio supuse  que sería muy fácil encontrarlo en la cafetería que frecuentaba en calle Corrientes, pero tras búsquedas infructuosas, me fue más directo hacer uso del teléfono –tan sencillo, por obvio, quién lo hubiera pensado- y quedar con él en la cafetería. Me lo encontré como me lo había “imaginado”, por fotos de contraportadas de libros y artículos, y descripciones de mis padres, sentado, enorme, entre esas mesas de café. Fue sentarme y preguntarme “qué le contaba yo”, ahí me desarmó de palabras, qué voy a contar yo, qué me preocupa, a qué me dedico,… Suerte que cambió de intención y comenzó a hablar de la actualidad, quizás adivinando lo poco que le podía decir yo de mis preocupaciones intelectuales y políticas sobre Argentina, o quizás prefirió que nos metiéramos de lleno a conversar sobre las ideas en las que él andaba. Sus relaciones con la intelectualidad argentina, con la que se trataba o con la que se enfrentaba -y era referente- señalando traiciones, condescendencias y fidelidades. Analizando las tendencias en los medios, como los deslizamientos hacia la derecha de La Nación, un periódico en otro tiempo más fiable dijo, emparentándolo con la derechización que se constataba en El País en España y a la que no encontraba explicación más que en la derechización del propio gobierno socialista (no estaba al corriente de los cambios ocurridos en el panorama periodístico español), aunque no andaba lejos. Me hizo un esquema de la situación política argentina en el que yo percibía afirmaciones, señalamientos, y una precaución. Afirmaciones frente a la derecha de siempre. Señalamiento de actitudes: como la honestidad de un Alfonsín, que tras años de política, no se había dedicado a robar –la seña de identidad del liderazgo radical –, pero tal vez lejano de la posibilidad de llevar un cambio político –política de “principios” –. Ese respeto a los radicales. Y una precaución, frente a los que le llamaban a apoyar como intelectual al kirchnerismo, un “sí yo acudo a esto o aquello puntual”, bien, “colaboro”, pero “no hagan de mi un intelectual k”, colocarse “esa etiqueta ni loco”. ¿Y la corrupción? No, tampoco en ese lugar. El lugar del intelectual… Y la posición de su hermano, Ismael, “ese sí se metió en política, de verdad, yo no”, pero al que señalaba por seguir hablando de la política argentina desde fuera –desde Miami –, recomendándole “¿Por qué no escribes de lo que está pasando allá, que lo tienes a la mano y resultaría más interesante? Acá las cosas han cambiado mucho, ya no es la misma realidad que viviste”. Y aquel espejismo de Israel para su hermano: “allá no tenía lugar”, lo habían dejado de lado, los destinos de aquel país eran otros y un intelectual marxista no tenía lugar. ¿El sionismo? Una exigencia: estar atento a los cambios y a pesar de todo encontrar el hilo.

En aquella conversación pocas intervenciones tuve. Una conversación hecha de sus gestos, corporal, burlón: manejo de las manos y soltar una servilleta-, como si yo lo entendiese, y ante la falta de respuesta por mi parte, la repetición del gesto. “Usado como un clínex”, entendí. Se disculpaba por ser autorreferencial, pero se refería siempre a su experiencia, a lo que había dicho y a la posición que había asumido. Colocarse como intelectual en una red de gestos y de discursos. Sentirse incómodo. Cierta autoinmolación. No ser correcto. Personaje al que tendrán que reivindicar agarrándolo con pinzas, disculpándolo, para hacerlo potable para la opinión pública, para los ciudadanos bien pensantes.

Otras cosas que contó: el encuentro con sus nietos, hijos de sus hijos desaparecidos y asesinados por la dictadura del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, de 1976; ese golpe de Estado que venía a ponernos en la vía del progreso, la libertad y la democracia, de la mano del adalid de la democracia, los USA. Hizo referencia, de pasada, y con gran pudor por sus hijos asesinados (peronistas –habían asumido esta identificación – y militantes de Montoneros), para contar ese encuentro con sus nietos. Le noté cierta contención en la exteriorización de los sentimientos.

En su trayectoria intelectual: un intelectual marxista, sin duda, y una relectura del peronismo, dar cuenta de ese “fantasma” instalado en la realidad argentina, para no estar uno convirtiéndose en eso mismo, un fantasma, sin que eso significase la desaparición del propio lugar del discurso de uno.

“Desde ya”, decía a cada rato, esos modismos de la lengua, la lengua argentina, una forma de comunicarse, gestos que se entienden en ese país, que lo hacen a uno extranjero y exiliado, algo que te hace fuera del lugar, de un pueblo que construye una forma de ser o de vivir en una ciudad –esa ciudad –. Entender Argentina, entender Buenos Aires, a su gente: entender la especial articulación entre nación y revolución, sus hechos históricos, sus líderes y movimientos, y colocarlos en una debida forma para poder entenderlos, no para hacer una justificación de los mismos sino para darles un sentido operante, para entenderlos dentro de su propio escenario. No es tan fácil encontrar el lugar donde posicionarse, no es un mero posicionamiento de principios, hay una realidad donde nos toca colocarnos, donde los principios se transforman tantas veces en meras justificaciones de etiquetas. No están predefinidos los frentes. Las colaboraciones y contradicciones entre pretendidos frentes son tantas. No está claro el límite entre izquierda y derecha, ni en Europa, o por lo menos no es el que nos pintan. Pero sí hay que intentar posicionarse, hay datos que delatan como se están sucediendo los acontecimientos, quienes están jugando en los distintos bandos. Principios con los que guiarse, lugares desde donde ejercer la militancia política. La militancia del intelectual no se basa en su obsecuencia partidaria, es su colocación, más sabiéndose referente. Uno no es la etiqueta en que uno se adscribe o, tal vez, es al contrario precisamente donde los otros le adscriben. Como me dijo David, “en esas listas del gobierno de Cuba a uno le harán figurar como un comunista libertario”.

Lamento la muerte de quien más que un escritor para mí es un referente político -a través de sus libros y posicionamientos-. Un escritor argentino que se exilió en España y retornó a una Argentina cambiada, la supo aceptar pero interrogando a fondo para hacer posible que sucedieran otras cosas.

 

Queda en nuestro recuerdo, de mis padres y en el mío.

 

Que la tierra te sea leve, David.

 

PD: no grabé ni apunté mi conversación con David, de ahí que tengo algunas dudas con respecto a lo que me contó, aun en lo entrecomillado. Realicé algunos apuntes al llegar a la casa de mis tíos que ahora no encuentro. Me sirvió entrevistarme con él para saber como andaban las cosas. Me valió para trazarme un lugar desde donde poder ubicarme. Confirmar o negar mis presentimientos sobre la realidad argentina.

 

 

David Viñas ha fallecido este 10 de marzo en Buenos Aires.

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